Los padecimientos mentales son casi invisibles y generalmente se atienden demasiado tarde. Cuando alguien no está disfrutando su vida significa que su salud mental no está del todo bien

Escribo este artículo al mediodía del viernes 10 de octubre, mientras se celebra el Día Mundial de la Salud Mental. Y mientras tecleo lo primero que pienso es que la mente es una parte de nuestro cuerpo que casi siempre es invisible, hasta que surgen los problemas.

Somos seres conformados por cuerpo, mente y quien se abre también entiende la presencia de un alma, espíritu, vida, esencia, o como quiera usted llamarle.

No voy a hablar aquí del alma, pero cuando se trata del cuerpo hay mucha atención sobre su salud. La ventaja del cuerpo físico es que nos permite darnos cuenta de la más mínima falla, desde una simple erupción cutánea hasta un profundo cáncer.

Pero cuando se trata de la mente ¿cómo sabemos que hay una falla? ¿Cuáles son los signos y síntomas de que la mente no está bien? ¿Cómo le hago para juzgar si mi mente está saludable, si es la propia mente la que maneja el juicio?

Tras años de carrera de periodismo decidí prepararme para acompañar personas en procesos terapéuticos. Un par de años de experiencia recibiendo personas que buscan apoyo me llevan a varias reflexiones sobre la salud mental de los juarenses que hoy quiero compartir con usted apreciable lector.

Para empezar, es increíble el nivel de resistencia para reconocer que tenemos un problema mental. Mucho menos solemos buscar apoyo.

¿Cómo puedo saber que mi salud mental no está bien? Hay señales, como cambios en los hábitos de sueño y alimentación, aislamiento social, falta de energía, apatía, ansiedad extrema, pérdida de interés en actividades que antes se disfrutaban o la aparición de pensamientos o creencias inusuales. Incluso cuando alguien trabaja en exceso, también es un síntoma.

Otra guía son las emociones desagradables desbordadas, la sensación de estar siempre fuera de lugar, de no avanzar y la pérdida del sentido de la vida.

Cuando se presentan estos síntomas, generalmente no los enfrentamos. Lo primero que hacemos es evadir. Nos refugiamos en el trabajo, en las fiestas, en el chisme del vecino, en la televisión, en el sexo, en el alcohol, las drogas y esto puede ser tan grave que nos lleva a convertirnos en adictos.

Cuando evadimos, no atendemos las causas de las sensaciones mentales desagradables. Seguimos viviendo bajo las mismas causas del malestar emocional y entonces la mente empieza a mover el cuerpo hacia un estado de incomodidad y de fallas. Entonces las emociones se somatizan y aparecen las enfermedades en el cuerpo.

Y un paso antes, generalmente antes de la enfermedad física, llega la ansiedad y la depresión. Según la Organización Mundial de la Salud, el 4.4% de la población mundial padece ansiedad y un 5.7% padece depresión. Las cifras han venido creciendo exponencialmente desde la pandemia.

En México, el 15.4% de la población adulta presenta síntomas de depresión, y el 19.3% tiene síntomas de ansiedad severa, de acuerdo con la Encuesta Nacional de Bienestar y Salud Mental (ENBIARE) 2021 del INEGI.

Para Juárez no tenemos un estudio parecido, pero de pláticas con colegas, lo que más llega a las consultas es precisamente la ansiedad, seguido de la depresión. ¿Cuáles son las causas detrás de estos padecimientos? De las mismas pláticas puedo decir que las principales causas son los problemas de pareja, los económicos, el miedo a morir, conflictos familiares, duelos y la falta de autoaceptación.

Es decir, las cosas más comunes y cotidianas son las que nos llevan a estos torbellinos incomprensibles de emociones desagradables que en ocasiones nos arrastran hasta la infuncionalidad y a no disfrutar de la vida. Miles de personas enfrentan estos torbellinos en soledad, destruyendo relaciones familiares y laborales por no saber cómo manejar estas situaciones emocionales y mentales. Tan fácil que es encontrar apoyo.

Nuestra cultura dice que “sólo los locos van a terapia”. También nos dice que quien no puede “controlar” las propias emociones está mal, es un inútil y casi casi que no merece vivir. Esas afirmaciones son las más equivocadas y dañinas que se pueden adoptar. Así como nadie puede juzgar a nadie por estar resfriado, tampoco se puede juzgar a alguien por experimentar ansiedad, depresión o cualquier otro padecimiento mental o emocional.

Ir a terapia no convierte a nadie en loco. Así como el consultorio médico trae bienestar al cuerpo, alivia desde una simple erupción en la piel y puede evitar problemas mayores, el ver a un psicoterapeuta trae mucho bienestar a la mente. Y cuando la mente está bien, el cuerpo funciona mejor, la familia funciona mejor, el trabajo funciona mejor y la vida se aprovecha y se disfruta.

El llamado en esta ocasión estimado lector, es, en primer lugar, dejar de juzgar a quien acude a terapia. En segundo lugar, atreverse a visitar a un terapeuta en cuanto se presenten los primeros signos arriba comentados que incluyen hasta esas pequeñas incomodidades morales que nos hacen dudar si seré juzgado por algo. Si no está disfrutando la vida, algo anda mal y un terapeuta puede apoyar.

Para terminar quiero decir que si usted va a terapia, se va a ahorrar mucho dinero en medicamentos que tratan las enfermedades que germinan de emociones mal tratadas y somatizadas. Otra vez muchas gracias estimado lector por regalarme el honor de su atención. Nos leemos en 15 días.