Laura Ortiz

La educación emocional, la salud mental, de niños y adolescentes, aquella que les permite comprender, expresar y gestionar sus emociones de manera adecuada, es un componente fundamental para formar ciudadanos responsables, empáticos y productivos. Sin embargo, en Ciudad Juárez, una ciudad fronteriza con complejidades únicas, donde la vida diaria está marcada por realidades que en otros lugares no pueden imaginar, esta enseñanza no solo es un lujo deseable, sino una necesidad urgente. Vivir en esta región implica un contexto de desafíos, sociales y económicos particulares: altos índices de violencia, exposición a situaciones de inseguridad, y un contexto multicultural con migrantes en constante flujo que aumenta la fragmentación familiar, sumado al crecimiento indefenso que tienen en el implacable universo “online”, criándose en un contexto de adicción a las redes sociales, a los teléfonos “inteligentes” sin haber alcanzado la madurez necesaria para gestionar su identidad correctamente. Todo esto ha generado una carga emocional y social a nuestros estudiantes, que con frecuencia enfrentan situaciones de estrés, depresión, ansiedad y otros trastornos psicológicos y de conducta que afectan directamente su desarrollo académico, personal, obstaculizando la memoria y la concentración, afectando así su rendimiento. Y sumergiéndose en conductas más lastimosas cada vez: el número de autolesiones y suicidios se ha duplicado irremediablemente.

Las emociones intensas se convierten en fuertes barreras para el aprendizaje. Los protagonistas no solo llevan a la escuela sus mochilas; también cargan sus preocupaciones, sus miedos y, en algunos casos, el impacto de traumas que han presenciado o experimentado en su entorno.

En este contexto, es fácil comprender por qué la educación emocional en nuestras escuelas se convierte en un pilar esencial. Los estudiantes no solo necesitan aprender matemáticas, ciencias y literatura; también necesitan herramientas que les ayuden a identificar sus emociones, a controlarlas y a relacionarse sanamente con los demás, lejos del mundo cibernético, de la inteligencia artificial, del Tik Tok e Instagram. Sin embargo, la realidad es que en la mayoría de los planteles de la ciudad aún no se cuenta con programas efectivos en este tema, y las instituciones educativas no siempre tienen los recursos o el personal capacitado para implementarlos. El hacerlo, podría ofrecer beneficios profundos y duraderos al propiciar el potencial de mejorar el clima escolar. La experiencia demuestra que los estudiantes que aprenden habilidades emocionales desarrollan una mayor empatía y respeto hacia sus compañeros, lo que reduce el acoso escolar y promueve un ambiente de colaboración, además, ayuda a reducir los niveles de estrés, ansiedad, enojo, rebeldía y dolor que manifiestan muchos de ellos.

En una ciudad fronteriza, donde conviven personas de diferentes culturas y realidades, los valores de empatía y respeto son cualidades cruciales para fomentar la cohesión y cooperación social.

Al enseñar a los jóvenes técnicas de manejo emocional, no solo mejoran su salud mental, sino que también incrementan su capacidad de aprendizaje y la vida se les convierte en agradable, vivible.

Para fortalecer este contexto de mente saludable, pueden implementarse estrategias de resiliencia emocional, establecer modelos de roles positivos, incluyendo testimonios de superación personal de quienes han superado adversidades. Establecer grupos de apoyo, creando espacios seguros donde los estudiantes puedan expresar sus miedos y preocupaciones, incluyendo integración familiar con talleres para facilitar el apoyo emocional de casa, brindando así un sentido de pertenencia, donde la televisión, el teléfono celular, y las relaciones cibernéticas, no sean más su sistema de crianza fría, despersonalizada, limitada, carente de cariño y falsa.

Eduquemos en el uso responsable de internet, con charlas sobre ciberseguridad y uso consciente de redes sociales. Ayudemos a los jóvenes a entender los efectos excesivos de la web y como utilizarla de manera constructiva, desafiando también la desconexión digital involucrándose en actividades físicas o al aire libre.

Facilitemos el acceso a consejeros escolares capacitados para que los estudiantes puedan recibir ayuda profesional, personalizada y confidencial.

La clave es un enfoque integral, mente sana, cuerpo sano, alimentación adecuada, desarrollo social saludable.

Es indispensable fomentar los primeros auxilios para el alma, actividades extracurriculares, deporte, arte, manualidades y una capacitación de afectos, amistad, respeto, amor y otros valores que nosotros los adultos, padres de familia y maestros establezcamos como base. Mucho trabajo nos espera, seamos el estricto ejemplo.