No es solo por el simple análisis superficial que sean los alcaldes de Juárez y Chihuahua, el morenista Cruz Pérez Cuéllar y el panista Marco Bonilla Mendoza, quienes aparezcan como los punteros en la carrera por la gubernatura de 2027.
Tampoco es demasiado pronto -nunca es demasiado pronto en realidad, aunque en los discursos digan otra cosa- para empezar a pelear la sucesión, pues ya han quedado lejos los tiempos de “el que se mueve no sale en la foto”, máxima cetemista-priista que perdió vigencia en los relativamente modernos escenarios de competencia electoral, antes inexistentes.
Bonilla entregó su último informe en un acto reducido durante la semana en la capital, pero echará la casa por la ventana el martes próximo, al asumir el cargo para un nuevo trienio; Cruz tiene hoy su informe y toma de protesta casi al mismo tiempo, desde la equis monumental ya convertida en arrancadero de campaña.
En este marco, ambos presidentes municipales salieron de sus ciudades para recorrer el estado y posicionarse, tras el proceso electoral concluido, como los precandidatos más fuertes de sus respectivos partidos.
Pérez Cuéllar, de hecho, no ha dejado de recorrer el estado desde hace meses, incluso en la campaña por su reelección tuvo varias escapadas, gracias a la seguridad que le daba el tener un alto control electoral de la frontera. Fue en parte su activismo, que levantó envidias dentro y fuera de Morena, lo que motivó a otros para lanzarse sin miedo al qué dirán.
El panista nomás esperó la luz verde de Palacio de Gobierno y entendió la necesidad de hacer ruido desde ahora para destacar de entre los escasos perfiles azules; comenzó a salir también de la capital y tiene, por lo que sabemos, los ojos clavados en Juárez para penetrar este territorio hostil en las próximas semanas.
Saben ambos que tener el poder municipal les da cierta ventaja, a la vez que los limita frente a otros de los aspirantes que, para fortuna de los alcaldes, también enfrentan sus limitaciones.
En Morena, podrían hacerle sombra a Pérez Cuéllar los senadores Juan Carlos Loera y Andrea Chávez, además de la ratificada secretaria del Bienestar, Ariadna Montiel, quienes parecen haberse estancado mientras el alcalde no quita el pie del acelerador.
En el PAN, nadie más existe al nivel de Bonilla Mendoza, porque eso de enrolar a los alcaldes de Delicias y Meoqui, Jesús Valenciano y Miriam Soto, es más un chiste que algo en serio; es más un intento de generar liderazgos azules luego de la aplanadora guinda que pasó por todo el estado, la cual dejó pocos sobrevivientes.
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Con 354 mil votos obtenidos para su reelección, Pérez Cuéllar pasó por encima en proporción superior al tres a uno sobre el panista Rogelio Loya Luna, aunque no haya superado en votación a los candidatos a senadores, Chávez Treviño y Loera de la Rosa, impulsados por la abanderada presidencial, Claudia Sheinbaum Pardo.
No obstante, fue su operación y la de su hermano Alejandro -convertido en diputado federal en el único distrito donde el PAN tenía esperanzas de ganar- una de las claves para obtener la victoria en casi todas las diputaciones locales y las cuatro federales de Juárez.
Eso y retener el poder municipal le dieron cuerda a Cruz para comenzar, casi el mismo domingo en que logró su reelección, una intensa campaña de posicionamiento estatal, en la que compite principalmente con la joven senadora que arrasó en el estado, convirtiéndose en un activo de primer orden en Morena y una peligrosa rival para el poder político dominante en la entidad.
Así, es la competencia interna del alcalde juarense lo que puede ser más complejo y difícil que ganar una contienda constitucional.
Por un lado, enfrenta las aspiraciones de Andrea Chávez, a la que el juarense le lleva mucha ventaja en millas recorridas por su experiencia política con orígenes en el PAN y un paso fugaz por Movimiento Ciudadano, del que ya fue una vez candidato a la gubernatura en 2016.
Por otro lado, está la secretaria del Bienestar, con residencia oficial en Juárez y un amplio dominio electoral de Chihuahua, donde, en elecciones anteriores, logró tener pleno control del partido en la entidad y ahora prácticamente en la totalidad de la bancada de Morena en el Congreso del Estado.
