Una de las características que mejor describen el capitalismo es su afán expansionista. Para ello, vale la pena recordar la famosa frase de Vladímir Ilich Lenin: “El imperialismo es la fase superior del capitalismo”. En ella, argumenta que las potencias capitalistas expanden sus mercados y territorios para mantener el dominio económico.
Esa frase, escrita en 1916, sigue vigente más de 100 años después. En pleno siglo XXI, cuando la globalización, la interdependencia económica de las naciones y el desarrollo humano han traído nuevos avances en las relaciones internacionales, la administración Trump ha vuelto a poner sobre la mesa la mentalidad imperialista y las prácticas propias del siglo XIX. Esta retórica ha generado alarmas en la comunidad internacional, recordando la etapa en la que la política de la fuerza prevalecía sobre el derecho internacional.
Este afán expansionista no es exclusivo de la segunda administración de Donald Trump; ya en 2019 hizo pública una propuesta para comprar Groenlandia a Dinamarca. En su momento, esta postura fue vista como una excentricidad, aunque en el fondo tenía un cálculo geopolítico serio, ya que el control del Ártico representa una gran ventaja por sus vastos recursos naturales, además de su creciente importancia en las rutas comerciales globales. Dinamarca rechazó la oferta, aunque quedó la impresión en el ámbito político internacional de que Estados Unidos tomaría un rumbo en su política exterior que generaría muchas inquietudes.
Recientemente, Trump ha insinuado que Canadá debería convertirse en un estado más de la Unión Americana. Esto puede parecer un simple arrebato retórico, pero ignora la identidad nacional canadiense y sus alianzas con otras potencias, como el Reino Unido y la Unión Europea. Un movimiento en ese sentido, además del rechazo internacional, pondría en jaque la estabilidad comercial en Norteamérica y afectaría el bloque comercial establecido en el T-MEC.
Otra de las ideas radicales que ha planteado la nueva administración norteamericana es la recuperación del Canal de Panamá, una de las rutas comerciales más importantes y que Estados Unidos cedió formalmente a Panamá. Esto, además de ser un atentado contra la soberanía panameña, representaría un conflicto directo con China, cuyos intereses se han acrecentado en la región durante las últimas décadas. El canal es un punto clave en la disputa de poder entre ambas potencias y, en caso de que EE.UU. diera pasos firmes en ese sentido, se desataría una crisis diplomática a gran escala.
En otro giro más de esta vorágine expansionista, Trump ha decidido renombrar el Golfo de México como “el Golfo de América”, con lo que pretende reafirmar su hegemonía en la región. Esto va más allá de un simple cambio semántico, pues refleja un talante autoritario que aumenta las tensiones con México y Latinoamérica. El control del Golfo es un tema delicado debido a la explotación de hidrocarburos y la sana convivencia entre los tres países que componen la región aledaña: México, Estados Unidos y Cuba.
Sin embargo, el punto que más debe preocupar a la comunidad internacional es la posibilidad de que Estados Unidos intente tomar el control de la Franja de Gaza. Las declaraciones de Trump en medio del conflicto palestino-israelí podrían terminar de fracturar la región y desencadenar conflictos con Rusia, China e Irán; esto sin contar una posible reacción violenta del mundo musulmán. La viabilidad de materializar esta intención norteamericana es prácticamente nula, pero el solo hecho de hacer pública su intención de controlar esa región genera inestabilidad internacional.
Si bien es cierto que las declaraciones del presidente norteamericano son interpretadas por algunos analistas como un mero desplante destinado a satisfacer a su base de votantes, la historia nos muestra que, comúnmente, la retórica expansionista rara vez se queda en palabras. En un mundo profundamente polarizado, este tipo de discursos contribuyen a generar la percepción de una potencia autoritaria, beligerante y agresiva.
En este punto, no está en juego solo la reputación de Estados Unidos, sino también la estabilidad internacional y los equilibrios logrados a lo largo de los años. La mejor manera de actuar es con la cabeza fría y reconociendo a tiempo los síntomas del expansionismo para evitar caer en problemas de los que es tremendamente difícil salir.