Josef Pieper, uno de los filósofos más importantes del siglo XX, partiendo de la rica reflexión que ofrece Tomás de Aquino respecto a las virtudes, sobre todo en la Suma teológica, escribió una serie de pequeñas monografías sobre las virtudes, tanto las llamadas cardinales (Prudencia, Justicia, Fortaleza y Templanza) como las teologales (Fe, Esperanza y Caridad); tiempo después se recompilaron las monografías y se editaron en un único volumen que recibió el título de Las virtudes fundamentales. Dentro de la sección que trata sobre la virtud de la Templanza, Pieper habla de la mansedumbre y de la humildad, virtudes también éstas y que derivan cada una a su modo de la Templanza.
Siguiendo a Tomás de Aquino, Pieper indica lo que significa la virtud de la Templanza, criticando a su vez, el uso actual que hacemos de la palabra, entendiéndola como una especie de auto moderación o limite en el comer, beber, etc., distando así, del sentido pleno de la misma. En realidad, la autolimitación o moderación respecto a algo, pudiera darse sin que necesariamente dicha moderación sea virtuosa, como es el caso del ávaro.
El temperarse más bien tiene que ver con el ordenamiento y armonización de toda nuestra realidad interior; es decir, la virtud de la Templanza consiste en un ordenamiento de todo nuestro mundo interior, de nuestras energías espirituales, psíquicas y sensibles, que tienen que ver con el desenvolvimiento, conservación y promoción de nuestra existencia, de tal manera que, podamos amarnos a nosotros mismos, sin que por ello se caiga en el egoísmo, ya que, tal ordenamiento, nos capacita para amar a los demás y desde el amor, sostener relaciones buenas con los otros. La auto moderación o auto limitación en la satisfacción de apetitos, deseos, búsquedas, pensamientos, etc., solamente podrá ser virtuosa y pertenecer a la Templanza, cuando se practique buscando el bien para nuestra propia vida y la vida de los demás.
La mansedumbre entra aquí, en concreto, como la virtud que nos ayuda a ordenar la pasión de la ira (o el enojo), que en sí misma es, como todas las demás pasiones, necesaria para nuestra vida. En concreto, Tomás de Aquino nos indica que, con la ira, cuando esta se encuentra en orden en nuestro interior, se puede reaccionar para erradicar el mal presente o evitar el mal que pudiera presentarse. En este sentido, la mansedumbre modera la ira para que con esta se reaccione contra el mal, pero nunca contra el prójimo, por ello, la mansedumbre nos permite la armonía y paz interior que se manifiestan en el trato bondadoso y no violento hacia los demás.
El manso, es aquel que sabe controlar el enojo o la ira, no buscando evitar sentir o peor aún, intentando reprimir dicha pasión (lo cual ni siquiera es posible), sino más bien asumiendo el enojo desde un estado de paz interior, orientando el sentimiento que se experimenta hacia la erradicación del mal presente y buscando evitar el mal que se encuentra ausente pero que pudiera realizarse, sin que por ello se ejerza violencia de ningún tipo hacia los demás. La mansedumbre por ello se manifiesta como amabilidad, apacibilidad, dulzura, modestia y benignidad hacia el otro. El manso es pues el pacífico, el no violento.
Respecto a la humildad, Pieper indica que, al igual que el resto de las virtudes, su significado ha quedado un tanto limitado por la comprensión y el uso que tenemos del vocablo, y es que generalmente entendemos la humidad como una actitud de bajeza, auto menosprecio que raya en la baja autoestima o en el falso recatamiento de nuestras cualidades y aptitudes frente a los demás. Sin embargo, la humildad en cuanto virtud nada tiene que ver con este tipo de actitudes, antes bien, la humildad no es otra cosa que vivir en la autenticidad de lo que uno es, en la verdad del propio ser y la propia condición, que en un contexto cristiano y creyente entendemos como una condición creatural frente a Dios quien es el Creador.
La humildad en este sentido se deriva de la Templanza en cuanto que nos ayuda a mantener en equilibrio desde la sinceridad y autenticidad hacia nosotros mismos, los deseos de sobreponernos y sobresalir desmesuradamente sobre los demás, lo cual no significa pusilanimidad, de hecho la humildad nos posibilita para la magnanimidad que no es otra cosa que la aspiración hacia lo más excelente y mejor en nuestra vida, y esto es así ya que con la humildad nos asumimos en nuestros defectos y capacidades humanas, de tal manera que entendemos nuestros limites propios y desde ahí, se puede buscar el perfeccionamiento y desarrollo de las capacidades y la transformación, en la medida de nuestras posibilidades, de los defectos que se pudieran mejorar. El humilde por eso no es el que se esconde y se mantiene pusilánime, sino el que, conociéndose, asumiéndose y presentándose tal cual es, aspira al desarrollo pleno de su ser.
