El escándalo Adán Augusto López Hernández-La Barredora debilitó algo la relación del lopezobradorismo con la Presidenta Claudia Sheinbaum, y su equipo, pero no llegó ni cerca del rompimiento.

AMLO se sobrepuso al golpe de perder a su insostenible mano derecha como coordinador de la bancada de Morena en el Senado de la República y toda la capacidad de maniobra política, económica y financiera que ostentaba con desparpajo Adán.

Al final del día fue como quitar un pelo a un gato. López Obrador siguió bajo control de gran cantidad de senadores, de diputados, de funcionarios de todos los órdenes… Y sobre todo, de casi todos los gobernadores de Morena… Incluido el de Sinaloa, el “exnarcogobernador”, Rubén Rocha Moya, hoy detestado por el pueblo sabio y por Palacio Nacional.

En septiembre del 2023 armó López Obrador aquella demostración omnímoda eminentemente política, pero con ropaje de protocolo de pueblo originario: la entrega del bastón de mando a quien sería la candidata de Morena a la Presidencia de la República.

No fue precisamente el pueblo que generalizadamente haya presentado la petición correspondiente, menos que la decisión haya sido transmitida al expresidente por los órganos partidarios encargados de formalizar candidaturas. Al diablo con sus instituciones… democráticas, diríamos en palabras del tabasqueño.

Fue AMLO el que entregó la postulación y quien dejó a las finanzas públicas nacionales temblando para aplicar más recursos a los programas sociales y garantizar que la receptora del bastón sería la sucesora.

Por eso el tabasqueño si no se cree dueño de ella sí dueño de sus determinaciones como Presidenta del país. No le entregó el bastón de mando; no, le entregó un símbolo de sumisión incondicional.

No le pegó la íntima esperanza de la reelección, al menos eso tuvo un freno de golpe, pero dejaría el cargo en alguien que actuaría como su propio cerebro, sus manos, sus ojos… todos sus órganos. Ejercería desde su retiro una presidencia transmutada en la figura de Claudia.

Pero todo tiene su límite. Han transcurrido casi dos años del régimen de la presidenta y las circunstancias han cambiado a gran velocidad porque así tenía qué ser debido justo a la condición humana no separable ni completa ni en partes.

Crujen bajo los pies de Sheinbaum Pardo los cimientos montados en mezcla de corrupción y crimen. Pone el pasado inmediato a prueba justo su independencia de esos que pretenden seguir frente al poder desde el retiro, pero con incontables piezas justo en las áreas gubernamentales.

El árbol de naranjas no podría dar otra cosa que naranjas. AMLO y sus operadores más pragmáticos, más inescrupulosos, montaron a la 4T en estructuras criminales de toda calaña y por todo el territorio nacional.

Es momento de que Sheinbaum deje pagar esas facturas, esas consecuencias, en aras de su propia sobrevivencia política.

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La fórmula ganadora en el 2024: dinero por toneladas inyectado a programas sociales y pactos con el narco. De ahí luego la máxima como política de “gobierno” sin viabilidad positiva alguna, abrazos, no balazos, que actualmente es inoperante, suicida en el terreno político, ofensiva para familias víctimas de la violencia colosal.

Vamos a conceder el beneficio de la duda a Sheinbaum. Vamos a suponer un idealismo hacia el “movimiento” y también hacia su amigo, compañero, camarada y creador de ese proyecto político incubado genéticamente en el PRI, seguido en el PRD y desembocado con patente propia, con sello de propiedad personal, en Morena.

Desde tiempos de campaña electoral debió sufrir ella si no los primeros desengaños al menos sí golpes de realidad sobre el intacto entramado de corrupción heredado del PRI a los operadores obradoristas.

Grandes empresarios le revelaron en reuniones privadas a Sheinbaum, en Juárez y en toda la frontera, sobre los lazos delictivos gubernamentales hacia funcionarios públicos militares y policiacos.

