Qué bueno que la presidenta Claudia Sheinbaum vino a Ciudad Juárez a explicarnos la soberanía, la verdad que sí hacía falta, porque después de más de cuatro siglos de frontera, de guerras, tratados, mutilaciones territoriales, migraciones, maquiladoras, cruces internacionales, exportaciones, importaciones, familias binacionales, estudiantes que viven de un lado y estudian del otro, empresarios mexicanos con clientes estadounidenses, trabajadores estadounidenses que viven en México y mexicanos que trabajan en Estados Unidos, seguramente los juarenses todavía no habíamos entendido bien qué significa vivir junto al país más poderoso del mundo. Afortunadamente llegó el centro a explicárselo a la frontera, valga pues el sarcasmo.
Durante su visita del 19 de septiembre, Claudia Sheinbaum hizo de la soberanía uno de los ejes principales de su mensaje. Recordó las intervenciones extranjeras que ha sufrido México y sostuvo que al país le han costado muchas vidas y sacrificios su independencia y soberanía. “Nos toca a todas y todos defender a la patria”, fue una de las ideas centrales de su intervención.
Históricamente, por supuesto, tiene razón. México padeció invasiones e intervenciones extranjeras y perdió más de la mitad de su territorio en el siglo XIX. Defender la soberanía nacional no es una extravagancia ideológica sino un principio constitucional y una obligación del Estado.
El problema comienza cuando la soberanía deja de entenderse como la capacidad de México para tomar libremente sus decisiones y empieza a utilizarse como una especie de muralla discursiva frente a una realidad que, particularmente en el norte, hace mucho que derribó las murallas.
Porque una cosa es la soberanía vista desde Palacio Nacional y otra bastante diferente la soberanía contemplada desde el puente internacional Paso del Norte. Desde la Ciudad de México, Estados Unidos está a más de dos mil kilómetros. Desde Juárez está cruzando la avenida.
Aquí Estados Unidos no es una abstracción geopolítica, una potencia extranjera mencionada en los libros de historia o el villano disponible cuando hace falta condimentar un discurso nacionalista. Es el vecino. Es el cliente. Es el proveedor. Es el mercado. Es el patrón de miles de personas y el consumidor de lo que producen decenas de miles más. Es donde viven nuestros hijos, hermanos, primos y amigos. Es donde estudian muchos jóvenes juarenses, donde compran miles de familias, donde reciben atención médica unos y prestan servicios otros. Es El Paso, Texas, una ciudad cuya vida cotidiana resulta sencillamente incomprensible sin Ciudad Juárez y viceversa, y eso no significa en modo alguno renunciar a un centímetro de soberanía. Significa entender el siglo XXI.
Y quizá ahí se encuentra el verdadero problema: el centro sigue pensando la frontera mientras la frontera lleva décadas viviendo el futuro que el centro apenas intenta teorizar.
Sheinbaum escogió además un escenario particularmente simbólico para hablar de soberanía: Ciudad Juárez, después de meses de diferencias con el gobierno de Maru Campos por la participación de agentes estadounidenses en operaciones de seguridad en Chihuahua. Antes del acto público ambas mandatarias sostuvieron una reunión privada en el aeropuerto Abraham González y abordaron precisamente ese asunto.
La discusión jurídica sobre qué pueden o no hacer agentes extranjeros en territorio mexicano es perfectamente legítima y necesaria. Las autoridades estadounidenses no pueden operar libremente en México ni sustituir a las instituciones mexicanas, pero tampoco deberíamos caer en la caricatura inversa, imaginar que cooperar con Estados Unidos equivale automáticamente a entregar la patria.
Porque entonces tendremos que revisar también la cooperación comercial, aduanera, migratoria, sanitaria, energética, hídrica, ambiental y de seguridad que hace funcionar diariamente los más de tres mil kilómetros de frontera.
Y después tendremos que explicar algo todavía más divertido: apenas dos días después de aquel discurso juarense sobre soberanía, la propia presidenta informó que México busca incrementar importaciones procedentes de Estados Unidos dentro del contexto de la revisión del T-MEC.
Así que tranquilos: podemos comprarles más, venderles más, producir juntos, compartir cadenas industriales, atraer inversiones, revisar el T-MEC y coordinar operaciones fronterizas. Todo perfectamente soberano, pero cuidado con cooperar demasiado porque entonces aparece Hidalgo.
Esa elasticidad conceptual funciona extraordinariamente bien en el discurso político; en Ciudad Juárez resulta un poco más complicada, porque aquí conocemos una palabra que en el centro parece producir urticaria: interdependencia.
Interdependencia no significa subordinación. Tampoco significa entregar territorio, obedecer a Washington ni colocar la bandera estadounidense sobre Palacio Nacional. Significa aceptar que dos países pueden ser soberanos y simultáneamente necesitarse; eso es exactamente lo que ocurre entre México y Estados Unidos y los fronterizos lo sabemos muy bien, lo vivimos cada día desde la fundación de esta ciudad, y si existe alguna región mexicana que lo comprende sin necesidad de seminarios académicos es el norte.
Tijuana y San Diego; Mexicali y Calexico; Nogales y Nogales; Ciudad Juárez y El Paso; Nuevo Laredo y Laredo; Reynosa y McAllen; Matamoros y Brownsville no son simplemente ciudades mexicanas frente a ciudades estadounidenses. Son ecosistemas económicos y sociales separados por una línea internacional, pero unidos por miles de relaciones cotidianas.
Por eso escuchar desde Juárez una larga explicación acerca de los peligros históricos de las intervenciones extranjeras produce inevitablemente cierta ironía, especialmente porque mientras el Gobierno federal viene a recordarnos las invasiones del siglo XIX, los juarenses seguimos esperando soluciones del siglo XXI. Ahí está el otro gran asunto de la visita presidencial.
