Cantinflas tenía un talento extraordinario: hablar durante cinco minutos sin decir exactamente nada y, aun así, conseguir que pareciera que había dicho algo importante.

En la pantalla era motivo de risa. En la política, el mismo mecanismo puede convertirse en una poderosa herramienta de poder.

Y el tema no es menor. Las campañas ya están a la vuelta de la esquina y más vale reconocer al embaucador antes de que vuelva a aparecer con su repertorio de promesas, medias verdades, distracciones y explicaciones para todo.

El embaucador no siempre llega con la mentira descarada. A veces llega envuelto en carisma, seguridad, frases ingeniosas y respuestas que parecen contundentes hasta que uno se pregunta qué fue exactamente lo que dijo.

Es un personaje bastante más sofisticado —y peligroso— que el simple mentiroso: el embaucador, que puede ser hombre o mujer. Ese que promete, exagera, confunde, cambia de argumento, esquiva la pregunta y, cuando llega la hora de rendir cuentas, ya está hablando de otra cosa.

Hay ejemplos locales, estatales y nacionales, para que nadie se sienta discriminado. Pero también los hay en las familias, en los amigos y hasta entre los compañeros de trabajo.

Es ese tío o primo que pide prestado el carro y lo devuelve sin gasolina, sucio y quién sabe cómo, para luego hacerse el ofendido cuando alguien se atreve a reclamarle.

No sólo evade la responsabilidad: tiene la habilidad de darle la vuelta a la situación hasta conseguir que quien reclama termine sintiéndose culpable.

Por otra parte, también es importante decir que existen en cámaras empresariales, gobiernos y por supuesto son notables en la política.

Y lo verdaderamente sorprendente no es que mientan. Es que consiguen que les crean. Y, mejor aún, que regularmente se salen con la suya.

Un embaucador sofisticado, logra cambiar los conceptos de las cosas, para con ello, cambiar la percepción. Es una habilidad que van perfeccionando con el tiempo. “No te entregué el carro sin gasolina, en realidad viene más ligerito, con menos peso”.

El tema es multianalizado por pensadores como Orwell, Maquiavelo, Arendt o Weber.

Pero antes de continuar, hay que decir que Cantinflas no era realmente un embaucador político. Era el personaje del pelado que usa el lenguaje como escudo, habla mucho, parece que es importante lo que dice, no se sabe lo que dice y al final sale del problema mediante la palabra. Aclarado el tema.

En el caso de Orwell, tenemos su novela 1984, donde el personaje principal se dedica a cambiar las palabras de las noticias para cambiar la percepción. Y lo mismo hace con los libros de historia que el régimen considera aptos para la población.

O Gustave LeBon en su Psicología de las Masas, -viejo el material y con ideas discutibles-, pero arroja luz sobre como las sociedades son persuadidas mediante emociones, repetición y símbolos sencillos de entender.

¿Le gusta a la gente ser engañada?

Hay frases de películas como el Ilusionista, -Now You See Me, 2013-, que muestran cierto gusto de muchas personas por esas artes.

“The closer you look, the less you see” —“Cuanto más de cerca miras, menos ves”.

En la magia, el truco consiste precisamente en eso: dirigir la atención hacia donde el ilusionista quiere que mires mientras lo importante ocurre en otro lugar. El público cree que está observando con atención, cuando en realidad está siendo conducido.

En política o administración pública, el mecanismo puede ser mucho más sofisticado. Un discurso lleno de cifras, promesas, explicaciones y enemigos puede dar la impresión de transparencia precisamente porque contiene demasiadas cosas que mirar.

Pero a veces, cuanto más de cerca examinamos el discurso, más difícil resulta encontrar la respuesta sencilla que originalmente estábamos buscando.

Ese es uno de los talentos del embaucador: no necesariamente siempre oculta la realidad; consigue que miremos hacia otro lado mientras creemos estar examinándola.

“Señor va usted a aumentar el impuesto predial: No, solamente se hará un ajuste inflacionario debido a las condiciones cambiantes de la economía”, por ejemplo.

En Ciudad Juárez es muy común, ver obras o eventos que no resistirían la mirada experta, con errores y detalles que no los hacen viables, pero impulsadas por embaucadores de carrera. Sobran ejemplos.

Los embaucadores tienen un sinfín de herramientas para el engaño, como el gaslighting, que consiste en hacer que una persona dude de su propia percepción, memoria o interpretación de los hechos. Muy amplio el tema y por demás interesante.

Así que, tenga cuidado. Ya está cerca la temporada de acecho.