Las informaciones fueron casi cinco años después de haber llegado la 4T a la Presidencia de la República; es decir, en todo el sexenio no disminuyó la corrupción, se acrecentó. Quedaron chiquitos el PRI y los Garcías Luna del PAN.

El “descubrimiento” de Hernán Bermúdez Requena-Adán Augusto primero, y ahora el estallido del narco-gobierno en Sinaloa y otras partes del país no debieron ser una sorpresa para la presidenta; tampoco la corrupción pegadita a la sangre de AMLO, el caso Andy.

Estados Unidos debió disponer de sus reflectores más potentes para aclarar la realidad que Palacio Nacional no quiso ver en el actual sexenio del jefe antecesor. La rechazada a gritos definición de narco-gobierno no fue creación de la disminuida oposición partidaria mexicana, fue la Presidencia de los Estados Unidos, el Departamento de Estado, aun la embajada en México, la DEA, el Departamento de Seguridad Nacional… todos los órganos norteamericanos encargados de su seguridad.

Así llegaron múltiples detenciones de funcionarios públicos mexicanos, de gran cantidad de líderes criminales, incluido el episodio más ilustrativo de todos que dio pauta para el Rochazo, el levantón en Culiacán del jefe del Cártel de Sinaloa, Ismael “El Mayo” Zambada, ocurrido en 2024, solo un mes después de haber ganado Claudia la elección, pero aún con Biden en la presidencia norteamericana.

Aquello derivó en lo que acertadamente es definido como un literal baño de sangre en Sinaloa, y dejó al descubierto lo que a voz en cuello se sabía: la intervención del cártel en todas las decisiones gubernamentales, con gravísimo perjuicio para toda la población.

La presidenta defendió hasta donde pudo al obradorismo encarnado en todos y cada uno de los sinaloenses procesados penalmente en Estados Unidos pero la desfachatez de ellos mismos, el desafío tremendo por retomar la gubernatura para Rocha, mantener el control del Congreso del Estado, puso en el predicamento que al final fue colocada la presidenta: o la autoridad de los “tabasqueños”, o la autoridad de ella.

Más o menos defendió Sheinbaum su libertad de decisión esencialmente hasta para permanecer en el cargo, quedó al frente de Sinaloa una no intrínsecamente rochista pero sí promovida en dicho régimen de funcionaria estatal a una diputación. No es, pues, Rochista pura, pero es claro que no se opondrá al rochismo, menos lo combatirá.

El reto a la figura institucional es constante, dramáticamente sistemático. Rocha regresó a donde solo debió salir, su casa, para entregarse a los Estados Unidos pero el Obradorismo no quita el pie de encima a la que considera no su compañera, ni menos nueva jefa del “movimiento”, sino a su subordinada. A la que ningunean cada vez que pueden Adán Augusto, Andy, Inzunza, Rocha, Marina del Pilar, Mara Lezama, Américo Villarreal…Layda.

Por ello defiende el “grupo Tabasco con uñas y dientes también al segundo al mando de Rocha en su equipo, al senador aviador, Enrique Inzunza, igualmente procesado en los Estados Unidos por narcotráfico, pero sólidamente prendido al fuero por sus cómplices ahora con otro reto, la declaración como legislador independiente, aunque ya sabemos para dónde bateará, para los intereses de sus cómplices.

Muy lentamente pero el basta de la presidenta contra “el padrino” de Tabasco parece estar en marcha. Cortar de tajo al clan es imposible no tanto por haber recibido de ellos el bastón de mando sino por las peligrosas mil cabezas del monstruo creado y el peligro potencial que implica irlas cortando en el ámbito político, el empresarial, el delictivo, en la Marina, el Ejército, la Guardia Nacional; el policiaco.

El riesgo es alto, también el costo, pero el solo beneficio de la libertad a cambio para ejercer el gobierno de acuerdo a una agenda genuinamente social debe ser el fin mayor. Aunque sea más aprisa que lento, imperativo el deslinde.