La ironía es punzante como el propio alambre: esta fortificación masiva ocurre precisamente cuando los cruces de migrantes están en sus niveles más bajos en décadas. Los números no mienten, pero tampoco importan en esta nueva era de política fronteriza donde la percepción supera a la realidad y el simbolismo triunfa sobre la estadística.
Desde las playas del Pacífico en California hasta las aguas turbias del Golfo de México, miles de soldados estadounidenses desenrollan kilómetros interminables de alambre de púas en lo que el Pentágono describe como “el despliegue de alambre de concertina más grande en la historia territorial de Estados Unidos”.
Es una operación que transforma el paisaje fronterizo en algo que los residentes de la región nunca habían visto: una zona militarizada que se extiende por nueve sectores completos de la Patrulla Fronteriza, desde California hasta Texas.
Son 43 mil rollos de alambre navaja, conocido también bajo el nombre eufemístico de “serpentina” –capaz de desgarrar carne y ropa con la misma facilidad–, que han llegado a los nueve sectores de Aduanas y Protección Fronteriza (CBP) a lo largo de la frontera con México entre finales de octubre y noviembre de 2025.
La Fuerza de Tarea Conjunta-Frontera Sur (JTF-SB), en coordinación con CBP y la Agencia de Logística de Defensa, ejecuta una operación de proporciones bélicas en tiempos nominalmente de paz.
“Este esfuerzo monumental es otro paso clave en nuestro compromiso permanente con la seguridad nacional”, declaró el jefe Blaine Bennett, subcomandante de CBP en JTF-SB, con el tono marcial que ahora define el discurso oficial sobre la frontera. Las palabras suenan huecas para quienes recuerdan cuando esta región era simplemente el lugar donde dos culturas se encontraban, no donde dos ejércitos se enfrentan.
Una frontera que ya no reconocemos
Desde El Paso se pueden ver los vehículos blindados Stryker del Ejército estadounidense apostados en las alturas, sus siluetas oscuras recortándose contra el cielo del desierto como centinelas de una época distópica. Están ahí para “desalentar cualquier cruce ilegal”, según la retórica oficial. Pero para quienes hemos cubierto esta frontera durante años, representan algo más profundo: la militarización completa de una región que alguna vez se enorgullecía de su carácter binacional.
Esta no es la primera vez que el alambre de púas llega a la frontera.
En diciembre de 2022, la Guardia Nacional de Texas comenzó a desenrollarlo a lo largo de la frontera de El Paso con México, cuando el gobernador Greg Abbott expandió la Operación Lone Star hacia la región. Aquello fue sólo el prólogo de lo que vendría. El muro fronterizo ya estaba en su lugar –una barrera física que dividía comunidades y ecosistemas–, pero el alambre agregó una nueva dimensión de hostilidad al paisaje.
Los demócratas de la región fronteriza condenaron enérgicamente el uso del alambre navaja a lo largo de la frontera entre Texas y Nuevo México. Sus protestas cayeron en oídos sordos. El ex presidente Joe Biden hizo poco o nada para desafiar el uso del alambre a lo largo de la frontera, un silencio que muchos interpretaron como aquiescencia política ante las presiones electorales.
La emergencia perpetua
Luego llegó Donald Trump, de nuevo. Poco después de su toma de posesión el 20 de enero de 2025, declaró una emergencia en la frontera sur y desplegó soldados. Para abril de 2025, el Pentágono había declarado dos zonas militares que se extienden desde El Paso hasta Arizona. La frontera dejó de ser una línea en un mapa para convertirse en un teatro de operaciones.
“Las operaciones de la JTF-Frontera Sur y nuestra asociación con la Patrulla Fronteriza de Estados Unidos están enfocadas como rayo láser en lograr el control de todos los dominios de nuestra frontera”, declaró el general de Brigada Jeremy Winters, subcomandante de Operaciones de JTF-SB. “Actividades como el refuerzo de las barreras fronterizas y la colocación de obstáculos en áreas sin muro fronterizo demuestran nuestro compromiso incansable con esta misión”.