En el Evangelio de este domingo XIV del tiempo ordinario, nos encontramos con el pasaje del evangelio de Mateo donde Jesús se presenta a sí mismo como el “manso y humilde de corazón”, esta frase de Jesús esta inserta en una parte narrativa del evangelio, a la cual nos acercamos después de que en los últimos tres domingos la liturgia nos presentara textos tomados del llamado “discurso apostólico” de Jesús que se encuentra en el capítulo 10 de Mt., y que tienen que ver con la identidad que tenemos todos nosotros los creyentes que formamos la comunidad de fe llamada Iglesia, y sobre todo, con la misión a la cual nos llama el Señor que no es otra que la misma misión de Jesús: sanar enfermos, expulsar demonios y predicar con la palabra y el testimonio de la vida el Evangelio; ningún pasaje del evangelio de los últimos domingos del tiempo ordinario hacía referencia a la vocación o llamado sacerdotal.
Respecto al pasaje que nos ocupa de Mt 11, 25-30, este se sitúa inmediatamente después de una serie de lamentaciones que Jesús realiza contra las ciudades de Galilea, por no haberse convertido y creído en él y en su palabra. El texto abre con una oración de agradecimiento que Jesús dirige al Padre, por haber escondido todas estas cosas a los “sabios y entendidos” y haberlas revelado o mostrado a los “sencillos”, inmediatamente Jesús recuerda que es él, el Hijo quien verdaderamente conoce al Padre y lo puede revelar; el pasaje cierra con una invitación de Jesús, para que se acerquen a él sobre todo a los que están cansados y agobiados por la carga, ya que él les dará alivio, señala que hay que tomar su “yugo” y su “carga” que son ligeros; para finalizar, en el texto Jesucristo hace referencia a la mansedumbre y humildad que caracterizan su propio corazón, he invita al aprendizaje de estas actitudes suyas, tal invitación tiene tintes y rasgos muy comunes con la escritura sapiencial del Antiguo Testamento, por ejemplo en el capítulo 9 de los Proverbios se nos presenta a la Sabiduría de Dios como una doncella que ha edificado una casa y preparado un banquete para invitarnos a todos a comer de ella y aprender sensatez para vivir la vida de la mejor manera posible.
Todo el pasaje también presenta una crítica hacia aquellos que no han querido creer en Jesús y en su doctrina, los “sabios y entendidos” a quienes no se les ha revelado quién es Dios, son precisamente los maestros y rabinos judíos, expertos en materia religiosa que, se mantendrán cerrados en su sistema religioso y por lo tanto no creerán en Jesús e inclusive, propiciarán su muerte; mientras que los “sencillos” son aquellas personas que, independientemente de sus conocimientos y formación académica, tendrán el corazón abierto a las enseñanzas de Jesús. La revelación de quién es Dios y la genuina práctica religiosa, provienen de la palabra de Cristo; la invitación a todos los “cansados y agobiados por la carga” de acercarse a él y asumir el yugo del Señor y su carga ligera, no significa otra cosa que una invitación a encontrar en la persona del Señor y en su palabra al Dios de la vida y la religión de la vida. En la literatura rabínica el “yugo”, el instrumento con el que se unen dos bueyes para el trabajo del campo y que sirve para guiar y aligerar la carga de trabajo, es una imagen que se aplica a la Torá o la Ley de Dios que sirve al hombre como guía para la vida.
Tomar el yugo de Jesús es conocer al Dios del amor y de la misericordia, para practicar así, la religión del amor y de la misericordia, por eso la carga es ligera. Para ello se requiere la apertura del corazón, la sencillez, el abandono de ideas preconcebidas y esquemas muy nuestros donde se suele encasillar a Dios y que terminan por presentar una imagen o mejor, un ídolo de Dios que no corresponde con el Dios de Jesucristo, el Padre amoroso y misericordioso. Por eso Jesús se presenta como el maestro, la Sabiduría de Dios hecha carne para enseñarnos quien es verdaderamente Dios y para mostrarnos el camino de la vida.
Los sistemas religiosos que se alzan a partir de un ídolo de Dios suelen ser nefastos y alienantes para el hombre, ¿Cuántas veces no se ha dominado, aplastado o matado en nombre de Dios?, ¿cuántas veces no se ha pretendido justificar la dominación del otro, incluyendo sus realidades más íntimas, a partir del pretendido conocimiento de la voluntad de Dios? Todas las experiencias sectarias siempre tienen a la base de sus esquemas religiosos ideas falsas de Dios y los líderes de las sectas, expertos manipuladores de conciencias, siempre se presentarán como aquellos que conocen perfectamente lo que Dios quiere. Sin embargo, acercarnos al Dios de Jesucristo no es otra cosa que conocer y experimentar al Dios del amor que nos llama a la mansedumbre; aprender de Jesús “manso y humilde de corazón” es precisamente vivir y practicar la religión de la mansedumbre, de la no violencia. La fe cristiana, aunque en la práctica no siempre se ha vivido así, es la religión de la no violencia, es la religión del amor que busca dar vida a todos.