Escribo este artículo después de ser reconvenido e incluso insultado por muchos cibernautas en la red social X (antes Twitter).
El Presidente de El Salvador, Nayib Bukele, anunció que habían confiscado un cargamento de toneladas de droga a más de mil millas náuticas de sus costas. Se me ocurrió preguntar en la red social hasta dónde llegaba la jurisdicción de El Salvador para haber llevado a cabo ese operativo, y ahí fue donde ardió Troya. De ignorante, coludido con el crimen, idiota, entre otros epítetos me calificaron muchos salvadoreños porque osé cuestionar el actuar del Presidente Bukele.
Es bien sabido en el mundo del derecho internacional que las autoridades cuentan como máximo con una zona económica exclusiva de 200 millas que les permite explotar recursos en esa franja, mas no ejercer actos de jurisdicción. Si bien existen disposiciones que establecen que se deben combatir la actividad ilícita en altamar, lo cierto es que son disposiciones ambiguas en donde el Estado cuya bandera es usada por la nave tiene gran injerencia.
Las redes sociales se han convertido en un sitio donde se insulta, denosta, agrede, y todo mundo opina (quizá yo incluido) con una autoridad que no tiene en la vida real. Como decía Umberto Eco, las redes sociales vinieron a darle voz a legiones de idiotas. El anonimato, la distancia, y el malhumor social (como lo definió Peña Nieto) se manifiestan en las redes sociales, que funcionan como válvula de escape de millones de personas.
No vine a quejarme de lo que una decena de desconocidos tengan que decir de mí. Me tiene sin cuidado. Lo que me preocupa es que la gente caiga tan fácil en el populismo y en el caudillismo que tanto daño le han hecho al mundo, especialmente a América Latina.
Mi publicación (con una tendencia crítica) iba dirigida en el sentido de que las autoridades salvadoreñas nuevamente parecen estar actuando fuera del marco legal. Lo único que distingue a la sociedad humana de la selva son las instituciones. Si de plano las instituciones no se van a respetar, pues quizá sea mejor regresar a la época de las cavernas.
El Salvador ha sido severamente criticado por organismos especializados en derechos humanos a partir de las medidas contra las pandillas. Lo que parece una solución sencilla contra el crimen organizado, en realidad entraña una motivación perversa de control casi totalitario. Las medidas que El Salvador ha tomado en relación con el combate a las pandillas parecen a primera vista ser una solución grandiosa. Sin embargo, es un juego peligroso el que se juega ahí. Con un gobierno que puede meter a la cárcel a quien quiera, sin necesidad de justificar esa detención, y sometiéndolos a tratos vejatorios, no tardan en utilizarse esas herramientas contra los opositores al régimen de Bukele.
Siempre que un gobierno tiene tanto poder sobre los ciudadanos, quienes terminan siendo víctimas del Estado son esos mismos ciudadanos. Esto sucede tarde que temprano porque el poder público tiende a avasallar lo que encuentra a su paso, por eso debe estar acotado. La teoría de la división de poderes viene desde los griegos, y fue perfeccionada por los franceses y los ingleses. No estamos inventando el hilo negro.
Una señora me dijo que El Salvador es democrático, que está feliz con el gobierno, que los derechos humanos que no se respetaban eran los de los salvadoreños cuando había crimen, y que quien nada debe, nada teme. Ya no le contesté porque es imposible debatir con personas que razonan así.
Benjamín Franklin decía que, aquellos que estaban dispuestos a ceder algo de libertad a cambio de seguridad, no merecían ni libertad, ni seguridad. Resulta curioso que se diga “el que nada debe, nada teme” en un continente que ha padecido las dictaduras más atroces de las que se tenga memoria.
Regularmente, las dictaduras tienen el común denominador de ser países seguros. Venezuela y México son una excepción, pero porque el gobierno está coludido con las bandas del crimen organizado. En Cuba seguramente los niveles de inseguridad son mucho más bajos que en Argentina o Brasil, países que tienen mayores índices de libertad. En la Unión Soviética seguramente tenían más seguridad que en cualquier país de América Latina. Estoy seguro que en Corea del Norte hay menos secuestros que en Colombia. No se trata de irse a los extremos. Se debe combatir la inseguridad pero con pleno respeto a los derechos humanos.
El problema de El Salvador es que la gente no alcanza a visualizar que Bukele se está haciendo del control de todo. Eso no es sano para ninguna sociedad y nunca termina bien. Dice un dicho que el camino al infierno está pavimentado con buenas intenciones. Ya se reeligió de forma popular, pero inconstitucional. Ya controla al Congreso y a los jueces. Ese es el libreto que se siguen en todas las dictaduras. En diez años que no puedan sacarlo del poder, la población de El Salvador se estará quejando y arrepintiéndose de haberlo electo. Se les olvidará el estado de inseguridad que existía en El Salvador (porque así es la sociedad, de memoria corta) y habrá migraciones masivas. Ya pasó con Venezuela, y está a punto de pasar con México.
Tenemos que ver más allá de nuestra vecindad hemisférica. En Europa existen países seguros y democráticos. ¿Por qué no podemos emular sus sistemas? Siempre tenemos que voltear a ver a los ejemplos más burdos. Eso sucede porque América Latina tiene dos enfermedades graves: el populismo y el caudillismo.
Las sociedades latinoamericanas son presa fácil del populismo. Encerrar a decenas de miles de personas sin debido proceso es populismo. No estoy defendiendo a los que sean criminales; estoy defendiendo el Estado de Derecho. Resulta muy popular detener personas a mansalva porque las sociedades como las nuestras son así. Sin embargo, cuando esas detenciones se empiezan a dirigir contra periodistas, o políticos de la oposición, esa misma sociedad se empieza a lamentar y a victimizarse, que es el deporte favorito del latinoamericano.
Por otro lado, en el hemisferio seguimos creyendo en los caudillos, no en las instituciones. Bukele es popular porque es carismático, y porque maneja un discurso que convence al ciudadano al decir que va a encerrar a todos los delincuentes. ¿Quién es un delincuente? El que diga el gobierno. Y si usted está en contra del gobierno, entonces es un delincuente aunque no haya delinquido. Así de simple.
Creo que debemos de hacer razonar a la gente que las cosas no cambian por un Presidente o por otro. Los grandes cambios sociales se dan cuando la población cambia en su forma de pensar. El populismo y el caudillismo encuentran tierra fértil en sociedades ignorantes, por eso la importancia de la educación. Una sociedad educada, que entiende de división de poderes, de libertades, y de límites de la autoridad es inmune al virus del populismo y del caudillismo. Me resulta absurdo que después de ver tiranías como las de Rafael Leónidas Trujillo, Augusto Pinochet, Hugo Chávez, Jorge Rafael Videla, Alfredo Stroessner, y Fidel Castro, mismas que han tenido lugar en los últimos sesenta años, la gente siga añorando esos regímenes, aunque ahora en manos de millennials.
No se debe elegir entre seguridad y libertad; se debe optar por ambas. La libertad sin seguridad no puede ejercerse. Y la seguridad sin libertad es solamente un espejismo, pues es cuestión de tiempo antes que el Estado dirija sus baterías contra un inocente. Ojalá maduremos como sociedades y podamos entenderlo.