Así como la ciencia natural de la lógica condujo a Cruz Pérez Cuéllar a la candidatura de Morena a la gubernatura para las elecciones del 2027 e hizo exactamente lo propio con Marco Antonio Bonilla en la postulación por el Partido Acción Nacional (PAN), ese mismo razonamiento objetivo que derivó en el éxito para ambos lleva a concluir que Donald Trump y el Partido Republicano fracasarán el tres de noviembre en sus esfuerzos denodados por conservar las mayorías pretendidas en la Cámara de Representantes y en el Senado.

Perdido el piso de la realidad actual e incluso olvidada, o ignorada, la historia que llevó a su país a emanciparse de la corona británica y dio origen a los “americanos”, Donald Jhon Trump, actúa como mesías, o como remedo de mesías. Pidió en San Antonio votar como si estuviera él en la boleta. Nadie que no se crea Dios, o rey, actuaría de esa manera. No kings, le han gritado millones desde Texas a las Dakotas, desde la costa del Pacífico al Atlántico.

Para los republicanos, para los estadunidenses, no ha sido su presidente la solución, ha sido el problema. Superficialmente y también en el fondo intenta demostrar lo contrario solo con retórica. Se asume en teoría como lo mejor que ha ocurrido a los norteamericanos, pero los hechos dicen exactamente lo contrario. Sus incontables excesos y yerros deben ser tomados como cortesía para los demócratas.

Esa discrepancia brutal entre lo que dice, lo que hace y el impacto negativo de sus decisiones entre la mayoría de la sociedad se ha venido reflejando justo en sus recurrentes caídas en los índices de aprobación; y peor todavía, en rechazo a los candidatos republicanos que sufren por la sombra presidencial incluso en territorios otrora bien teñidos de rojo, como Texas, a pesar del trabajo extraordinario de su gobernador, Greg Abbott.

Hoy Trump no pasa de cuatro en las encuestas cuando antes llegó a superar el cinco. Ni modo que el rechazo sistemático sea de ayuda para los republicanos que, como se dice en México, debieran ponerle las cruces en lugar de aceptar sus ofrecimientos para pagar por votos; o que sea su nombre el que aparezca en las boletas, esa torpeza tan alocada como repetida.

Tales números descendentes tienen mejor explicación que la dada por los seguidores y voceros del presidente norteamericano en este su segundo período no consecutivo al frente de la Casa Blanca.

De entrada, tenemos su emperramiento por apadrinar y patrocinar a Israel para desatar las plagas de la muerte contra palestinos y todo pueblo musulmán que se le opone, su todavía no sustentada guerra contra Irán…sus caprichosos altibajos en la invasión de Rusia a Ucrania.

Un día amanece de buenas con Zelensky, pero al día siguiente acepta acuerdos secretos con Putin; mientras, la estadística de soldados y civiles muertos asciende a cerca del medio millón por cada país.

Más que un auténtico rey, da la impresión que Trump pudo ser, pero un junior de rey. Un Iván “El Terrible”, un Fernando VII, “El Rey Felón”, hijo de Carlos V; incluso, por qué no, Calígula, el muchacho malo de Tiberio; uno de ellos o de cualquier otra dinastía semejante.

Pudo ser hasta un Luis XVI en sentido inverso, hiperactivo, pero importándole un comino la opinión y el bienestar del pueblo, a cuya inteligencia pasa insultando. Para nada bueno le consiguieron al junior Luis XVI a María Antonieta de esposa, solo para conducirla a la guillotina revolucionaria justo por su abulia e ineptitud…por no saber leer “al pueblo”.

Ha dolido a los estadunidenses sobre todo la locura de la guerra contra Irán no tanto por la guerra como tal, de por sí catastrófica por las fatalidades registradas entre ambos países y países vecinos de Irán; tampoco por el gasto multimillonario provocado a las finanzas norteamericanas por la movilización de tropas, vehículos terrestres y aéreos, sino por las tristemente célebres consecuencias económicas entre las familias del país catalogado como el más poderoso del mundo.

Los combustibles han sufrido un incremento del doble sostenido casi por medio año; sin señales de disminución a pesar que las elecciones están a la vuelta de la esquina; los salarios mínimos no se han movido en cerca de una década con todo y sus grandes diferencias entre el sur y el norte del país; el este y el oeste. Menos de ocho dólares al sur, hasta 20 junto a Canadá.

