“En los inicios de las pesquisas, la hizo hasta de teporocho o “borrachito” para entrar a tugurios en búsqueda de información sobre el paradero de Esmeralda”
Quizá a José Luis Castillo se le ve un poco más viejo de la edad que tiene. El hombre nació en 1960, pero el dolor, cuando es tan grande, pareciera que se queda en el cuerpo. Su hija Esmeralda desapareció el 19 de mayo de 2009. Tenía apenas 14 años y estaba esperando el camión en el centro de Ciudad Juárez. Ya iba de regreso a su casa. Nunca llegó.
Desde entonces su padre anda en su búsqueda, con esa peculiar manera que Castillo tiene para marchar, para manifestarse, para acompañar a tantas otras causas similares a la suya. No hay protesta social en Ciudad Juárez en la que José Luis no haga acto de presencia. Su investidura le ha dado vuelta al mundo. Esa lona rosa que cubre buena parte de su humanidad y que con letras mayúsculas blancas señala que “No me olviden, falto yo” seguidas por una extensa fotografía de la niña, se ha convertido en una especie de emblema de una lucha ya histórica, que trasciende la individualidad de José Luis Castillo, y que evoca, en buena medida, el reproche ante el fracaso de un Estado y de una sociedad “civil” que tienden a privilegiar el ornato en detrimento de lo sustantivo.
Tras la ausencia de su hija, José Luis ha desplegado un activismo multifacético. Pareciera que tiene el don de la ubicuidad. En los inicios de las pesquisas, la hizo hasta de teporocho o “borrachito” para entrar a tugurios en búsqueda de información sobre el paradero de Esmeralda. Luego, por años, al igual que cientos de madres y padres de desaparecidos, confrontando la indiferencia de las autoridades de todos los niveles de gobierno.
En estos días, Castillo ha declarado a varios medios el cansancio que ya siente después de tantos años en la brega. Una lucha como la del señor José Luis amerita una pausa. Dice que su cuerpo y su voz ya no le responden igual. Ya no puede caminar los kilómetros de antes. Ni modo de reprocharle algo. Se vale decir “ya estoy cansado”. Otros y otras en situaciones similares que don José Luis, legítimamente han dicho “hasta aquí llegué” y es válido aventar la toalla. No es el caso de Castillo, quien pareciera sólo pedir una pausa, solicitando que todos le prestemos la voz, una voz que ya refleja ese cansancio que ahora explicita en los medios.
Es sólo una tregua, parece decir el papá de Esmeralda Castillo. Y en efecto, su rostro evoca, incluso con el cansancio, la figura de la tenacidad a prueba de fuego. Esa perseverancia que no sólo él ha portado a lo largo de los años, pero que queda representada en el señor José Luis como uno de sus rostros más visibles en Ciudad Juárez.
Ahora con las marchas del 8 de marzo, el hombre de la lona rosa puede que no esté presente. Su salud está resentida. O quizá lo veamos como siempre. Al pie del cañon. Dispuesto a pedir que no olvidemos a su hija. La niña a la que aquel ya lejano 19 de mayo del 2009, José Luis le pidiera que no dejara de ir a la secundaria, porque ya tenía una falta por quedarse cuidándolo un día antes por una enfermedad.
Cansa traer tanto dolor a cuestas. También la indiferencia de la autoridad cansa. Cansa la impunidad. El asfalto y el sol cansan. Ya marcan los años. Se vale descansar, José Luis Castillo.