Además, Montiel es otro obstáculo porque, al no ser pieza de Sheinbaum sino una de las herencias de Andrés Manuel López Obrador, tal vez la presidenta no vea mal dejarla competir por una gubernatura si con eso se la quita de encima para dejar en su lugar a una 100 por ciento leal; es otro foco rojo para el alcalde juarense.
Otro factor de complejidad le representa el senador Loera de la Rosa, quien, si bien podría considerarse un cartucho quemado por su derrota en la gubernatura y con pocas posibilidades de sobrevivir para esa contienda, si no compite al menos sí será una piedra en el zapato para Pérez Cuéllar.
Suponemos que, pese a todo, el presidente municipal aprendió mucho de ir cuesta arriba si cuando dejó el PAN nadie apostaba un cacahuate por su subsistencia, lo veían en la ruina y a la vuelta de unos años reapareció para ser el mejor ejemplo de que en política nadie está muerto hasta que deja de respirar.
Más allá de ideologías, ese carácter político forjado en la adversidad, su dominio territorial de un estado que ya tiene recorrido, el siempre deseado poder de la nómina pública y las alianzas internas, son lo que ahora lo mantiene posicionado como el cuadro más avanzado del partido guinda para la sucesión que ha comenzado y que habrá de tener su punto más álgido en alrededor de un año y medio, máximo dos años.
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En la cancha panista el reto interno no parece un impedimento mayor para que Marco Bonilla alcance la candidatura a la gubernatura. Con 250 mil votos levantados en la capital, le pasó una aplanadora al expanista postulado por Morena, Miguel La Torre, y fue clave para retener los dos distritos federales y los cinco locales, vitales para no retroceder más en el Congreso del Estado.
El concluido proceso electoral le dejó al PAN la lección de que tiene la necesidad de generar más perfiles capaces al comenzar la segunda parte del sexenio de Maru Campos, con miras a su sucesión y a los relevos que vendrán en las siguientes elecciones; eso explica la luz verde para correr dada a otros actores de municipios o distritos menores y limitados alcances políticos, económicos y hasta intelectuales.
Bonilla Mendoza pinta así, desde ahora, como el puntero en la carrera con ningún contendiente serio enfrente. Lo hubieran sido el senador electo como perdedor, Mario Vázquez y su compañera, Daniela Álvarez, pero la derrota los descapitalizó políticamente.
Quizás el mayor riesgo interno lo tiene en sepultar la maldición histórica de la ruptura entre el alcalde de la capital y el jefe del Ejecutivo estatal, en este caso jefa. Transitar unido a la mandataria, sin distanciarse ni confrontarse hasta donde sea posible, tendría que ser su apuesta hasta el inevitable momento del obligado distanciamiento, de la forma más sana posible, para ofrecerse a la sociedad como alternativa.
El verdadero reto del panista será el de ir contra la corriente a una contienda constitucional, de ganar la candidatura, marcada por una necesidad morenista de instalarse en Chihuahua como opción gobernante, en una entidad caracterizada por un bipartidismo que pasó de la confrontación política casi sangrienta del PAN y el PRI, al amasiato descarado y apresurado por la urgencia de retener el poder frente a la ola guinda.
Para Bonilla, pues, no son un problema grave las condiciones internas del todavía partido dominante en el estado que, aliado con el tricolor, mantiene ciertos controles territoriales fuertes, comenzando por la capital.
Sí es un gran problema el escenario político, por demás incierto, que puede preverse para 2027, con una administración federal en contra, un Legislativo local sin mayoría de los aliados prianistas y perfiles morenistas ansiosos de penetrar a la capital, donde no han logrado vencer ni convencer a los grupos de poder que han estado relativamente cómodos con administraciones del PRI y el PAN.
Su fuerte, como el candidato mejor votado de todos los panistas del estado, será el de mantener una administración eficiente como los tres años previos, con la idea de evitar los errores al máximo para tener resultados, a la par de reforzar la alianza con el tricolor, cuya meta es mantenerse vivo y activo.
Así, apenas concluida una elección, estamos ya ante una carrera de fondo y no precisamente de velocidad entre los punteros que acarician con mayores posibilidades la gubernatura de un estado que ni en 2018 ni en 2021 fue plenamente convencido del cambio ofrecido por la 4T, pero que en este año dio un viraje político importante; insuficiente todavía para alcanzar un triunfo, aunque fue un buen abono para la siguiente batalla.