La inflación continúa su marcha hacia arriba y también los intereses. “Los precios bajarán rápidamente y en cifras récord”, es la mentira también repetida por el presidente que cambió no para bien, para mal, tras sobrevivir al atentado a balazos que sufrió en Pensylvania, en julio del año pasado.

La de Irán es una guerra que ningún norteamericano pidió, por decirlo de alguna forma, pero se ha traducido en pérdidas tremendas para los ahorros, los bolsillos, la sobrevivencia, de las inmensas mayorías.

Semejante desastre es imposible que se traduzca en votos para los partidarios de su autor, para los candidatos del elefante en su logotipo.

Y si todo lo anterior es mucho, de afectación general grave para todos los estadunidenses, debemos sumar también la otra catástrofe, la sufrida por millones de latinos y de muchos otros orígenes debido a las terroríficas políticas migratorias emprendidas por Donald Trump y entusiastamente seguidas por los sectores republicanos de plano más racistas que ultraderechistas.

Son incontables las historias inhumanas, crueles, de plena injusticia, cometidas por los policías de ICE, contra migrantes indocumentados, contra niños, contra ciudadanos americanos con perfil latino y/o hispano y contra todo aquel o aquella que ha cuestionado o se ha interpuesto en las redadas y otros operativos desplegados policiacos por todo el territorio estadunidense.

Y no hablemos de latinos o de otras razas como únicas víctimas, hablemos de anglosajones, de norteamericanos asesinados no por seres humanos racionales, sino por individuos escondidos en capuchas dotados de armas sin el menor sentido nacionalista, carentes de pertenencia comunitaria o apego a la ley del propio país del que, paradójicamente, son ciudadanos. Actúan más como mercenarios apátridas que como integrantes del pueblo estadunidense.

Con ese perfil y con esa conducta asesinaron a dos muy lejos de las grandes comunidades mayoritariamente latinas, los mataron a balazos en una ciudad de Minnesota. Los hechos no pudieron ser mejor descritos que en las letras de Bruce Springsteen en su “Streets of Minneapolis”:

“A través del hielo y el frío del invierno…Por la avenida Nicollet Down…Una ciudad en llamas enfrentó fuego y hielo… Bajo las botas de un ocupante…El ejército privado del rey Trump…Con armas colgadas del cinturón…Llegó a Minneapolis para hacer cumplir la ley…Contra el humo y las balas de goma…A la primera luz del amanecer…Los ciudadanos se alzaron por la justicia…Sus voces resonaron en la noche…Y dos muertos, dejados a morir en calles cubiertas de nieve…Alex Pretti y Renee Good…”

Es un holocausto el cometido por Trump no solo contra los millones de migrantes deportados y contra los miles que son mantenidos en literales prisiones, sino contra miles de empresas afectadas severamente por los operativos cuyos policías primero detienen agresivamente y después revisan los estatus migratorios legales en procesos burocráticos que se llevan meses y hasta años.

Fue Donald muy lejos, considerablemente más lejos de la venganza contra Biden en esta materia. Sus excesos en los operativos rebasaron el intento por vender aquello que presentó en campaña electoral como el lobo de invasión extranjera y lo conducen ahora al desfiladero electoral.

Parecen los republicanos no haber tomado en cuenta que sus mayorías son pequeñas en las dos cámaras y por lo tanto no podían permitir a su presidente darse tanto lujo con abusos o radicalismos como los desplegados.

En el Senado son 53 escaños contra 47 de los Demócratas (sumados dos independientes). En la Cámara de representantes son 218 contra 213.

Las tendencias han favorecido sostenidamente durante las últimas semanas con seis y hasta 10 puntos a los demócratas. Comentamos arriba que la aprobación para Trump es muy baja.

Las encuestas muestran que aún los más malinchistas latinos fueron orillados a cambiar de bando entre el 2024 y este año; en aquella elección votó por Trump el 48 por ciento, el 51 lo hizo por Kamala Harris, esta vez el 51 por ciento de los latinos ha dicho que votará por los demócratas, pero solo el 24 por ciento lo haría por los republicanos, con un 18 por ciento de indecisos.

La pérdida roja es evidente entre ese 16 por ciento que representan los hispanos en el padrón electoral estadunidense, o 39 millones en posibilidad de votar.

Todos los factores, pues, aparecen engarzados como una cadena pacientemente elaborada hacia una derrota republicana; todas las acciones sustantivas de gobierno han venido desarrollándose contra el sentido común del beneficio electoral.

La gran sorpresa sería que… los republicanos ganaran, ¡pero no se ve por dónde!