A lo largo del tiempo hemos escuchado historias de éxito contadas casi siempre desde el esfuerzo individual, como si detrás de una mujer que llega a un puesto directivo solo estuvieran su preparación, disciplina y carácter. Sin embargo, cuando observamos esas trayectorias desde una perspectiva de género, aparece una pregunta que pocas veces hacemos: ¿quién sostiene a las mujeres que lideran?
Esta pregunta estuvo muy presente en mi investigación de maestría, “Entre lo privado y lo público: desafíos y estrategias de las directoras en la Administración Pública Municipal de Ciudad Juárez 2021–2024”, donde encontré que detrás de muchas mujeres que alcanzan espacios de decisión existen redes de apoyo fundamentales: madres, hermanas, amigas, compañeras, parejas y otras personas que cuidan, escuchan, aconsejan o ayudan a resolver las exigencias de todos los días.
Reconocer estas redes no resta mérito a sus logros; al contrario, permite entender que conciliar la vida familiar y laboral no depende únicamente de saber organizarse, sino también de cómo se reparten el tiempo, los cuidados y las responsabilidades dentro de los hogares. Simone de Beauvoir señaló que la situación de las mujeres no responde a un destino natural, sino a una construcción histórica y social, una idea que sigue teniendo sentido cuando todavía se espera que las mujeres destaquen profesionalmente y, al mismo tiempo, estén siempre disponibles como madres, cuidadoras y responsables emocionales de sus familias. Judith Butler también nos ayuda a entender cómo muchas de estas expectativas se repiten hasta parecer normales, por eso vale la pena cuestionar por qué seguimos relacionando de manera casi automática a las mujeres con el cuidado, la disponibilidad y el sacrificio. En ese contexto, las redes entre mujeres adquieren un valor especial. Marcela
Lagarde ha planteado la sororidad como una práctica política que permite construir alianzas, acompañamientos y acuerdos entre mujeres frente a estructuras históricamente desiguales.
A veces esas redes se expresan en cosas muy sencillas: una llamada antes de tomar una decisión complicada, una amiga que escucha, una compañera que comparte su experiencia, una madre que cuida o una hermana que resuelve una emergencia. Parecen acciones cotidianas, pero muchas veces hacen posible que una mujer continúe creciendo profesionalmente. Sin embargo, también tendríamos que preguntarnos por qué seguimos necesitando tanto de estas redes para hacer posible algo que debería ser normal. Ninguna mujer tendría que contar con una red extraordinaria para poder estudiar, trabajar, crecer profesionalmente, participar en política o aspirar a dirigir. Necesitamos espacios laborales que entiendan que las personas tienen una vida fuera del trabajo, hogares donde exista verdadera corresponsabilidad y políticas públicas que permitan a las mujeres avanzar sin tener que elegir constantemente entre cuidar y crecer.
Cuando una mujer llega a un espacio de liderazgo, pocas veces llega completamente sola; detrás hay historias, afectos, apoyos y esfuerzos compartidos. Tal vez por eso la pregunta no sea solo quién sostiene a las mujeres que lideran, sino qué tenemos que cambiar para que cuidar, sostener la vida y liderar sean responsabilidades compartidas. Porque la igualdad no llegará cuando las mujeres demostremos que podemos con todo, sino cuando entendamos que no tendríamos por qué hacerlo.