En las ciudades fronterizas solemos culpar al salario mínimo más alto del país de nuestra pérdida de competitividad. Y no es un mito: en la franja norte, el salario mínimo pasó de un aumento de más del 324% en seis años, mientras que en el resto del país el aumento fue mucho más gradual. Eso, inevitablemente, encarece los costos y presiona la atracción de inversión.

Pero, ¿de verdad es solo eso lo que nos frena? La respuesta es no.

La revolución industrial 4.0 está aquí desde hace más de tres años, y la hemos dejado pasar como si no se tratara de nosotros. Tecnologías como manufactura aditiva, realidad aumentada, análisis de datos masivos, detección y recolección digital, manejo inteligente de energía, vehículos autoguiados, simulación avanzada, monitoreo en tiempo real y robots colaborativos no son futuro: son presente. Cada día que la frontera se retrasa en adoptarlas, pierde terreno frente a economías que ya las están integrando de manera acelerada.

La amenaza reciente de aranceles fue la gota que derramó el vaso: un verdadero reset económico que evidenció que no estábamos preparados. México no tenía una estrategia clara de adopción tecnológica y quedó atrapado en un modelo maquilador dependiente de decisiones externas.

De acuerdo con la OCDE, apenas el 15% de las empresas manufactureras en México han adoptado tecnologías de Industria 4.0, contra un promedio del 40% en economías avanzadas. En otras palabras, la frontera opera bajo una estructura del siglo XX mientras compite en un mercado del siglo XXI.

Mientras tanto, en las dos ciudades más grandes del norte, Tijuana y Ciudad Juárez, se intentó tomar la delantera. En Tijuana, el sector médico y electrónico ha hecho esfuerzos importantes; en Ciudad Juárez, la industria automotriz y de autopartes invierte en automatización. Sin embargo, no ha sido suficiente. En Juárez, los estragos ya se sienten: el INEGI reporta que entre 2022 y 2024 el desempleo en la industria manufacturera local creció más de 2 puntos porcentuales, y varias expansiones de empresas extranjeras se han frenado.

No basta con capital: necesitamos talento, invertir en máquinas y equipo no es suficiente. La verdadera transformación exige talento humano preparado.

Hoy, según datos de la ANUIES y Coparmex, 7 de cada 10 egresados de carreras técnicas carecen de formación específica en tecnologías digitales avanzadas, lo que limita su incorporación inmediata a procesos de manufactura inteligente. Eso significa que, aun con inversión en automatización, muchas plantas operan con personal que no sabe aprovechar el potencial de las nuevas tecnologías.

La brecha entre la maquiladora y sus proveedores locales es todavía mayor. En los pequeños talleres y proveedores industriales de la región, el conocimiento de estas tecnologías es limitado, casi nulo. Esto frena toda la cadena de valor y nos coloca en una posición vulnerable.

La tecnología aumenta la eficiencia y competitividad, pero también desplaza empleos tradicionales. Si no existe una política clara de reasignación de funciones y actualización de habilidades, lo que tendremos será una frontera con plantas robotizadas y miles de trabajadores desocupados.

El salario mínimo más alto en la frontera es solo una parte de la ecuación. No olvidemos que el T-MEC obliga a México a elevar estándares laborales: en el sector automotriz, por ejemplo, se exige un salario mínimo de 16 dólares por hora, es decir, más de 280 pesos por hora, muy por encima de lo que se paga en el resto del país.

Eso significa que la presión real no vino de un discurso político, sino de un compromiso internacional. ¿Entonces por qué aceptar una distorsión salarial donde la frontera carga sola con ese diferencial? El salario mínimo debería ser parejo en todo el país, y acompañado de estrategias de productividad, innovación y capacitación que lo hagan sostenible.

Culpar únicamente al salario mínimo es simplificar el problema. Lo que nos está frenando es la falta de visión y la lenta transición hacia una economía que se alinee con las exigencias de la nueva revolución industrial.

El verdadero reto: visión y estrategia… el problema de fondo está en la ausencia de una visión de desarrollo económico integral.

Hoy, menos del 25% de los insumos industriales provienen de proveedores mexicanos directos, lo que significa que seguimos dependiendo de importaciones. Eso nos hace más vulnerables a cualquier sacudida comercial.

Mientras tanto, países como Corea del Sur y Alemania destinan entre el 3% y el 5% de su PIB a investigación, desarrollo e innovación tecnológica, mientras México apenas invierte el 0.3% de su PIB, según el CONACYT. ¿Cómo podemos competir en igualdad de condiciones si no invertimos ni la décima parte de lo que invierten los líderes mundiales?

Además, la falta de políticas públicas de acompañamiento financiero agrava el problema. Las pymes proveedoras, que deberían ser las grandes aliadas de la industria maquiladora, enfrentan contratos desiguales, sin financiamiento y sin transferencia tecnológica. Sin proveedores nacionales fuertes, la frontera seguirá siendo un enclave de ensamblaje, pero no un ecosistema de innovación.

La frontera norte no puede seguir justificando su rezago con un salario. El verdadero reto es transformar nuestras ciudades maquiladoras en polos de adopción tecnológica, formación de talento y proveeduría nacional sólida.

La presión global no espera. Cada día que posponemos la adopción de Industria 4.0, el rezago crece; cada decisión política que ignora la capacitación técnica y la innovación, nos condena a perder inversiones. Cada empresa que elige no actualizar a sus colaboradores, profundiza la desigualdad laboral.

La disyuntiva es clara: o la frontera da el salto tecnológico y redefine su competitividad, o quedará atrapada en el pasado, siendo recordada como la región que dejó escapar la mayor oportunidad de su historia.

De lo contrario, seguiremos siendo la tierra de oportunidades perdidas.