Hay un sonido que me es imposible olvidar, aunque no lo escuché con mis propios oídos: el de un cachorro llorando, solo, en medio de un estacionamiento, mientras el auto que lo trajo se alejaba para siempre. Me lo contó una animalista de esta ciudad, con la voz todavía cargada de indignación. Afuera de un centro comercial, tres mujeres bajaron a un dálmata todavía cachorro y lo abandonaron ahí, con la más evidente irresponsabilidad. Cuando el empleado del estacionamiento corrió a advertirles que “se les había bajado el perro”, la respuesta fue seca: “ya no lo queremos”. El animal empezó a dar vueltas, buscando entre las llantas de los coches algo parecido a un hogar, y después a llorar. Nadie volteó, nadie lo rescató. Esa escena no ocurrió en la sombra: ocurrió a plena luz, frente a decenas de personas, y aun así la sociedad la volvió invisible.
Esa escena, mínima y cotidiana, contiene todo lo que quiero contarles en esta columna. Porque no se trata solo de un perro abandonado. Se trata de una sociedad juarense que ha aprendido a mirar el problema sin verlo: los ojos están ahí, el sufrimiento pasa frente a ellos todos los días, pero algo se apaga antes de que la mirada se convierta en conciencia. Y también se trata de instituciones que quisieran hacer más, pero que enfrentan, ellas también, sus propias carencias.
Ojos que suplican sin palabras
Para escribir esta columna, hablé con una animalista de esta ciudad fronteriza, una mujer que lleva años rescatando perros y gatos de la calle y que me abrió, sin filtros, lo que ha visto y sentido en ese camino. Un animal, cuando está vulnerable, se parece mucho a un niño. No se expresa con palabras. No puede pedir ayuda, no puede denunciar, no puede huir de quien lo daña. Solo tiene la mirada —y esa mirada es, quizás, el único lenguaje verdadero que un animal posee para conectar con un ser humano. En ella caben la inocencia y el miedo, pero también algo más profundo: la súplica silenciosa de quien no entiende por qué le duele, la confianza que persiste incluso después de haber sido traicionada, la resignación de un cuerpo que ya no espera nada y, aun así, sigue buscando un gesto de calidez. “Cuando ves a un animal en una situación vulnerable”, me dijo la animalista, con la voz quebrada apenas un poco, “sientes compasión, lástima, y de inmediato la necesidad de protegerlo”. Es una emoción que no requiere explicación: basta con sostenerle la mirada a un ser que no tiene otra forma de decir “ayúdame”.
Pero mirar, en Juárez, se ha vuelto un acto cada vez más raro.
La animalista con la que conversé lleva años documentando lo que la indiferencia social es capaz de producir. Perros atropellados a los que la gente pasa por encima sin detenerse, algunos incluso rematados por quienes ni siquiera tienen la decencia de dejarlos morir en paz. Animales encadenados hasta casi ahorcarse con su propio peso. Cachorros metidos vivos en botes de veinte litros, tapados hasta que dejan de respirar. Casas que por fuera parecen abandonadas pero que, adentro, esconden diez animales enjaulados, sin agua, durante días, aullando hacia una calle que no los escucha. Y existen también, aunque cueste nombrarlo, casos de agresiones sexuales contra animales indefensos —una forma de crueldad tan extrema que la sociedad prefiere no saber que existe, porque saberlo duele demasiado.
“Falta de empatía, de amor, de conciencia”, resumió la animalista, y en esa sola frase sintetizo todo lo que yo llevaba páginas tratando de explicar. Porque el problema no empieza ni termina en el abandono. Empieza mucho antes, en algo que como sociedad nunca terminamos de aprender: a querer a un animal no basta con darle un techo por un tiempo; quererlo de verdad significa hacerse responsable de él, y eso incluye esterilizarlo, para no traer al mundo más vidas que después nadie va a cuidar. Nadie nos enseñó eso. Y si alguna vez nos detuviéramos a ver las cifras reales —es decir comprender bajo una óptica de datos objetivos, lo que significa que existan tantísimos animales sin hogar en nuestras calles—, tal vez por fin escucharíamos lo que las asociaciones animalistas llevan años gritando, casi siempre solas.