En el análisis político el analista debe abstenerse de la tentadora e ingenua tendencia hacia el maniqueísmo, y asumir que en política no hay in strictu sensu, buenos ni malos, sino seres humanos expuestos en uno de los campos que evidencian con mayor claridad la crudeza y complejidad de la condición humana. Sin embargo, no se trata de hacer una apología a la neutralidad, esa actitud intelectual imposible que se exige a los científicos sociales, analistas y académicos, entre otros, que tenemos la valiosa oportunidad de dar nuestra opinión en algún medio de comunicación. Una neutralidad tal que ni las pasiones ni los deseos interfieran en la lectura presumiblemente quirúrgica de cierto fragmento de la realidad social, económica o cultural de la vida pública. Algo literalmente absurdo, y más en política, donde precisamente la pasión y el deseo es lo que mueve a quienes participan de esta actividad tanto en el oficio como también en el análisis.

El principal recurso de las y los políticos, y desde luego el único que hace del análisis político un trabajo objetivo es la ética. Esta refiere al fundamento moral del comportamiento o la conducta de las personas y, por lo tanto, desde la labor analítica nos remite a la observancia del carácter comportamental de quienes cuestionamos, criticamos, explicamos, comprendemos o analizamos. Pero también al riguroso reconocimiento de los principios o valores mediante los cuales llevamos a cabo nuestro trabajo como analistas. Es decir, cuando realizamos alguna opinión generalmente tendemos hacia la crítica del otro(a) u otros(as) sin reparar desde donde parte nuestra lectura de los acontecimientos. Y ese punto de partida de nuestros análisis no es in situ sino completamente biográfico. Se trata del “universo simbólico”, como señala la sociología del conocimiento, que define nuestra manera de ver, entender y comprender las cosas. Dicho universo contiene la perspectiva ética de cada individuo y en consecuencia la manera en que concibe y distingue el buen y el mal comportamiento.

Hago referencia a lo anterior debido a lo que ha venido argumentándose en torno a la senadora por Chihuahua, Andrea Chávez, puesta en el centro de la polémica por una de las actividades que lleva a cabo en algunos municipios de la entidad, los recursos con los que lo hace y el posicionamiento que al respecto expuso la presidenta de la república Claudia Sheinbaum Pardo. Por un lado, se ha puesto en tela de juicio el origen de los recursos con los que la joven senadora ha podido llevar servicios de salud a zonas de la entidad donde ella considera hacen falta y, por otro, desde el gobierno federal en voz de la propia mandataria federal, si bien no se dio un señalamiento directo sí se exhortó a la prudencia y sobre todo a no repetir las viejas prácticas proselitistas y propagandistas del antiguo régimen, invitando a la militancia y particularmente a quienes aspiran a algún cargo de elección popular en las próximas coyunturas electorales, a evitar la espectacular parafernalia política, dado que “no buscamos el poder por el poder”, como dijese la presidenta y líder actual de la Cuarta Transformación.

La joven senadora como una política nata (y esto tiene varias implicaciones) ha sabido salir lo mejor posible de este primer traspié en su todavía corta carrera, ajustándose a la exhortación presidencial y sabiendo manejar inteligentemente las críticas opositoras que buscan fundamentalmente impedir su carrera hacia la candidatura por el gobierno del estado grande. Es precisamente esto, la carrera por la gubernatura, a la que todavía le resta un camino largo, lo que se encuentra en el fondo de toda esta situación. Es claro que la senadora aspira a dicho cargo, como también lo es la creciente legitimación que tiene en el electorado chihuahuense. Era también de esperarse la postura tomada por sus contrincantes, pues finalmente la política es inicialmente la lucha por el poder. Sobre todo cuando se trata de uno de los últimos bastiones que detenta el Partido Acción Nacional, uno de los más emblemáticos para su causa y posiblemente el más importante. Perder Chihuahua sería un golpe casi fulminante para el panismo nacional, y mantenerlo no será una tarea para nada fácil.

Ahora bien, ¿qué tiene que ver la ética en todo esto? Mucho. En primer lugar porque el análisis de la situación ha carecido de un verdadero juicio ético, en donde se apele no sólo a los intereses inmediatos sino principalmente a la memoria histórica. Es decir, venir ahora a recriminar una manera de hacer política que ha sido infinidad de ocasiones usada por los mismos que hoy acusan, es prácticamente “escupir al cielo”. Su crítica y su juicio no parten de una introspección de su propio comportamiento político-electoral, sino simplemente de un pragmatismo que intenta trastocar, derribar, destruir al contendiente, y por lo tanto es más de lo mismo. Si realmente fuese importante el cambio en la forma de hacer política y campaña política este tipo de señalamiento se hubiesen dado en infinitas ocasiones desde hace décadas atrás, y principalmente se hubiese asumido un comportamiento radicalmente distinto a ese que hoy señalan como indigno.

La política es tiempo y muchos y muchas ya se han retrasado demasiado en su toma de postura. Están siendo derrotados por la misma arma que usaron durante tanto tiempo. Sin duda, es cierta aquella máxima que reza: “el que a hierro mata a hierro muere”, curiosamente a propósito de la Semana Santa. La política es cruda, compleja y a veces abominable. Hay que tener estómago.