Ayer la presidenta Claudia Sheinbaum expresó una frase que, a primera vista, transmite un mensaje de concordia institucional: “Podemos tener posiciones políticas diferentes, venimos de partidos políticos diferentes, pero cuando se trata de gobernar Chihuahua pues las dos gobernamos Chihuahua”, refiriéndose a la presencia de la gobernadora María Eugenia Campos. El gesto, las palabras, el discurso pronunciado en un acto público y en presencia de la comunidad fronteriza, no es trivial ya que habla de la relación entre la federación y el Estado, entre partidos rivales y entre las lógicas del poder que se disputan la conducción política de una entidad históricamente marcada por tensiones.
Sin embargo, si analizamos esas palabras a la luz del pensamiento de Carl Schmitt -particularmente de su obra El concepto de lo político- el discurso adquiere una connotación distinta. Schmitt sostuvo que lo político se define, en su núcleo más profundo, por la distinción amigo/enemigo. Dicha distinción es un criterio existencial: la capacidad de identificar quién representa una amenaza real para la forma de vida de un grupo político. Desde esta óptica, el lenguaje conciliador de la presidenta puede entenderse como un esfuerzo por neutralizar temporalmente la lógica de la enemistad, trasladando las diferencias al terreno administrativo de la gestión común, donde la política aparece como cooperación y no como confrontación.
Siguiendo con Schmitt, esa neutralización es frágil e ilusoria. El liberalismo parlamentario, al que criticó con dureza, había intentado precisamente eso: disolver el antagonismo político en deliberación, discusión y reglas procedimentales. Sin embargo, decía Schmitt, la política no desaparece; simplemente se oculta bajo una superficie de acuerdos y consensos que tarde o temprano se resquebraja ante la aparición del conflicto. Aplicado al evento de ayer, la afirmación de que ambas “gobiernan Chihuahua” se presenta como un discurso de gobernabilidad compartida, aunque en realidad la lógica de lo político sigue presente en forma latente, pues las diferencias partidistas e ideológicas no se reducen a matices secundarios, sino que representan proyectos antagónicos de país.
En esta tesitura, existe un matiz de soberanía en el discurso. Schmitt recordaba que “soberano es quien decide sobre el estado de excepción”. ¿Quién decide, entonces, en Chihuahua cuando surgen crisis de seguridad, disputas presupuestales o tensiones federativas? En un escenario límite, no pueden gobernar “las dos Chihuahua”. El poder de decisión, en su forma más pura, no se comparte porque se ejerce (una sola persona). Lo que Sheinbaum hace con su frase es trasladar la arena del conflicto a un espacio de legitimación discursiva, le habla al pueblo chihuahuense para proyectar una imagen de cooperación y de unidad, sabiendo que en la práctica el antagonismo persiste.
Este doble juego -armonía en el discurso, conflicto en la realidad- refleja la tensión entre dos concepciones de lo político. Por un lado, la visión liberal-administrativa, donde gobernar es coordinar esfuerzos más allá de las diferencias partidistas. Por otro, la visión schmittiana, donde lo político es, en esencia, conflicto, y donde el enemigo, aunque momentáneamente velado, tarde o temprano vuelve a aparecer. La presidenta apuesta por la primera lógica para proyectar gobernabilidad; Schmitt nos recordaría que esa estrategia es provisional ya que bajo la superficie de los discursos, la confrontación sigue siendo la esencia de lo político.
Ahora bien, Ciudad Juárez acostumbrada a vivir en el filo de las contradicciones nacionales, estas palabras adquieren un eco particular. La comunidad escuchó un mensaje de unidad, pero la teoría política advierte que dicha unidad es un espejismo construido para sostener la imagen de paz política. El verdadero desafío no radica en negar las diferencias ni en difuminar al adversario, sino en reconocer que el conflicto es constitutivo de la política y que la gobernabilidad depende de quién ejerce efectivamente la decisión soberana.
Al final, lo dicho por la presidenta Sheinbaum se inserta en una tradición discursiva que intenta mostrar que la pluralidad no significa confrontación destructiva, sino cooperación institucional. Sin embargo, la lección de Schmitt consiste en que negar el conflicto no lo elimina, solo lo posterga, porque un discurso con estas caracteristicas puede ser un recurso eficaz para un mitin, pero insuficiente para comprender la naturaleza del poder.
Lo anterior, porque el observador crítico que ha leído a Schmitt, sabe que bajo el aplauso y la retórica institucional, la distinción amigo/enemigo sigue latente, esperando el momento de reaparecer. Porque, como recordaba el multicitado autor, la política es, en última instancia, la lucha existencial que define quién pertenece y quién amenaza a la comunidad política.