“¡Pre-si-denta, pre-si-denta, pre-si-denta!”, era el grito que alentaba la gobernadora Maru Campos al llegar frente a las gradas del Estadio Juárez, tras atravesar buena parte del diamante por donde comienza el jardín derecho. Así finalizaba el acto presidencial de Claudia Sheinbaum de casi una hora.

La mandataria estatal de traje blanco y blusa verde y bordados estilo rarámuri; la jefa del Ejecutivo Federal con vestido negro de coloridos detalles florales en la parte superior, caminaron un buen tramo antes de despedirse de la gente que todavía aguardaba para tratar de tomarse selfies con ellas.

Así despidió la chihuahuense a Sheinbaum Pardo, tras la cortesía presidencial de reconocer a Maru pese a las diferencias políticas y sus posturas ideológicas distintas.

“Podemos tener posiciones políticas diferentes, venimos de partidos políticos diferentes, pero cuando se trata de gobernar Chihuahua, pues las dos gobernamos Chihuahua”, dijo Claudia en parte de su mensaje durante el informe regional “La transformación avanza”; la chihuahuense supo cómo responder bien ese detalle.

La política mexicana rara vez permite relaciones tersas entre gobernantes federales y locales, más cuando son de partidos opuestos. La confrontación la padecen los ciudadanos, igual que cuando, en el otro extremo, la cordial institucionalidad es acompañada de corruptas complicidades.

De uno y otro supuesto hay malos recuerdos en Chihuahua, pero más recientemente los efectos de los pleitos entre gobiernos los vivió en carne propia el estado durante el sexenio de Andrés Manuel López Obrador. La gobernadora panista intentó mantener un trato institucional con el presidente, pero los desencuentros fueron inevitables, por acuerdos incumplidos que escalaron hasta los insultos.

Con el tabasqueño, los roces giraron en torno a la seguridad, la falta de recursos federales y la sombra de lo que Campos llamó “una voz perversa” (antes panista, hoy apapachada con fuero morenista) que, según ella, distorsionaba la comunicación entre Palacio Nacional y Palacio de Gobierno.

El presidente, por su parte, alternó reclamos con bromas: se refirió a la gobernadora como “malita de la derecha, pero muy bien de la izquierda”. El tono parecía cordial, aunque en el fondo predominaba la distancia ideológica.

La relación entre Estado-Federación se mantuvo álgida y en enero de 2024 escaló a tal punto, tras el secuestro de cuatro integrantes de la familia LeBaron, que la gobernadora tuvo que levantarle la voz a López Obrador y pidió que el Gobierno federal dejara de ser omiso y hacerse "pendejo" con los delitos en Chihuahua.

Claudia candidata complació al presidente con la misma postura aguerrida; dos o tres intercambios de declaraciones apuntaban a una relación ríspida con Maru, pero ese capítulo fue cerrado el 30 de septiembre de 2024, cuando por primera vez una mujer fue vestida con la banda presidencial. Desde entonces, el tablero cambió de manera drástica.

La presidenta asumió con un discurso distinto al de su antecesor: menos confrontativo hacia la oposición y más cargado a la idea de gobernar con todos los estados, incluso aquellos bajo control del PAN. Esa posición ha sido aprovechada por Campos, quien desde el arranque ofreció respeto institucional y recibió de Sheinbaum la misma promesa. Ambas, dijeron, acordaron no politizar los temas más sensibles.

El pacto se ha materializado en hechos. En abril de este año, Sheinbaum visitó Chihuahua para refrendar el reconocimiento de tierras comunales a pueblos rarámuri. El mensaje fue claro: justicia social para los pueblos originarios y colaboración federal-estatal sin importar colores partidistas.

Meses más tarde, la presidenta mantuvo el seguimiento de los pendientes con Ciudad Juárez y después Campos la acompañó en la presentación del llamado Plan México, con el que la Federación busca blindar la competitividad del país frente a Estados Unidos.

El gesto no pasó inadvertido, pues una de las gobernadoras opositoras más destacadas del país en un cierre de filas con una presidenta morenista, para defender intereses nacionales, era imposible de ignorar.

A principios de septiembre, Sheinbaum encabezó una mesa nacional de seguridad, donde Chihuahua con Maru y Juárez en particular, con Cruz Pérez Cuéllar al frente, fueron parte de los protagonistas, por la delicada condición del estado en cuestión de violencia y actividad criminal.

Ahí, en medio de las escasas buenas noticias que puede haber en este espinoso terreno, Campos refrendó su disposición a trabajar con el Ejército, la Guardia Nacional y la Secretaría de Seguridad federal, con la idea de que “los chihuahuenses quieren resultados, no pleitos”, línea marcada por la mandataria y que sintetiza la nueva ecuación: pragmatismo por encima de diferencias ideológicas.

