Alrededor de las 9 p.m. del 10 de febrero, un controlador de tráfico aéreo en el Aeropuerto Internacional de El Paso vio aparecer una alerta en la pantalla de la computadora de la torre. Era de la Administración Federal de Aviación (FAA).
El controlador llamó a sus dos colegas. Juntos miraron fijamente el aviso de la FAA.
En dos horas y media, decía, una enorme franja del espacio aéreo que gestionaban quedaría cerrada por “razones especiales de seguridad”.
Por diez días.
La alerta significaba que ninguna aeronave comercial podría entrar o salir de El Paso, Texas. Tampoco los helicópteros de rescate médico. Los negocios en la ciudad se verían interrumpidos, las vacaciones arruinadas, vidas potencialmente perdidas.
“Los pilotos que no acaten” el cierre “podrán ser interceptados, detenidos e interrogados por las autoridades”, decía el aviso.
El Gobierno de Estados Unidos podría usar la fuerza letal contra una aeronave si se determinaba que representaba una amenaza inminente para la seguridad. A partir de las 11:30 de esa noche, cualquier aeronave que sobrevolara El Paso y sus alrededores por debajo de cierta altitud corría el riesgo de ser derribada.
Los controladores estudiaron un mapa que la FAA había incluido. En él aparecía un enorme círculo rojo que abarcaba la zona fronteriza Sur donde se encontraban. Un diámetro de 11 millas (unos 18 kilómetros), que iba aproximadamente desde Sunland Park, Nuevo México, hasta Horizon City, Texas, quedaba ahora vedado por debajo de los 18 mil pies (unos 5,500 metros). Prácticamente cualquier avión que no sobrevolara la zona a gran altitud en un vuelo de larga distancia quedaba prohibido.
Y el aeropuerto de El Paso, marcado por el ícono de un avión, era el centro del blanco.
Había ocurrido el primer cierre mayor del espacio aéreo desde el 11 de septiembre de 2001.
Sentados en los puestos que ocupaban todos los días –frente a sus pantallas de radar en tiempo real, donde las aeronaves aparecían como puntos en movimiento– y hablando por sus auriculares de radio con los pilotos, los controladores sólo podían especular sobre lo que estaba ocurriendo, recordó una persona que estuvo presente esa noche. ¿Había habido un ataque terrorista? ¿Estaba el país combatiendo a algún cártel mexicano?
Resultó que el Gobierno de Estados Unidos estaba en guerra consigo mismo.
El conflicto no duró mucho, y los funcionarios federales pasaron rápidamente a otra cosa. Pero para la gente de El Paso, el episodio mostró lo que le puede ocurrir a una comunidad cuando agencias federales lejanas en la capital del país están en desacuerdo.
Un controlador sénior llamó a la representante Verónica Escobar, demócrata por Texas, cuyo distrito incluye El Paso, a su apartamento en Washington. Era la 1 a.m. en la Costa Este y la llamada la despertó. Permaneció acostada en pijama, escuchando, hasta que de pronto se incorporó al oír la noticia del controlador.
Sin información concreta, Escobar repasó mentalmente las posibilidades. ¿Estaba Estados Unidos en guerra con Juárez, la ciudad hermana de El Paso al otro lado de la frontera? El Ejército había estado atacando embarcaciones en el Caribe, alegando que eran narcobarcos; quizás ahora atacaba a México. También sabía que el Ejército de Estados Unidos y la Oficina de Aduanas y Protección Fronteriza (CBP) habían estado experimentando con láseres diseñados para derribar drones extranjeros.
“Quedé impactada”, dijo Escobar en una entrevista. “Estaba desconcertada”.
De inmediato comenzó a hacer sus propias llamadas a líderes federales y municipales. Un funcionario del Ejército le dijo que tanto el Ejército como CBP tenían 10 días restantes en una prueba de los láseres. Quizás los dos estaban relacionados.
Los controladores de El Paso pasaron las primeras horas notificando a los aviadores cercanos sobre el próximo cierre y dirigiendo a los que ya estaban en vuelo hacia tierra firme, donde estarían seguros.
Un controlador comenzó a llamar a los servicios de evacuación médica para advertirles que pronto quedarían excluidos del espacio aéreo de la ciudad, dijo la persona que estuvo presente esa noche. Al mismo tiempo, recordó, otro controlador le decía a los pilotos que tenían poco tiempo para despejar el área antes de que las restricciones de vuelo entraran en vigor.
El alcalde de El Paso, Renard Johnson, se enteró del cierre a través del administrador municipal, quien despertó a Johnson poco después de que apagara el noticiero local y se quedara dormido. Él también salió en una búsqueda frenética de respuestas.
