Desde que el presidente Donald Trump inició lo que ahora llama con delicadeza su “excursión” en Irán, Washington ha estado consumida por la interrogante de cuándo la dará por finalizada, aunque muchos de sus objetivos bélicos no se hayan cumplido todavía.
El viernes por la noche, mientras se dirigía a Florida, Trump parecía estar diseñando esa salida tan comentada. Pero está claro que aún no ha decidido si la tomará.
Y cada vez hay más pruebas —el precio promedio de la gasolina se acerca a los 4 dólares el galón, la infraestructura en ruinas en todo el golfo Pérsico, una teocracia iraní diezmada que se atrinchera y los aliados de Estados Unidos que primero rechazaron y ahora tienen dificultades con las exigencias de vigilar aguas hostiles— de que las repercusiones de la excursión de Trump pueden durar más que su interés en ella.
Como siempre, los mensajes de Trump no son consistentes, lo que sus críticos señalan como prueba de que entró en este conflicto sin estrategia, y sus seguidores celebran como una forma de ambigüedad estratégica. El viernes, mientras miles de infantes de la Marina estadounidense adicionales se dirigían a la región y el ritmo de los ataques estadounidenses e israelíes se aceleraba, Trump dijo a los periodistas que no tenía interés en un alto al fuego porque Estados Unidos estaba “destruyendo” las reservas de misiles, la armada, la fuerza aérea y la base industrial de defensa de Irán.
Horas más tarde, quizá sensible a una base republicana comprensiblemente nerviosa por los efectos políticos, publicó en sus redes sociales que “nos estamos acercando mucho al cumplimiento de nuestros objetivos mientras consideramos dar por concluidos nuestros grandes esfuerzos militares en Medio Oriente”.
Pero su lista más reciente de objetivos omitió algunas de sus metas anteriores y suavizó otras. No mencionó la derrota del Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica, que parece seguir en el poder, junto con Mojtaba Jameneí, quien ha sucedido a su padre como líder supremo, aunque todavía no se le ha visto ni oído en público. Trump también omitió cualquier mensaje al pueblo iraní, al que se dirigió hace solo tres semanas para decirle: “Cuando hayamos terminado, tomen su gobierno. Será suyo”.
Y después de insistir en las negociaciones fallidas que llevaron a la guerra, en las que Irán tenía que enviar todo su material nuclear fuera del país —empezando por los 440 kilos de uranio enriquecido que están más cerca de ser aptos para fabricar bombas—, propuso un nuevo objetivo. “No permitir nunca que Irán se acerque siquiera a la Capacidad Nuclear”, escribió, “y estar siempre en una posición que permita a Estados Unidos reaccionar rápida y poderosamente ante tal situación”.
Ese es, esencialmente, el lugar en el que se encontraba Estados Unidos después de dejar en los escombros al programa nuclear iraní el pasado mes de junio. Los emplazamientos han permanecido bajo la atenta mirada de los satélites espía estadounidenses.
Trump terminó el mensaje con una nueva exigencia a los aliados estadounidenses, a los que había dejado fuera de sus deliberaciones antes de iniciar la guerra, y no dio ninguna advertencia para que se prepararan para sus consecuencias. “El estrecho de Ormuz tendrá que ser custodiado y vigilado, según sea necesario, por otras Naciones que lo utilizan. ¡Estados Unidos no!”. Dijo que las fuerzas estadounidenses ayudarían.
“Piensen en ello como la nueva Doctrina Trump para Medio Oriente”, escribió en las redes sociales Richard Haass, expresidente del Consejo de Relaciones Exteriores, quien formó parte del Consejo de Seguridad Nacional y trabajó en el Departamento de Estado durante la guerra del golfo Pérsico y la guerra de Irak.
“Nosotros lo rompimos, pero es suyo”.
Los objetivos cambiantes de Trump continuaron el sábado por la noche. Hace solo unos días, pedía a Israel que evitara atacar instalaciones energéticas iraníes, por temor a que ello provocara una escalada de contraataques de represalia en el golfo. Pero el sábado, amenazó con atacar las centrales eléctricas de Irán si no “ABRE COMPLETAMENTE, SIN AMENAZAS, el estrecho de Ormuz” en un plazo de 48 horas.
Dijo que los ataques estadounidenses contra las centrales iraníes empezarían “PRIMERO CON LA MÁS GRANDE”. La mayor central de Irán parece ser su única central nuclear en funcionamiento: la de Bushehr. Durante décadas, las centrales nucleares se han considerado completamente fuera del alcance de los ataques debido al evidente riesgo de calamidad medioambiental. El lunes volvió a cambiar de postura y pospuso cualquier ataque estadounidense durante cinco días.
No es donde Trump esperaba encontrarse después de tres semanas de guerra.
Líderes extranjeros, diplomáticos y funcionarios estadounidenses que han hablado con el presidente dijeron que durante la primera semana este expresó sus expectativas de que Irán capitulara. Eso quedó claro en la exigencia de Trump, el 6 de marzo, de la “rendición incondicional” de Irán.
