En medio del bullicio urbano, entre los sonidos metálicos de las puertas automáticas y las voces que anuncian la siguiente estación, un susurro diferente se coló por los pasillos del BRT en Ciudad Juárez: el susurro de las historias. Con la iniciativa Lectura de Ruta, las palabras encontraron asiento junto a los pasajeros, y por un momento, el trayecto dejó de ser sólo un ir de un punto a otro para convertirse en una experiencia compartida de imaginación, memoria y asombro, un alto a la prisa para encontrarnos con las palabras.

Leer en el transporte público es, a veces, un acto solitario. Pero cuando se convierte en una acción colectiva, organizada, abierta al diálogo y al juego, adquiere una potencia transformadora. Esta actividad, impulsada por promotores culturales juarenses, escritores locales y ciudadanos voluntarios, llevó cuentos y reflexiones directamente al corazón de la ciudad en movimiento. Fue un acto de ternura cívica, de profunda convicción de que la cultura tiene que estar al alcance de todos, en todos los espacios. La lectura en los camiones, en las rutas, en los parques, no es sólo una acción cultural: es una declaración. Significa creer que cada ciudadano, sin importar su destino o su ocupación, merece tener acceso a la literatura. Significa que la cultura no está reservada para recintos cerrados o elitistas, sino que puede y debe estar en los trayectos cotidianos, en los vagones, en las filas, en el murmullo colectivo de un autobús que avanza.

Puntualmente, a las doce del día del sábado 19 de abril, la aventura inició en la parada-estación del Juárez Bus del Tecnológico de Ciudad Juárez, en la avenida del mismo nombre. Las imágenes captadas nos mostraron un gran ejemplo, además de hacer honor a la víspera de los festejos: entre el Día del Libro y el Día del Niño, se observaban cuadros conmovedores de niños leyendo junto a sus acompañantes adultos, papá, mamá acompañándolos en este viaje.

El proyecto Lectura de Ruta no se limitó a regalar folletos a manera de pequeños libritos ilustrados, o recitar fragmentos de sencillos autores que se unieron a la convocatoria de escribir un microcuento con el tema de niños migrantes. También invitó a los ciudadanos a participar activamente: a tomar el micrófono, a escribir una historia breve, a leer en voz alta, a dejar su huella escrita en esta urbe de tránsito veloz. Así, quienes normalmente transitan con prisa, con la mente en las responsabilidades diarias, encontraron en las letras una forma de detenerse sin dejar de avanzar. Los organizadores de esta bella jornada —entre ellos: Edgar R. Luna— demostraron que la lectura puede y debe formar parte de la vida cotidiana. Que no hace falta un gran auditorio ni un salón de actos para que florezca la literatura; basta con la voluntad de compartirla, y con el reconocimiento de que las palabras, cuando se siembran en comunidad, germinan con más fuerza. Esta actividad fue más que una jornada cultural: fue un gesto simbólico, un recordatorio de que los espacios públicos también pueden ser escenarios para la imaginación y la reflexión Porque en una ciudad como Ciudad Juárez, con sus contrastes y desafíos, es profundamente esperanzador ver a la ciudadanía leer y escucharse mutuamente. Como si, por un instante, entre estación y estación, volviéramos a ser tribu, reunida en torno a la voz. Nos hace vernos y reconocernos como parte de un pueblo que necesita más espacios para el diálogo, la empatía y la creatividad.

Felicidades a los organizadores del evento, a quienes toman esta original y grata iniciativa, quienes recopilan, ilustran, dan forma, encuadernan, y se encargan de repartir en cada viaje el material de lectura conformado ésta vez por seis pequeños cuentos de motivación, reflexión y emoción dedicados a los niños migrantes, a ellos, a quienes creen que una ciudad mejor se construye no sólo con infraestructura, sino también con palabras. A quienes apuestan por la educación, la participación ciudadana y el acceso a la cultura.

Es, sobre todo, una invitación a seguir leyendo, aunque sea una página entre estaciones, un poema antes de bajar, un cuento mientras esperamos. Porque leer en el transporte público es una forma de resistencia. Y también de esperanza. Porque al leer, escribir, y motivar estas acciones, se está compartiendo algo más que letras: está ofreciendo un pedazo de sí mismo.

Que la invitación a estas mágicas jornadas de lectura se multipliquen. Ojalá que este evento no sea un destino único, sino el inicio de un viaje largo. Porque cuando las palabras viajan con nosotros, el trayecto siempre vale la pena.