Las implicaciones eran profundas. Las prótesis articulares que los médicos necesitaban para las cirugías a menudo no se guardaban en existencia, sabía, y habitualmente eran transportadas en avión por los proveedores con un día de anticipación. El Departamento de Bomberos de la ciudad, que en ocasiones enviaba en helicóptero a paramédicos a sitios de accidentes en zonas lejanas, podría no ser capaz de llegar a los heridos con suficiente rapidez.
Alrededor de la medianoche, el Centro Médico Universitario de El Paso, el único centro de trauma de nivel 1 de la zona, se enteró del cierre a través de los noticieros locales. Los líderes hospitalarios de la región comenzaron rápidamente a hablar sobre cómo podían apoyarse mutuamente, incluso en materia de transporte aéreo. Southwest Transplant Alliance, una organización de adquisición de órganos, comenzó a explorar cómo llevar órganos a El Paso por carretera.
A la 1:13 a.m., hora local, el aeropuerto de El Paso anunció el cierre en una escueta publicación en Instagram.
Bianca Marino, terapeuta de salud mental, se despertó a las 5 a.m. ante una avalancha de mensajes de texto angustiados sobre si su viaje grupal de yoga al Norte de India, organizado por una instructora local, podría aún realizarse. El vuelo de las 8 a.m. en United Airlines parecía tener pocas probabilidades de no ser cancelado. Acordaron reunirse en el aeropuerto de todas formas para idear un plan B.
Escobar había pasado la mayor parte de la noche usando su computadora portátil y dos teléfonos para comunicarse con funcionarios municipales de El Paso, contactos militares y la FAA. Su equipo también se puso en contacto con una asistente de Susie Wiles, jefa de Gabinete del presidente Donald Trump.
Al final, su intuición sobre los drones resultó ser acertada.
El Departamento de Defensa ha estado experimentando en los últimos años con el tipo de tecnología anti-drones que se ha convertido en un elemento esencial de la guerra moderna.
El año pasado, el Pentágono estableció un grupo de trabajo conjunto interinstitucional para desarrollar estrategias innovadoras para contrarrestar las amenazas de drones pequeños. Una de ellas es el uso de láseres anti-drones, que utilizan haces de alta energía para derribarlos a una fracción del costo de las tecnologías más tradicionales.
A primera hora del 9 de febrero, el día anterior a la emisión de la alerta de la FAA, funcionarios de CBP, operando apenas 16 millas (unos 26 kilómetros) al Oeste del aeropuerto de El Paso, dispararon tal arma láser con la esperanza de derribar un objeto extraño que sobrevolaba la zona. CBP había estado tomando prestados los láseres del Ejército como una nueva capa de protección contra los drones operados por los cárteles desde el lado mexicano de la frontera. Pero el objeto resultó ser un globo.
El teniente coronel Adam Scher, portavoz del Grupo de Trabajo Conjunto Interinstitucional del Departamento de Defensa para el combate a los drones, escribió en un correo electrónico que objetos como los globos de Mylar “han sido utilizados históricamente por nuestros adversarios durante décadas como señuelos para confundir los sistemas de radar de defensa antimisiles, desafiar a nuestros combatientes y agotar nuestras reservas de interceptores”. Los globos también han sido conocidos por transportar drogas, añadió.
Pero el uso del arma generó tensiones dentro del Gobierno de Estados Unidos. La FAA había advertido al Pentágono días antes de que el uso del sistema láser podría representar riesgos para la seguridad aérea. Cuando el Departamento de Defensa procedió de todas formas, la FAA consideró que no tenía más opción que cerrar el espacio aéreo de El Paso.
Con el tiempo, el conflicto llegó a conocimiento de Wiles, quien intervino. A las 6:54 a.m., la FAA anunció abruptamente en la plataforma social X que el aeropuerto había vuelto a abrir.
“No existe ninguna amenaza para la aviación comercial”, señaló el organismo. “Todos los vuelos reanudarán con normalidad”.
La intervención de la Casa Blanca hizo que lo que podría haber sido un paralizante cierre de diez días se limitara a menos de ocho horas, la mayor parte de ellas durante la quietud de la madrugada. Southwest Airlines, una de las principales aerolíneas del aeropuerto, canceló dos vuelos y retrasó otros ocho. American Airlines, que también opera en El Paso, tuvo dos cancelaciones y aproximadamente media docena de retrasos. La ciudad no necesitó trasladar a nadie en helicóptero médico desde el lugar de un incendio o accidente de tráfico durante esas horas. Y Marino y su grupo de yoga llegaron a India a tiempo.