Hay una verdad tan vieja como contundente: no se puede servir a dos amores. Y en la función pública, esta frase cobra un significado aún más profundo. Porque aquí no hablamos de afectos, sino de responsabilidades, recursos, tiempos y, sobre todo, del deber moral de servir a la ciudadanía sin distracciones, sin conflictos de interés y sin dobles agendas.

Sin embargo, hoy vemos cómo algunos funcionarios públicos en el estado y sobre todo en Ciudad Juárez juegan a la duplicidad, ocupando cargos en dependencias gubernamentales mientras, al mismo tiempo, fungen como presidentes o dirigentes de partidos políticos. Esta práctica, aunque disfrazada de “capacidad de liderazgo” o “vocación de servicio”, es, en el fondo, una forma de abandono institucional. Es querer cosechar en dos huertos sin sembrar bien en ninguno.

¿Cómo puede alguien cumplir cabalmente con su deber en una oficina pública si reparte su tiempo, su energía y su atención entre la administración y la política partidista? ¿En qué momento se convirtió en norma lo que debería ser excepción, o mejor dicho, lo que no debería suceder?

No es casualidad que estas dependencias, bajo el liderazgo de funcionarios de doble sombrero, estén llenas de tareas inconclusas, procesos lentos, personal desmotivado y una ciudadanía cada vez más frustrada. ¿Cómo pedir resultados cuando el “jefe” está más pendiente de los comités políticos, de las alianzas partidistas y de las próximas elecciones?

La administración pública requiere entrega total. Exige ética, tiempo completo y, sobre todo, lealtad única: al pueblo, no al partido. Pero cuando el funcionario actúa como dirigente político, las decisiones dejan de ser técnicas para convertirse en estrategias. Lo público se contamina con lo electoral, y los beneficiarios de los programas dejan de ser ciudadanos para convertirse en votos potenciales.

Al final, la cuenta la paga la gente: con trámites demorados, servicios ineficientes, promesas incumplidas y un sistema que, en lugar de mejorar, se va erosionando por la negligencia.

La política y el servicio público no son incompatibles, pero deben estar claramente separados. Si alguien desea dirigir un partido, que lo haga, pero que renuncie a su cargo público. Si desea servir en una dependencia, que se enfoque exclusivamente en ello.

Porque, en el gobierno como en la vida, quien intenta amar a dos a la vez, inevitablemente termina fallándole a ambos o como tal, quien sirve a dos amos con alguno queda mal.

A los presidentes de partidos: si esa fue su vacación y su aspiración, dedique todo su tiempo a sacar tan noble trabajo que requiere mucho tiempo y energía por el desencanto de los ciudadanos a la política.

De la misma manera, si su vacación es el servicio en una dependencia, haga lo mejor que pueda mientras esté dedicándole toda su fuerza a ese puesto prestado, para poner en alto el Gobierno al que representa.