¡Hola, mis estimados lectores! Pues otra vez aquí, como hace 15 días, con mi cajita de lápices de manufactura nacional y una nueva historia para recordar aquellos ayeres de cuando uno era pequeño.
Resulta que esta semana hubo un paro de choferes u operadores de camiones en el puerto de Mexicali. Ese paro en el cruce fronterizo es derivado de que el gobierno de los Estados Unidos está quitando las famosas visas B1 porque argumentan que los choferes no hablan inglés. Sin embargo, el problema a fondo es otro. Aunque dicen que no hablan inglés, las empresas estadounidenses saben perfectamente de qué se trata: son las malas prácticas que están llevando a cabo los empresarios de ambos lados de la frontera dedicados al transporte. Tienen plenamente identificada la razón, pero siguen con lo mismo, y al final México se queda con choferes, pero sin visa para los cruces locales (ya no digamos foráneos) dentro de Estados Unidos.
Fíjense que, al recordar esto, me pongo a pensar en las bodegas de mi abuelo, las cuales empezaron allá por los años cuarenta o antes, exportando hortalizas y chiles frescos. Mi abuelo comenzó con una carreta, una mula y ocho «colotes de bambú» que cargaban la mercancía en los patios del ferrocarril. De ahí cruzaba a la Unión Americana para entregar su producto en el mero centro de El Paso, donde ahora está la Cárcel del Condado, que en aquel entonces era el mercado.
Muchos años después, cuando yo era niño, ya no existían las carretas de mulas ni la mercancía llegaba en ferrocarril; ahora arribaba en camiones tipo torton marca Dina y se le daba otro trato al producto: se seleccionaba, se empaquetaba en cajas de cartón y se llevaba hacia El Paso, Texas, para entregárselo a aquellas cadenas que aún existen, como Piggly Wiggly, Safeway, Furr's y otras más.
Yo tenía unos nueve años y recuerdo que cruzábamos en lo que hoy conocemos como camiones rabones (camiones de 16 pies). En aquellos años pasábamos por cualquiera de los puentes existentes: el de Zaragoza, que era un puente pequeño de dos carriles; el de la Avenida Juárez, donde ya habían construido el puente nuevo que existe ahorita; y, cómo no, el Puente Córdoba de las Américas. Mi tío Pepe, que era quien manejaba el camión, siempre prefería el de la Avenida Juárez, sobre todo cuando íbamos vacíos. El asunto es que cruzábamos hasta tres personas en la cabina de un camión. Cuando íbamos con mercancía —chiles frescos y hortalizas—, pasábamos por el Puente Córdoba de las Américas y era la misma historia: íbamos dos o tres personas en la cabina y no tenía que bajarse absolutamente nadie.
No existía eso de tener que usar un número DOT o un registro MX, ni llegabas a la aduana mostrando documentos complejos; bastaba con presentar un papel informal y ponerte a platicar y cotorrear con los oficiales de aduana, los de agricultura y, a veces, alguno que otro de inmigración. Recuerden que antes no estaban juntos en las mismas oficinas; cada quien tenía su dependencia y su uniforme: unos usaban camisas blancas, otros camisas azul marino (creo que los de agricultura también de blanco). Todo era mucho más sencillo. Los oficiales, al igual que ahora, hablaban español, y si la llegabas a regar o te equivocabas, solamente te regañaban; no había tantas complicaciones con las visas, pues lo que se traía era un documento llamado pasaporte local o simplemente el «local». También le decían tu Mono, realmente nunca eh sabido por qué ese seudónimo,
Había que haber hecho algo muy extremo para que te retiraran el documento, y obvio que hubo gente que cometió faltas graves. Sin embargo, derivado de los propios abusos que muchas veces nosotros mismos le ocasionamos a la autoridad, nos creamos nuestros propios problemas y todavía nos victimizamos ante las consecuencias que generamos. Como dice el dicho popular: «Ya me hiciste pleito, ratero», porque a veces uno anda armando el enredo solo para robarse el show y quedar de víctima.
Así es como cada día sacan más regulaciones para poder frenar toda la ola de abusos y excesos que cometemos, aunque por desgracia también se lleven entre las patas a gente inocente o sin culpa en el trayecto.
Hoy no es tanto lo que les pude platicar, pero lo bonito era que antes no teníamos tantas restricciones de horario ni tantas complicaciones para hacer esta importante labor a la que ahora rimbombantemente le decimos comercio exterior y que genera tanto dinero para la gente de nuestra ciudad. Aquí los espero dentro de quince días mis estimados lectores, en este mismo espacio. Mientras tanto guardo de nuevo mi cajita de lápices mientras encuentro tema e inspiración para el próximo artículo. ¡Hasta luego!