En la minada cancha de fútbol, un joven de unos veintitantos camina desorientado y luego se detiene. Da unos pasos más y acomoda una gorra negra en su rostro para evitar los rayos de sol. No trae zapatos. Otra vez se detiene. Son las cinco de la tarde en el barrio bravo de la Altavista y este estadio casi centenario aguarda para recibir a los vecinos; hoy es miércoles, día que escuelas de fútbol tapizan de niños la cancha a partir de las seis de la tarde. El otoño ya se asoma, los ancianos señalan la hora en que cae el sol y detectan el cambio, "ya atardece más temprano", le dice un anciano a su compañero mientras caminan en la pista donde algún día hubo tartán. Graneados van llegando los parroquianos, nadie saluda, no es necesario decir nada. La gente prefiere voltearse y callar, pase lo que pase. Desde aquí se alcanzan a ver las montañas Franklin, es irónico que, el otrora país más poderoso del mundo, se encuentre a unos pasos, en El Paso pocas cosas fallan y en Juárez pocas cosas funcionan. De este lado la cosa es distinta. Desde más de medio siglo, lo más famoso de la Colonia Altavista es "La Cima", ese lugar mítico que durante décadas fue un centro de distribución de drogas, impermeable a la policía; todo es cosa de subir las escaleras y ahí está "a tiro de piedra". El joven descalzo se detiene dos minutos eternos, se tambalea mientras el pantalón se va deslizando hacía abajo, en el pie derecho tiene un golpe que provocó una inflamación, es como si una pelota de golf se hubiera metido debajo de la carne en el empeine, la nuca muestra un grueso hilo de sangre seguido de gotas que se mezclan con el sudor, conserva algunos mechones de pelo pero la mayor parte de la cabeza está trasquilada, en su cuerpo hay señales de golpes, la piel enrojecida en brazos y espalda muestran el músculo reventado, a punto de sangrar. Dos mujeres casi adolescentes aguardan sosteniendo sus nudillos en la maya ciclónica que separa el campo con una pequeña cancha de fútbol rápido, temen acercarse pero tienen más miedo de dejarlo solo a su mala suerte. El joven golpeado gira 180 grados y vuelve a dar unos pasos, su cara sigue oculta detrás de la gorra que es lo único que sostiene con su mano, los pantalones han sido vencidos por la gravedad mostrando las señales de un castigo inhumano. En rondas de cuatro o cinco pasos se acerca a las dos magdalenas que ya están llorando, una de ellas habla por teléfono y niega con la cabeza. Por fin alcanza un pie de barda a la orilla y se sienta. Quitó la gorra de su rostro un momento y se toca la mollera donde la sangre se anida, al sentir húmedo en sus dedos siente como la vida se escapa a borbotones. Uno a uno van llegando los colonos, voltean, ven al muchacho, no hacen muecas, no se sorprenden, no se acercan, no se preguntan nada, siguen adelante ¿qué pueden hacer? ¿Hablar a la policía? ¿Llevarlo a un hospital? ¿A la Cruz Roja?, ninguna de esas opciones es posible. Nadie se meta, esa es la regla. Las mujeres que lo esperan le pasan una botella de agua por un rombo de metal. Algo le preguntan. No contesta. Si hubiera estado aquí Víctor Hugo habría escrito la segunda parte de "Los Miserables". La escena es una ópera que pudo haber finalizado antes de empezar y en buena lid ahora puede durar un día más, quizá un año, a lo mejor cinco, pero no creo que más. En total pasaron unos quince minutos, la sangre se amorcilló hasta convertirse en una mancha negra que cubría la cabeza como un velo. Juárez es así, puede darlo todo y quitarlo todo, depende de la cara de la moneda que caiga mirando al sol. Aquí se juega la vida en un volado y, quien pierde, la misma ciudad lo devora; a veces esto sucede frente a todos. El joven golpeado se levantó y caminó a un agujero que había en la malla ciclónica, se agachó en posición fetal hasta que cruzó la frontera, la escena era una obra de arte plástica, volvía a nacer desde el útero metálico, como un potrillo en su saco vitelino, se levantó del suelo y se arrimó a una banca, donde se acostó, una de las mujeres que lo acompañan abrió su mochila y sacó una sudadera, luego lo cubrió en un acto de conmiseración. En un descuido, el joven y sus acompañantes desaparecieron. Nadie se dio cuenta de que estuvieron ahí y nadie reparo en su ausencia. ¿Qué le pasó antes de llegar al campo? ¿Qué le pasó después? ¿Usted qué cree?

Quizá sea solamente otra historia de bandidos sin inicio y sin final.