¿Qué hace realmente competitiva a una ciudad? Durante muchos años hemos respondido esta pregunta observando indicadores como la inversión extranjera, la generación de empleo, el crecimiento industrial o la construcción de infraestructura. Todos ellos son importantes. Sin embargo, existe un activo estratégico del que se habla poco y que puede marcar la diferencia entre una ciudad que simplemente crece y una ciudad que multiplica su desarrollo: la capacidad de convertir su infraestructura en valor público. Ciudad Juárez es un ejemplo extraordinario. Durante décadas ha construido una plataforma urbana que hoy constituye una de sus mayores fortalezas competitivas. Su red de vialidades, puentes, cruces internacionales, corredores industriales, infraestructura hidráulica, equipamiento urbano, parques industriales y servicios públicos son el resultado de inversiones realizadas a lo largo de muchos años por los distintos órdenes de gobierno y por la propia sociedad.

Toda esa infraestructura representa mucho más que concreto, acero o asfalto. Constituye un patrimonio colectivo que ha incrementado el valor del territorio y que hoy ofrece condiciones privilegiadas para atraer inversión, generar empleo, impulsar la innovación y mejorar la calidad de vida. Sin embargo, esa infraestructura sólo alcanza su máximo potencial cuando logra activar el territorio que la rodea. Por ello, propongo incorporar a la discusión sobre el desarrollo regional un concepto que considero oportuno: el capital urbano dormido.

Entiendo por capital urbano dormido aquellos espacios estratégicamente ubicados que, contando con infraestructura, conectividad y servicios, aún no desarrollan plenamente su capacidad para generar actividad económica y beneficios sociales. No se trata únicamente de terrenos disponibles; se trata de activos urbanos cuyo verdadero potencial permanece latente. El economista peruano Hernando de Soto utilizó hace algunos años el concepto de "capital muerto" para explicar cómo millones de propiedades en América Latina no podían incorporarse plenamente a la economía por carecer de certeza jurídica. La realidad de Ciudad Juárez es distinta. Aquí el desafío no consiste, en muchos casos, en regularizar la propiedad, sino en reflexionar sobre cómo activar de manera inteligente aquellos espacios que ya cuentan con condiciones privilegiadas para convertirse en motores de desarrollo. Esta diferencia es importante porque desplaza la conversación del ámbito jurídico hacia la economía urbana. Cuando observamos un terreno estratégicamente ubicado solemos pensar únicamente en su valor comercial. Sin embargo, ese valor no proviene exclusivamente de la tierra. Proviene de todo lo que la ciudad ha construido alrededor de ella. Cada avenida pavimentada, cada red de agua potable, cada sistema de drenaje, cada puente, cada conexión vial, cada inversión en movilidad, seguridad o alumbrado incrementa el potencial económico del territorio. Es decir, el verdadero valor del suelo es el resultado de una inversión colectiva acumulada durante décadas. Y aquí aparece un concepto fundamental: el valor público.

Con frecuencia asociamos el valor público con la construcción de infraestructura o con la prestación de servicios gubernamentales. Pero el verdadero valor público no termina cuando concluye una obra. En realidad, apenas comienza. Una vialidad adquiere sentido cuando facilita nuevas inversiones. Un corredor urbano genera valor cuando permite el establecimiento de empresas, universidades, centros de investigación, comercios o espacios de convivencia. Una zona con infraestructura consolidada produce valor público cuando se convierte en un entorno que genera empleo, productividad, innovación y bienestar para la comunidad. En otras palabras, la infraestructura no constituye el fin del desarrollo; constituye la plataforma desde la cual el desarrollo puede multiplicarse. Esta perspectiva cambia la manera en que entendemos la competitividad. Las ciudades más exitosas del mundo no destacan únicamente por la cantidad de infraestructura que poseen, sino por su capacidad para convertir esa infraestructura en oportunidades permanentes de crecimiento. Comprenden que cada activo urbano puede convertirse en un generador continuo de riqueza si existen las condiciones adecuadas para aprovecharlo.

Ciudad Juárez posee precisamente esa ventaja. Su posición geográfica, su experiencia manufacturera, su conectividad internacional, su capital humano y su infraestructura consolidada le otorgan una base excepcional para seguir fortaleciendo su desarrollo económico. Pero toda ventaja competitiva necesita mantenerse en movimiento. Cuando un espacio estratégicamente ubicado encuentra un proyecto productivo, el beneficio trasciende a quien realiza la inversión. Se generan empleos, se fortalecen las cadenas de suministro, aumenta la demanda de servicios, se impulsa el comercio local, se incrementa la actividad económica y se crean nuevas oportunidades para las siguientes generaciones. Es ahí donde el interés privado y el interés colectivo encuentran un punto de coincidencia. Por ello, quizá la pregunta que deberíamos incorporar al debate público no sea únicamente cuánto vale un terreno, sino cuánto valor puede generar para la ciudad. Y esa reflexión conduce a una interrogante aún más relevante: ¿Cómo podemos incentivar que el suelo estratégicamente ubicado vuelva a generar valor?

Responder esta pregunta exige una visión compartida entre propietarios, inversionistas, academia, organismos empresariales y gobierno. Implica construir condiciones de certidumbre, facilitar la inversión, promover la innovación y fortalecer un entorno donde resulte atractivo desarrollar proyectos que aprovechen la infraestructura existente y generen beneficios para toda la comunidad. El desarrollo económico no depende exclusivamente de atraer nuevos recursos; también depende de la capacidad para activar los activos con los que ya contamos. Quizá una de las mayores riquezas de Ciudad Juárez no permanezca oculta bajo el suelo, sino en el enorme potencial que posee su infraestructura para seguir creando oportunidades. Despertar ese capital urbano dormido significa transformar inversiones acumuladas durante décadas en nuevo valor público. Y cuando una ciudad logra convertir su infraestructura en bienestar compartido, deja de construir únicamente obras y comienza, verdaderamente, a construir futuro.