En Ciudad Juárez, caminar por los pasillos de los tribunales nos ofrece escenarios interesantes que reflejan el ritmo tan acelerado que vivimos en los tiempos modernos. Es raro no ver a abogados y abogadas con un teléfono móvil en la mano o frente a una Tablet o un ordenador portátil, consultando expedientes, redactando escritos o respondiendo correos electrónicos, todo con una facilidad y y rapidez.

Estas herramientas, que hace algunas décadas eran todo un lujo, hoy se han vuelto indispensables en la práctica jurídica. Unos cuantos clics son suficientes para obtener información que, en el pasado, requería de horas en búsqueda de estanterías, muchas veces polvorientas entre expedientes viejos.

Sin embargo, lo que a simple vista podría parecer un cambio meramente trivial. Una actualización de herramientas al servicio del ser humano encierra un fenómeno mucho más profundo. Las tecnologías que nos rodean han evolucionado de manera asombrosa dejando de ser instrumentos pasivos, y diseñados únicamente para ejecutar órdenes a convertirse en sistemas autónomos, capaces de tomar decisiones por sí mismos, aprender de sus errores y anticipar necesidades antes que incluso nosotros seamos capaces de reconocerlas.

En el ámbito legal, esta revolución tecnológica ha abierto un nuevo panorama en la flexión y el debate que van más allá de la simple comodidad que brindan estos dispositivos. Las nuevas tecnologías no solo facilitan la gestión de casos o el acceso a la información; también están transformando el modo en que se lleva a cabo la labor jurídica, planteando preguntas éticas y filosóficas que ponen en desafío los fundamentos de la profesión.

El reto no es menor. La abogacía, como muchas otras disciplinas, enfrenta la necesidad de adaptarse a la nueva era en el que las herramientas no son solo instrumentos, sean convertidos en elementos capaces de influir y moderar en las decisiones humanas. Si nos ponemos a reflexionar, las personas dedicadas a esta profesión deben de ser capaces de dominar las leyes, reglamentos, procedimientos y contar con un criterio argumentativo robustecido que él, brinde un espectro y preparación técnica suficiente para solucionar los problemas que se le presentan.

Las inteligencias artificiales, aunque aún torpes en este rubro, no dejan de ser un interesante punto de atención por su rápido crecimiento, también por su capacidad de innovar y revolucionar el derecho. Ya habíamos discutido la importancia de introducir las nuevas tecnologías dentro del ambiente académico, sin embargo, resulta dable señalar que si las instancias encargadas de mover la maquinaria judicial no actualizan y se unen a las nuevas temáticas generarán una brecha que con el tiempo será difícil alcanzar.

En el ámbito profesional, los colegios de abogadas y abogados de nuestra ciudad deben de ir poniendo sobre sus mesas de trabajo, los temas relacionados con los ambientes y herramientas tecnológicas y virtuales, capacitar a sus agremiados en los temas del uso de las nuevas tecnologías e impulsar desde sus trincheras la implementación de las mismas dentro del poder judicial. No se debe de dejar de lado que este proceso es un trabajo en conjunto que las áreas tanto académicas, privas y gubernamentales deben de atender a fin de estar a la par de las necesidades actuales.

La tecnología llegó y en esta carrera no debemos de quedarnos en los últimos lugares, ya sea corriendo, trotando o caminando, la abogacía debe de ir avanzando hacia la generación y aplicación de los modelos tecnológicos.