El primer día de junio la gente acudirá a las urnas para elegir a sus jueces. Decenas de nombres y un cúmulo de boletas estarán bajo el escrutinio de la voluntad popular. Un proceso inédito que en una de sus motivaciones originarias busca legitimar a un poder que tradicionalmente es objeto de dilemas y objeciones contramayoritarias.
En las campañas encontramos candidatos a jueces de diversas materias y distintos niveles. Jóvenes y no tan jóvenes que han contemplado el ejercicio jurisdiccional como una posible opción para engrosar su trayectoria. Muchos de los candidatos apuestan por permanecer en posiciones en las que ya tienen años; otros, están dispuestos a iniciarse en la faena jurisdiccional, pues provienen de la academia, del litigio, de la labor administrativa.
En realidad, no existe un perfil único e ideal para que alguien acceda a desempeñarse como juzgador. El haber permanecido en un puesto judicial por años, en sí mismo, no garantiza que estemos ante la presencia de un “gran” juez. Ese juzgador pudo haber sido el mismo “maleta” que por años nadó de muertito en el río de la inercia de la burocracia empedernida. Muchos funcionarios judiciales cargan como escudo una “experiencia” mal concebida, en el que lo único que se esgrime como dogma es el de haber estado por décadas dentro del organigrama jurisdiccional.
Si somos un poco observadores y fijándonos en el más alto tribunal, es decir, la Suprema Corte de Justicia mexicana, nos percataremos que algunos de sus mejores ministros han llegado a su seno sin tener eso que llaman “carrera judicial”. Dos ejemplos relativamente recientes los constituyen dos ministros, ahora ya en retiro: José Ramón Cossío y Arturo Zaldívar. Ambos, más allá de las filias y fobias que despertaron a lo largo de su desempeño en la Corte, no se les puede escamotear el hecho de que desempeñaron un rol más que plausible como ministros. Ambos dejaron huella como dos extraordinarios jueces constitucionales. Ninguno de ellos portaba en su pasado con trayectoria alguna dentro del poder judicial. Cuando llegaron a ministros de la Suprema Corte desempacaron el talento, la originalidad, el estudio concienzudo y la disciplina que los caracteriza. El linaje de Cossío era, sobre todo, la academia. De Zaldívar, en mayor medida, el ámbito privado del abogado postulante. Los dos, extraordinarios juristas.
Pero no son los únicos. Hace ya varios lustros, cuando la Suprema Corte de Justicia mexicana se integraba todavía por 21 ministros, fue encabezada por el único iusfilósofo que ha tenido como jefe supremo en su historia, el hoy ministro en retiro Ulises Schmill Ordóñez. Filósofo del derecho de tradición analítica, el doctor Schmill presidió la Corte entre 1991 y 1994.
Quizá no sean los únicos ejemplos, pero se refieren como modelos de quienes acceden a la jurisdicción constitucional del más alto nivel sin pasar por la llevada y traída trayectoria judicial, que, en ocasiones, lo único que hace es reducir y envolver en un cúmulo de prejuicios y manías, la labor de los más altos juzgadores del sistema.
Lo anterior se puede extender a los juzgadores de todos los campos y niveles. Hoy la gente tiene la opción de elegir dentro de muchos matices a personas que han demostrado desde el exterior de los linderos de la burocracia judicial, el talento, la disciplina, el estudio necesario para desempeñarse como jueces y juezas. Otros, estando dentro del aparato judicial y remando contra corriente, han demostrado a lo largo de los años su independencia, rectitud y honestidad. Esos atributos no son menores y debemos valorarlos. Los funcionarios que los portan, por cierto, no son muchos y el elector tendrá que escudriñar lo suficiente para encontrarlos dentro de la retahíla de nombres.
Retomando al máximo tribunal. Hoy, como debió haber sido siempre, el papel de la mujer es clave en la composición de la jurisdicción constitucional contemporánea. La académica juarense, Olivia Aguirre Bonilla, busca llegar a la Suprema Corte de Justicia de la Nación. Profesora con amplia formación en derechos humanos, cuenta con todos los atributos necesarios para desempeñarse como ministra de la Corte. Su irrestricta adhesión a un modelo de adjudicación del derecho no elitista y con plena claridad sobre los obstáculos que enfrenta la aplicación del derecho en México, hace que Aguirre Bonilla comprenda, a cabalidad, los desafíos de los controles de regularidad constitucional en este país.
El elector tiene la palabra.