Es importante iniciar esta colaboración dejando claro que cada partido es libre de hacer lo que, a su juicio, considere pertinente para mantenerse, crecer o, como es el caso del PAN, sobrevivir. Para nadie es un secreto el declive del Partido Acción Nacional, no solo por la pérdida de elecciones, sino por la maraña de corrupción e intereses oscuros de sus élites. Estas acciones se enmarcan en los comicios de 2027 y 2030, situación que los obliga a redefinir estrategias, organización y rumbo, con el riesgo de que incluso puedan llegar a perder su registro en ese periodo.
Ahora bien, en los hechos, la supuesta renovación y relanzamiento no ha pasado por un mea culpa; no ha habido una aceptación o reconocimiento público del papel que los panistas han tenido en actos de corrupción, encubrimiento, desigualdad y en la pobreza en que dejaron a México. Es imposible que alguien —persona o institución— pueda recomponer sus errores si previamente no ha aceptado que los cometió. Un ejemplo de ello, aunque suene trillado, es la aceptación del contubernio con el crimen organizado durante el sexenio de Felipe Calderón, solo por mencionar uno de la larga lista de hechos.
El cambio gráfico o estético del logotipo no significa cambiar el proyecto político; más bien tiende a confundir el marketing con la transformación social que debería guiar la vida política del país. No quiero ahondar en el mal diseño del nuevo logotipo que, por cierto, parece sacado de un comercial de detergentes, sino en el hecho de que el PAN ha sido parte fundamental de las manchas de corrupción, privatizaciones, gasolinazos, devaluaciones y fraudes electorales que tanto han lastimado a México.
Durante muchos años, se supo de los contubernios y arreglos en lo oscurito que tenía el PAN con el PRI; a eso pomposamente le llamaban concertación. En años recientes, ante el crecimiento de MORENA, no les quedó más remedio que hacer público lo que todos conocíamos: el PRIAN no era una idea febril de mentes suspicaces, sino una realidad de complicidades.
El origen del partido albiazul se sustentó en ser una oposición moral al PRI, pero con el paso del tiempo terminó convertido en su socio político, compartiendo gobiernos, negocios y privilegios. Esta alianza quedó en evidencia cuando el entonces presidente del PAN, Marko Cortés, hizo públicos los acuerdos con sus antiguos adversarios para repartirse un botín que incluía notarías, direcciones universitarias y el control de organismos autónomos. Aún no está claro si este rompimiento con el PRI representa realmente una ruptura con el pasado; ni siquiera entre los propios panistas existe consenso sobre si dicha separación es auténtica o solo una estrategia temporal.
El PAN es uno de los partidos con menos afiliados: el blanquiazul acredita ante los órganos electorales 277 mil miembros, cuando el piso mínimo es de 256 mil; es decir, apenas 21 más de lo que se exige a un partido de nueva creación. Ante ello, han tenido que implementar una aplicación para que, “con un solo clic”, se puedan inscribir en el partido. La afiliación partidista es un acto de contacto personal, de convencimiento y de compromiso, difícilmente sustituible por un medio digital; mucho menos como un acto de conveniencia para obtener un iPhone, sea esto legal o no. No es un acto de apertura a la sociedad, sino un acto desesperado por no desaparecer.
El nuevo discurso habla de “limpiar a México”, aunque omite que fueron ellos mismos quienes ensuciaron la vida política y social del país, generando un historial de corrupción, moches y gobiernos fracasados en lo político y social. La hipocresía es, sin duda, la mayor debilidad discursiva del partido; pero, sobre todo, retrata a un partido sin pueblo ni causas.
Un partido puede cambiar estéticamente su logo, sus colores y hasta su discurso, pero no puede cambiar su historia. Nada de esto sirve si no se lleva a cabo una profunda autocrítica como punto de partida hacia una renovación real. Me queda claro que todas las sociedades democráticas deben tener una oposición clara, fuerte y sostenida; la pregunta es por qué el PAN desperdicia oportunidades —y el dinero de los impuestos que pagamos todos— en estrategias cosméticas que le evitan asumir una posición real ante la sociedad mexicana.