La exigencia era desconcertante, dijo un diplomático europeo con una larga experiencia en tratos con Irán, dados los centros de poder rivales del país, su orgullo nacional y un Estado persa que ha existido dentro de los límites aproximados del actual Irán, y ha soportado numerosos auges y caídas, desde los tiempos de Ciro el Grande, alrededor del 550 a.C.
(Esta exigencia tampoco figuraba en su última serie de objetivos. La Casa Blanca ha dicho desde entonces que el presidente no espera un anuncio de rendición por parte de Irán, sino que Trump determinará cuándo Irán “se ha rendido efectivamente”).
La negativa de Irán a “tirar la toalla”, como la llamó Trump ante los periodistas en el Air Force One, ha sido solo una de las sorpresas del presidente en las últimas semanas.
La primera fue la crisis de los mercados energéticos, que la Agencia Internacional de la Energía ha calificado de “la mayor interrupción del suministro en la historia del mercado petrolero mundial”. Esto ha puesto a Trump y a sus ayudantes en apuros. Han prometido liberaciones de la Reserva Estratégica de Petróleo, que solo estaba llena al 60 por ciento, lo que evidencia una falta de planificación. Durante la semana pasada, el Departamento del Tesoro ha expedido licencias para la entrega de petróleo ruso e iraní que ya estaba en el mar. En otras palabras, para calmar a los mercados, el presidente ha aprobado enriquecer a un adversario que está en guerra con Ucrania, aliado de Estados Unidos, y a otro que está en guerra con Estados Unidos.
De momento, los efectos son mínimos. El crudo Brent cerró el viernes en torno a los 112 dólares por barril tras los anuncios del Tesoro, y Goldman Sachs advirtió el jueves que si los barcos se resistían a atravesar el estrecho de Ormuz, los precios podrían mantenerse altos hasta 2027.
Los iraníes comprenden claramente que el caos del mercado es la única superarma que les queda. El sábado, Teherán advirtió que podría incendiar otras instalaciones en Medio Oriente. Estados Unidos cree que el país entró a la guerra con unas 3000 minas marinas —algunas de las cuales se cree que han sido destruidas— y Estados Unidos se ha centrado en destruir pequeñas embarcaciones de la flota iraní que tienen como objetivo petroleros asociados con aliados estadounidenses.
“Basta con que una de esas cosas logre pasar para que se cierre el tráfico”, dijo John Kirby, quien fue portavoz del Pentágono y del Departamento de Estado tras jubilarse como oficial de la marina. “Solo el miedo puede paralizar la industria naval, como ya hemos visto”.
La segunda sorpresa de Trump fue su repentina necesidad de aliados. No se lo imaginaba al principio del conflicto, dijo recientemente el ministro de Defensa de un país del golfo Pérsico, porque pensaba que la guerra sería breve. Pero patrullar el estrecho, y otros puestos de control, parece ser una tarea que podría durar meses o años.
Su tercera sorpresa fue la ausencia de levantamiento alguno entre la Guardia Revolucionaria o los iraníes de a pie. El secretario del Tesoro, Scott Bessent, dijo en el Despacho Oval hace un par de semanas que “estamos viendo deserciones a todos los niveles, ya que empiezan a percibir lo que está pasando con el régimen”. Pero los servicios de inteligencia estadounidenses y europeos afirman que no tienen pruebas de tales deserciones, ni siquiera después de que Israel tomara como objetivo, y eliminara, al líder supremo de Irán, a sus principales jefes de seguridad e inteligencia y a muchos altos cargos militares.
Todo eso aún podría llegar. Las guerras no se ganan ni se pierden en tres semanas. Pero Trump entró en la guerra contra Irán tras disfrutar de los frutos de victorias rápidas. Un bombardeo sobre los tres principales centros nucleares iraníes en junio fue una expedición de una sola noche, que esencialmente enterró los arsenales nucleares del país y acabó con miles de sus centrifugadoras, que se utilizan para enriquecer uranio.
La incursión de un comando para sacar a Nicolás Maduro de Venezuela de su cama en Caracas fue igualmente rápida. Y hasta ahora, el gobierno que Trump dejó en su lugar —esencialmente el gobierno de Maduro— ha sido obediente. Esa operación ha ayudado a Trump a desestabilizar Cuba, que ha perdido los suministros de combustible venezolano de los que ha dependido durante mucho tiempo. El otro día colapsó la red eléctrica en Cuba y funcionarios del gobierno han estado insinuando abiertamente que el régimen también lo hará.
Tal vez esos resultados rápidos animaron a Trump a creer que el ejército estadounidense era todopoderoso y que los mulás, los generales y las milicias que dirigen Irán, un país de 92 millones de habitantes, se desmoronarían. Quizá se precipitó.
Los historiadores militares diseccionarán este conflicto durante mucho tiempo. Pero por ahora está claro que Irán es un desafío de otro tipo. Trump empezó a utilizar la palabra “excursión” para sugerir que se trata de un viaje corto, una breve distracción. Pero no hay un verdadero final a la vista.