Hola, mis estimados y queridos lectores. Una vez más, cumpliendo con esta cita puntual como hace quince días, vuelvo a este espacio para compartirles mis impresiones tras una breve ausencia. Resulta que salí de viaje, me di una vuelta por un puerto donde las reglas de la naturaleza son otras; allí donde las mascotas ya no son perros, sino cocodrilos, y uno aprende rápido que no puede meterse tranquilamente al mar si no quiere llevarse un susto mayúsculo.
Y qué barbaridad, apenas fue una semana, pero es increíble cómo suceden las cosas en tan poco tiempo. Al regresar, pasé rumbo a El Paso, Texas, para atender unos asuntos de la oficina. Llegué directo a la caseta del CBP a las meras dos de la tarde en pleno lunes y, para mi absoluta sorpresa, ¡sin hacer nada de fila! No lo podía creer. Me pregunté ¿qué está pasando aquí? ¿Qué fenómeno inusual estaba ocurriendo en nuestra dinámica fronteriza?
Pero la respuesta no tardó en llegar. Empecé a ver en las redes sociales un frenesí inusual: gente rematando al costo, y hasta por debajo del costo, sus boletos para el concierto de esta muchacha, Karol G. La conclusión es evidente: se respira una gran conmoción, un aire de estrés, susto, miedo y terror. Y es que el asunto es serio: la amenaza del presidente Trump de retirar las visas a todas aquellas madres que tuvieron a sus hijos en Estados Unidos, habiendo utilizado su visa de turista para fines distintos a los permitidos, ha encendido las alarmas.
Me comentaba alguien: "Yo voy a ir a El Paso sin tema porque yo pagué mis cuentas en los hospitales, porque nunca he pedido estampillas ni ayudas sociales". Y ahí es donde debemos ser precisos: el asunto no es si pagaste o si le debes a los hospitales; el fondo del problema es que se hizo un uso inapropiado de una visa diseñada para el turismo.
Esto me hace recordar mis años de infancia. En aquel entonces, la gente decía con toda naturalidad: "voy a sacar la forma 13 para poder cruzar". Otros presumían su pasaporte local. Los maestros o burócratas federales tenían facilidades increíbles: se tomaban una foto familiar con todos los hijos —así fueran diez, porque antes sí les gustaba tener hijos, ahora parece que solo les gusta la práctica—, la grapaban en un cartoncito y con eso cruzaban todos. Era otro mundo, otra forma de gestionar nuestra convivencia con el vecino del norte.
Fíjense nomás el abuso que ha causado el comportamiento de algunos paisanos. Yo sé, y lo reconozco, que no todos van a El Paso a pedir ayudas o a simular pérdidas económicas para obtener beneficios, pero es innegable que existe gente que ha estirado la liga demasiado, manteniendo a cuatro hijos, desde los 18 hasta los 2 años, solo para no perder las prebendas.
Les decía que, de pequeño, yo cruzaba en el viejo tranvía verde. Era una estampa inolvidable: se subían los oficiales, las señoras con sus muchachitos, y el oficial solo comparaba la foto del cartoncito con los niños y: "¡vámonos!". Pero también tomen en cuenta algo crucial: el peso tenía valor, un peso fuerte con poder adquisitivo. No necesitábamos los dólares americanos para vivir a toda máquina aquí en la frontera. Muchos estadounidenses venían a trabajar a México por la fortaleza de nuestra moneda. Un día, todo eso cambió.
Antes los padres de familia se atrevían a tener hasta una docena de hijos porque había forma de mantenerlos. Hoy existe mucho temor de poder con uno, y a veces mejor prefieren no tener hijos. Antes todo trabajador estaba seguro que compraría su casa con el fruto de su trabajo, y una vez que compraba la suya empezaba a comprar más propiedades para sus hijos. Hoy los jóvenes apenas pueden soñar con llegar a comprar su propia vivienda y sólo los más audaces lo logran.
Recuerdo también viajar en los camiones colorados que tomábamos en la Corregidora. Los hombres iban de corbata y saco; las señoras, impecables, con sus peinados de chongo y sus cabellos duros, duros de laca. Era un gusto andar en el transporte público. Ahora, qué pena me da observar la decadencia: transportes sucios, hay gente que hasta sale a la calle en pijama, con calcetines y pantuflas de plástico. Se perdió la cultura, se perdió la educación. Cambiaron los libros, ya no tenemos civismo, ya no existe aquella clase de educación vocacional.
Una gran mayoría de nuestros jóvenes están perdidos, sin una guía adecuada. Y estos muchachos son los futuros brazos que sostendrán a nuestras familias. Sin brújula, muchos terminan en malos pasos, aquí y del lado americano, buscando soluciones innecesarias a problemas que nosotros mismos hemos fomentado. No es un asunto de todos, pero es una realidad penosa.
Nos vemos en quince días. Un abrazo y acuérdese: si sus hijos ya tienen 30 años y los tuvo en El Paso, Texas, o en cualquier otra frontera, corre el riesgo. Mejor espérese a que se calme esto, que al final del día, no es más que una crisis migratoria basada, puramente, en el miedo económico.