En estos últimos días, ha conmocionado a la frontera el retiro de visas y residencias por diversos factores entre los que destaca “el turismo de parto”.

Como juarenses hemos sufrido notoriamente estos cambios ante una cada vez más severa y divisoria frontera. Por ello, ante el temor de perder el documento los puentes se vieron vacíos y los negocios del lado estadounidense afectados, de alguna manera El Paso se vio desalmado. Lo extraño es que en estos tiempos de división hubo gente que se alegró y hasta lo celebró, dejando entrever una extraña rivalidad entre juarenses y paseños.

Esto llama la atención porque por siglos Juárez y El Paso han sido catalogadas como ciudades hermanas donde su comunidad transfronteriza ha resistido formación de naciones, cambios de poder y la frontera misma.

La antigua Paso del Norte nunca se fue, solo se había redefinido en dos nuevas naciones. Por ello en estos tiempos de incertidumbre uno esperaría un sentimiento empático de los paseños o juarenses que tienen acceso libre al Paso, pero no; fue decepcionante leer -sobre todo en redes sociales- cualquier cantidad de burlas, de ofensas subidas de tono e insultos dignos de la más corriente xenofobia.

Al leer los comentarios de los conciudadanos la tirria fue evidente, “paseños” burlándose de los juarenses que ya no podrán hacer sus compras de 20 dólares en Walmart, así como “juarenses” de paseños que viven en Juárez por que su salario es mediocre y no les alcanza para vivir allá. Me decepcionó leer los comentarios, pero más la animosidad de bandos que se formaban sintiéndose orgullosos de ser de un lado de la frontera y atacando al otro por el simple hecho de ser “el otro”, olvidando así lo compenetrados que estamos como una sola comunidad, olvidando que tenemos más en común que diferencias, si es que existen.

Para empezar, ser juarense o paseño es una de las identidades más diluidas que existen, recordemos que estas ciudades se caracterizan por su dinamismo social y que por ello no es necesario pertenecer a generaciones de antepasados o siquiera haber nacido en estas tierras para ser catalogado como uno u otro. Además, vivimos en una comunidad muy unida, donde es común que los abuelos juarenses arreglaron papeles, dieron vida a hijos paseños que viven en Juárez y trabajan o estudian en El Paso, es común tener familia tanto en un lado como en otro por lo que esas etiquetas no solo son inexactas, son estúpidas.

Continuando con esto, a veces se es paseño o juarense por pura suerte o el esfuerzo de nuestros padres, por que siendo objetivos solo hay que ver un árbol genealógico para darse cuenta de que la gran mayoría no tiene raíces profundas en estas tierras y que el hecho de estar aquí es por un ideal de trabajo que lleva al progreso, en otras palabras un mejor futuro a través del esfuerzo, que a veces se encuentra en Juárez y otras en El Paso, eso es lo que realmente significa ser paseño o ser juarense, no las ridiculeces que pregonan algunos actualmente buscando una falsa superioridad.

La xenofobia que se ejerce a través de ofensas ni original es, solo es una repetición del discurso nacionalista que en un lado denota un racismo tan rancio como quienes lo profesan y en otro bando una soberanía inexistente que vive en la imaginación de algunos. Dejen que ese nivel de pobre política viva en las capitales, pero no en nuestra comunidad fronteriza.

Esa división solo conviene al del discurso porque el odio al otro es un recurso que aparta la autocrítica.

Esta comunidad ha estado distanciada de eso por muchos siglos y por ello ha florecido. Comencemos con esas ideas y barreras y veremos nuestro declive.

Dejémonos de tonterías. Juárez es grande por El Paso y El Paso por Juárez, si es posible que estas ciudades prosperen separadas, pero nunca en la capacidad de estar unidas. Por eso somos un referente mundial y aunque nuestros gobiernos promuevan ideales divisorios no dejemos que estos piensen por nosotros.

Siendo francos compartimos tantas características culturales, contextuales e históricas que al ofender al otro bando de la frontera es como darse un balazo en el pie; nos ofendemos a nosotros mismos.

No dejemos que el nacionalismo mal infundado nos ciegue de ver en el otro a un ser humano.