Sheinbaum enumeró pensiones, becas y programas sociales; habló de más de 431 mil adultos mayores beneficiarios en Chihuahua, carreteras como Bavispe-Nuevo Casas Grandes y Guaymas-Chihuahua, del libramiento Zaragoza-Guadalupe, nuevos Centros de Educación y Cuidado Infantil y otros proyectos.
Son acciones públicas reales y deben reconocerse como tales, pero resulta legítimo preguntar algo mucho más incómodo: ¿Dónde está el gran proyecto federal para Ciudad Juárez?
No el programa nacional que también llega aquí. No la pensión que recibe un adulto mayor exactamente igual que en Oaxaca, Puebla o Veracruz. No la beca federal que corresponde a estudiantes de todo México. No una obra estatal contabilizada dentro del paquete Chihuahua. Hablo de Ciudad Juárez.
De una ciudad de alrededor de millón y medio de habitantes que carga con una parte extraordinaria de la relación económica, migratoria y comercial entre México y Estados Unidos y que, paradójicamente, durante décadas ha tenido que resolver con recursos insuficientes problemas generados por su condición de frontera nacional.
Porque cuando llegan migrantes a Juárez, no llegan metafóricamente a “México”: llegan a nuestras calles, cuando se saturan los cruces internacionales, no se paraliza Insurgentes, se paraliza Juárez.
Cuando Estados Unidos endurece su política migratoria, no aparecen campamentos frente a Palacio Nacional, aparecen aquí, cuando se altera el comercio bilateral, los tráileres no forman filas en Paseo de la Reforma: las forman en Zaragoza, Córdova-Américas y Jerónimo-Santa Teresa, cuando una crisis internacional modifica las cadenas de suministro, aquí tiemblan las plantas industriales y los empleos.
Pero cuando llega el momento de distribuir infraestructura, presupuesto, hospitales, transporte público, equipamiento urbano, tecnología fronteriza, seguridad o recursos extraordinarios derivados precisamente de nuestra condición estratégica, entonces descubrimos algo fascinante: somos muy mexicanos para aportar y bastante fronterizos para esperar.
Ese quizá sea el verdadero abandono histórico de Ciudad Juárez: México se acuerda de esta frontera solo cuando la necesita, pero rara vez cuando tiene que compensarla.
Nos necesita para exportar, nos necesita para recaudar, nos necesita para contener migrantes, nos necesita para recibir deportados, nos necesita para atraer inversión, nos necesita para presumir nearshoring, nos necesita para sostener una parte fundamental de la relación bilateral, y de vez en cuando también nos necesita como escenario.
Entonces vienen las comitivas, aterrizan los aviones oficiales, se colocan templetes, se llena La X, se pronuncian discursos sobre Benito Juárez, la patria, la independencia y la soberanía, se levantan las banderas y por unas horas Ciudad Juárez vuelve a ser importantísima.
Pero después despega el avión, y nosotros seguimos aquí, nos quedamos aquí. Y todo sigue igual, o empeorando, con una frontera que necesita infraestructura del tamaño de su economía, sistemas modernos de movilidad, cruces internacionales competitivos, hospitales suficientes, atención extraordinaria a la migración, inversión en agua, seguridad coordinada y una política federal fronteriza que comprenda que Juárez no es simplemente otro municipio dentro del mapa mexicano, es una de las principales puertas económicas del país, por eso quizá convendría actualizar también nuestra definición de soberanía.
La soberanía del siglo XXI no consiste en levantar la voz contra Estados Unidos mientras nuestra economía depende profundamente del comercio con Estados Unidos, consiste en construir un México suficientemente fuerte para relacionarse con Estados Unidos sin complejos de inferioridad ni delirios de autosuficiencia.
Soberanía es tener policías mexicanos capaces de combatir al crimen organizado y, precisamente por eso, capaces también de cooperar institucionalmente con las agencias estadounidenses, soberanía es tener aduanas eficientes, soberanía es controlar nuestro territorio, soberanía es disponer de instituciones capaces de decidir cuándo, cómo y bajo qué reglas se acepta cooperación internacional.
Y soberanía también debería significar que una ciudad estratégica como Juárez tenga infraestructura digna del dinero, comercio y riqueza que ayuda a generar, porque hay una ironía formidable en venir desde el centro del país hasta la frontera para advertirnos sobre Estados Unidos.
Los juarenses llevamos generaciones viviendo junto a ellos, los conocemos bastante bien, somos más que vecinos, familia, sabemos que Estados Unidos defiende sus intereses, como México debería defender los suyos. Sabemos que Washington no practica la filantropía internacional y sabemos también que la cooperación entre ambos países no ocurre por romanticismo sino porque existen intereses compartidos.
Eso no nos hace menos mexicanos, quizá simplemente nos hace mexicanos de frontera, una especie que desde el centro suele resultar difícil de comprender, profundamente mexicana, orgullosamente chihuahuense y perfectamente capaz de cruzar el puente, trabajar con los estadounidenses, hacer negocios con ellos, tener familia allá, discutir con ellos, regresar por la tarde, comer unos burritos y seguir queriendo exactamente igual a este país.
Sin crisis de identidad, sin entregar la patria, y sin necesitar que desde dos mil kilómetros de distancia nos expliquen dónde termina México, lo sabemos perfectamente, lo vemos todos los días, está cruzando el Río Bravo.
Lo que todavía seguimos esperando descubrir es dónde empieza, para Ciudad Juárez, la reciprocidad del Gobierno federal. Seguimos esperando.