El capítulo más reciente de esta relación se escribió el viernes pasado con la tercera visita presidencial (la cuarta de Sheinbaum desde que era candidata), en un acto público que se convirtió en una puesta en escena de unidad. Entre los aplausos que arrancó cuando dijo que las dos gobiernan Chihuahua, en tono aún más cercano la presidenta remató: “Gobierna ella y gobierno yo”, un reconocimiento explícito al papel de la gobernadora que no había tenido paralelo en tiempos de López Obrador. La respuesta del público fue significativa: lejos de rechiflas o abucheos, Campos fue recibida con respeto, e incluso con porras de “¡vamos Maru!”.

Más allá del teatro político, la visita también dejó compromisos tangibles. Sheinbaum anunció que el equipo de bacheo de la Federación permanecerá de manera permanente en Chihuahua, con planta de asfalto incluida, y abrió la puerta a proyectos de hospitales del ISSSTE y del IMSS en la entidad; no en términos específicos pero muy cerca de estos.

Aparte de los anuncios, lo simbólico pesó tanto como lo práctico. Sheinbaum y Campos se mostraron como dos liderazgos capaces de compartir espacio y agenda en la frontera, con un discurso de corresponsabilidad y sin rastro de los roces que marcaron la era de AMLO.

El viraje en la relación es evidente. De la tensión con López Obrador se pasó a la cooperación con Sheinbaum. Pero no se trata de una luna de miel sin condiciones, pues en Chihuahua pesan desafíos que pueden tensar la cuerda en cualquier momento.

La violencia criminal, los feminicidios, los secuestros, las ejecuciones siguen lacerando la frontera. El presupuesto federal para infraestructura y seguridad será, como siempre, motivo de disputa. Y a la vuelta de la esquina está el 2027, cuando los capitales políticos estarán en pleno juego de la sucesión.

Por ahora, la relación es de conveniencia mutua. Sheinbaum necesita mostrar que gobierna para todos; Campos requiere de la Federación para gestionar la frontera, atraer inversión y reforzar la seguridad. La ciudadanía, harta de confrontaciones estériles, observa con cautela.

Las dos primeras mujeres en el poder, una en Chihuahua y otra en el país, convergen ahora en un importante y retador momento histórico; de biografías muy diferentes, las dos han sufrido el machismo y la misoginia de la clase política, pero han enfrentado con entereza esas condiciones.

Sheinbaum enfrenta el círculo obradorista enquistado en el Senado de la República, cuya figura más emblemática, el acorralado senador Adán Augusto López, aparece al centro del escándalo de la narcopolítica federal por el cártel de La Barredora, empoderado en Tabasco cuando fue gobernador.

Maru sufrió como alcaldesa los malos tratos del entonces gobernador también panista, Javier Corral; el ahora senador, protegido, aunque al mismo tiempo apestado de la bancada morenista, la atacó sin misericordia para destruirla, con la intención de evitar su candidatura a gobernadora.

Por ello, ambas saben que caminan sobre terrenos resbaladizos y peligrosos para cualquiera, en especial para ellas cuando se enfrentan a un sistema político dominado por los más turbios intereses, incomodados por sus triunfos electorales, sus posturas políticas, su estilo de gobernar y sus objetivos comunes.

La alianza presidenta-gobernadora vista hasta ahora estará a prueba en los siguientes meses, cuando la sucesión se desate en Chihuahua y los aspirantes pretenden desbordar a los gobiernos en aras de alcanzar el poder. Mantener esa sana coexistencia y la buena coordinación será el gran reto.

La política mexicana enseña que las alianzas más improbables suelen nacer de la necesidad. Maru Campos y Claudia Sheinbaum encarnan hoy ese equilibrio frágil: la oposición que colabora, la gobernadora que busca recursos y respeto, la presidenta que necesita gobernabilidad territorial.

Lo que está en juego no es solo la relación entre dos mujeres en el poder, sino la posibilidad de que Chihuahua encuentre, al fin, en la Federación un socio confiable para enfrentar sus batallas históricas.

Lo deseable sería transitar de los acuerdos coyunturales prácticos a soluciones estructurales sostenibles para una entidad dolida por un abandono federal vigente desde la instauración de la república hasta nuestros tiempos; para ello deben caminar al mismo marcado, más allá de politiquerías e intrigas de las voces perversas que no van a faltar, especialmente cuando estén más cerca las elecciones de 2027.

Ojalá ambas mandatarias mantengan ese alto nivel que han mostrado hasta ahora.