Compromiso incansable. Control de todos los dominios. El lenguaje es deliberadamente marcial, apropiado para una zona de guerra, no para la frontera entre dos países que son socios comerciales y, supuestamente, aliados.
Los helicópteros de la 10ª Brigada de Aviación de Combate de Montaña continúan asistiendo en la operación, entregando materiales en áreas inaccesibles para vehículos. Es una operación logística de envergadura militar, ejecutada con precisión castrense. El resultado, según las autoridades, serán eventualmente tramos fortificados de alambre de concertina que abarcarán cientos de millas a lo largo de áreas críticas –un récord que marca un punto de inflexión en la relación entre Estados Unidos y su frontera Sur.
El precio de la seguridad
Pero hay preguntas que persisten en el aire caliente del desierto, preguntas que los comunicados de prensa militares no responden: ¿A qué costo? ¿Qué significa para las comunidades fronterizas vivir permanentemente bajo lo que es, en efecto, ley marcial? ¿Qué le dice esto a México, un socio comercial del cual Estados Unidos depende para todo, desde aguacates hasta componentes automotrices?
Camino por las calles de El Paso y escucho las historias. Familias divididas. Negocios que dependen del tráfico transfronterizo ahora sofocados. Rancheros cuyos terrenos son atravesados por el alambre y los soldados. Activistas ambientalistas que documentan cómo la fauna salvaje queda atrapada y mutilada en las concertinas. Médicos que tratan las heridas –físicas y psicológicas– que este nuevo régimen fronterizo inflige.
La “velocidad histórica, escala y coordinación de este esfuerzo” que celebra el jefe Bennett tiene otra cara: la transformación de una región entera en algo que se asemeja más a una zona de exclusión militar que a una comunidad vibrante y binacional.
Una frontera irreconocible
He cubierto esta frontera durante años, desde los días posteriores al 11 de septiembre cuando comenzó la militarización inicial, pasando por las crisis migratorias reales y fabricadas, hasta llegar a este momento: cuando el Gobierno estadounidense despliega 43 mil rollos de alambre navaja a lo largo de casi 2 mil millas (3 mil 200 kilómetros) de frontera, no en respuesta a una invasión real, sino como teatro político.
Porque eso es lo que es esto, en última instancia: teatro. Teatro costoso, peligroso y profundamente divisivo, pero teatro al fin. Las cifras de cruces migratorios están en mínimos históricos. La economía fronteriza está integrada como nunca antes. Las verdaderas amenazas a la seguridad nacional –el tráfico de fentanilo, el lavado de dinero, las redes criminales transnacionales– no se detienen con alambre de púas.
Pero el alambre envía un mensaje. Dice: “No son bienvenidos”. Dice: “Esto es una fortaleza, no una frontera”. Dice, a las comunidades fronterizas que han navegado la complejidad binacional durante generaciones: “Su experiencia, su historia, su realidad no importa”.
Al caer la tarde, observo cómo otro helicóptero militar pasa sobre mi cabeza, transportando más rollos de alambre hacia algún tramo remoto del desierto. El sol se pone sobre el Río Grande, tiñendo de rojo el acero cortante que ahora define esta frontera.
Me pregunto qué pensarán los historiadores futuros cuando miren hacia atrás a este momento. Me pregunto cómo explicaremos que en una época de paz relativa y cruces migratorios históricamente bajos, decidimos convertir nuestra frontera Sur en la fortificación más grande jamás construida en territorio estadounidense.
Pero esas son preguntas para otro día. Por ahora, el alambre sigue desenrollándose, milla tras milla, kilómetro tras kilómetro, sector tras sector, desde California hasta el Golfo. Y la frontera que conocíamos –compleja, problemática, pero humana– desaparece bajo capas de acero cortante y retórica militarizada.
Bienvenidos a la nueva frontera americana. Viene con alambre de púas.