El reciente debate sobre los actos anticipados de campaña en Chihuahua pone en evidencia la parte más podrida del sistema político mexicano. A lo largo de la historia han existido muchas formas de atacar a la democracia: desde las más sofisticadas, como la manipulación mediática de la opinión pública, hasta las más burdas, como el robo de urnas. Para los políticos, ganar una elección es una misión que debe cumplirse a como dé lugar.
Una vez escuché a una asesora de marketing político high class —le daban trato de gurú, cobraba decenas de millones por encuestas, viajaba en jet privado y trataba de tú a gobernadores—, con firmeza dijo una frase que me pareció fatal: “No queremos al mejor candidato, queremos a un candidato que gane, al precio que sea”. Nada más maquiavélico, la premisa es vieja: “el fin justifica los medios”. O, como dijo Felipe Calderón con todo el cinismo: “Ganamos, haiga sido como haiga sido”. Esa es la fórmula dominante en México: ganar por ganar.
Pero no es nada nuevo. Es una práctica vieja que todos los partidos han adoptado una y otra vez. En 2018, cuando Andrés Manuel López Obrador fue candidato -por tercera ocasión-, también lo hizo: sumó a su campaña una larga lista de políticos acusados de todo tipo de delitos y fraudes. En aquella época, Paco Ignacio Taibo II ofreció una explicación histórica a esa maniobra electoral: dijo, palabras más, palabras menos, que lo mismo ocurrió durante la Revolución Mexicana, cuando los porfiristas se sumaron a las distintas corrientes revolucionarias. Madero, Carranza y Obregón aceptaron en sus filas a sus antiguos adversarios políticos acusados de corrupción.
La explicación de Taibo II parecía lógica; finalmente, la historia es cíclica, se repite una y otra vez y, aparentemente, eso justifica todo. Pero esto encierra una trampa: aceptar a cualquiera -mientras tenga poder, votos o dinero- también significa ganar por ganar. Y habrá quien diga “así es la política” con un dejo de expertiz, pero ¿no se cansó AMLO de repetir “no somos iguales”? ¿No insistió una y otra vez en que lo peor era la unión del PRI y el PAN? ¿No fue su principal eslogan electoral acabar con la mafia del poder?
La realidad es contradictoria. Ya lo hemos constatado, sí son lo mismo. Adoptaron al PRI y al PAN, los integraron a la nueva mafia del poder y hoy, esas viejas prácticas que criticaban se han enquistado en el gobierno de Morena. La democracia no ha mejorado en los últimos seis años; ha empeorado. Las elecciones son cada vez más opacas, inequitativas y anárquicas. Nadie respeta las leyes porque todos se sienten moralmente superiores, por encima de la Constitución. En el río revuelto, todo se vale. Y, como siempre, “poderoso caballero es don Dinero”. Quien tiene la chequera abierta puede promover su imagen sin obstáculos: basta con simular que un medio impulsa una publicación, una revista, un portal, una editorial o un libro, y resaltar dos palabras junto a una foto para iniciar una campaña electoral escondiéndose del INE de la mejor forma: a la vista de todos. Espectaculares, camiones e incluso ambulancias son los nuevos vehículos de la propaganda. Esto ocurre en todo el país desde hace décadas, y la 4T, en vez de frenarlo, lo ha promovido.
Hoy, milagrosamente, la presidenta Claudia Sheinbaum parece haberse dado cuenta del problema, un día despertó y abrió los ojos, olvidando por completo las bardas con la sombra de su silueta y la leyenda “Es Claudia”, que inundaron el país antes del proceso interno de su partido. La diferencia es que no fue la ley, ni la Constitución, ni el INE quien lo permitió, sino AMLO, el santo patrono de la 4T fue quien les dio su bendición a las “corcholatas” para arrancar anticipadamente sus campañas. Como dijo en su momento Mariano Palacios Alcocer, siendo presidente del PRI: “Los panistas se sorprenden en público de lo que disfrutan en privado”. Lo mismo hacen ahora los morenistas, con la misma hipocresía.
La gran pregunta es: ¿quién paga estas campañas anticipadas que no son fiscalizadas? En la narrativa más romántica, el libro El Rey del Cash de Elena Chávez habla de aportaciones de legisladores de sus sueldos, pero también menciona cuotas obligatorias a funcionarios, desvío de recursos públicos y financiamiento de empresarios como José María Riobóo y José Daniel Kabbaz. Es decir, lo mismo que se criticó a los gobiernos del PRI y el PAN es lo que llevó a AMLO a la presidencia.
En la política hay una regla no escrita: “lo que es arriba, es abajo”. Lo que hizo AMLO lo harán sus acólitos. Esa es la escuela que ha formado la nueva mafia del poder.
Hoy las cosas han cambiado, el dinero ya no sale cuotas obligatorias o voluntarias, se acabó la mística, ya nadie le mete de su bolsa, ahora el dinero proviene de empresarios que quieren enriquecerse con jugosos contratos gubernamentales, y van de estado en estado como mercaderes, repartiendo billetes a quienes tienen más posibilidades de ganar las elecciones, auspiciados por la red de corrupción de la nueva mafia del poder. Son los mismos de hace 10 o 20 años, solo cambiaron de bando. Y si es necesario, mañana cambiarán de camiseta otra vez. Su ideología no es “primero los pobres”, ni ninguna otra: su filosofía es el dinero.
La descomposición de Morena se aceleró con el poder. En 2018 al menos parecía que predominaba la mística; hoy, el dinero manda abiertamente en la 4T, ya no lo esconden, es un hecho público, el movimiento se vende al mejor postor por carretadas de billetes. Quizá por eso la presidenta Sheinbaum intenta dar un golpe de timón, apelando a la austeridad y la honestidad, valores que Morena abandonó hace años, bajo el estigma de que “quien sube por la izquierda, baja por la derecha”.
Y por más que intenten justificarlo, no es correcto evadir la ley, simular democracia y financiar campañas (legales o anticipadas) con cheques en blanco de futuros contratos con el gobierno. Esa no es la Cuarta Transformación que prometieron. Esto debe sancionarse, sin excepción, para todos los partidos y candidatos sin partido. Ojalá no sea demasiado tarde y el daño al sistema político mexicano no sea irreversible.
Lo cierto es que hemos sufrido una regresión de 70 años. Parece que estamos de vuelta en el México posrevolucionario, donde todos se creían moralmente superiores por haber ido a la lucha armada y las leyes eran papeles sin valor. Esa época también debería recordarla Paco Ignacio Taibo II, si pretende justificar la descomposición del Estado de derecho y la podredumbre de nuestra democracia.
Finalizo con una reflexión del genial Facundo Cabral, quien citaba una frase atribuida a Jorge Luis Borges:
"Es en vano que golpees la puerta. Estamos adentro. No creas que con un disparo vas a modificar el libreto del Maestro. Además, te va a reencarnar en lo más pendejo... hasta que aprendas."
No hemos aprendido nada.