Latinoamérica sigue siendo una región en “vías de desarrollo”. El imperio de la ley, el Estado de Derecho y la Democracia parecen ser solamente opciones (y no mandatos) para muchos países. Un día, hay un golpe de Estado en Bolivia, y el expresidente de ahí es rescatado por el gobierno mexicano. Otro día, encarcelan a un expresidente en Perú (esto ha sucedido varias veces). Otro día, atacan el convoy del Presidente de Ecuador. Al siguiente, el Presidente de Venezuela tiene una orden de captura emitida por el gobierno de Estados Unidos. Otro, le revocan la visa estadounidense al Presidente de Colombia.

La falta de educación, las enormes desigualdades, los intereses corporativos entre otras razones vienen a evidenciar el estado de enorme convulsión que existe en el hemisferio. Parece que estos países (junto con el México violento) están destinados a nunca madurar políticamente.

Estoy seguro que si vemos las noticias de hace más de quince años, encontraremos los titulares donde se alude al golpe de Estado dado al gobierno de Manuel Zelaya en Honduras. Hoy, su esposa es Presidente de Honduras. Igualmente, si vemos las noticias del futuro es probable que veamos que Evo Morales nuevamente está buscando ser Presidente de Bolivia. También en las noticias del futuro podemos ver que es probable que Bukele siga siendo Presidente de El Salvador.

Prácticamente la historia de todos los países de América Latina tiene los mismos comunes denominadores: un proceso de independencia, un proceso revolucionario, una amenaza comunista, una lucha entre liberales y conservadores. Parece que el autor de los procesos políticos ha sido siempre el mismo.

La noticia más reciente fue la destitución de Dina Boluarte, Presidente de Perú, por parte del Congreso de aquel país. A raíz de la destitución de Boluarte, ahora Claudia Sheinbaum sale a pedir que se libere al expresidente de aquel país, Pedro Castillo. Como he comentado en colaboraciones anteriores, Perú parece tener el récord de expresidentes procesados por corrupción, y las cosas parecen no cambiar en ese país a pesar de todo.

A todos estos problemas, las justificaciones que los gobiernos dan son muy similares; se culpa a España por la conquista, se dice que Estados Unidos interviene, se señala a un enemigo imaginario y odiado, entre otras razones igualmente fantasiosas.

Lo digo con pesar, pero parecería que las cosas de plano no tienen solución. Chile pudiera ser una excepción a esta regla hemisférica, pero todavía en 1990 tenía un dictador.

Dicen que cada país tiene el gobierno que se merece. En América Latina nos gusta victimizarnos y culpar a la clase política de las desgracias nacionales. Como si a los políticos se les importara de una galaxia lejana, y no reconociéramos que son parte del pueblo y que muchos concentran y reflejan la idiosincrasia de muchos. La corrupción de nuestra clase política resulta que sigue siendo (según la opinión de muchos) una reminiscencia de lo que trajeron los españoles a América. Resulta verdaderamente absurdo seguir culpando a España a más de doscientos años de que iniciaron los procesos independentistas en prácticamente todo el continente.

Y luego, ante todo este desorden, siempre surgen caudillos que dicen tener la solución para todos los problemas. Y cuando el pueblo los elige (siempre a partir del impulso y no la razón) resulta que ya no tienen las soluciones, pero sí señalan lo que ellos consideran que son las causas de los problemas. Luego, muchos se tienen que perpetuar en el poder para poder seguir combatiendo esas “causas”, pero las soluciones nunca llegan.

Si en algo han fracasado todos los gobiernos de América Latina ha sido en la educación. Los pueblos siguen siendo pueblos poco educados, a los que muchos políticos engañan fácilmente, haciéndoles promesas que saben que nunca podrán cumplir. Luego, derivado de la podredumbre institucional que se da en estos países, las inversiones no llegan (porque además hay poca industria local) y por ende no se generan empleos. Por tanto, los movimientos migratorios empiezan a cobrar auge y las personas comienzan a entrar ilegalmente a Estados Unidos. Esto genera una reacción en Estados Unidos y se empieza a polarizar el ambiente entre republicanos y demócratas. También, gobierne quien gobierne en Estados Unidos, los migrantes no tienen certezas de nada. Pero luego en los países de origen se les reconoce el derecho al voto a los ciudadanos que residen en el extranjero. Y ya cuando pueden elegir a los gobernantes de sus países, mucho optan por utilizar ese sufragio para seguir votando por quienes indirectamente los enviaron a migrar a Estados Unidos (como es el caso de la votación de mexicanos residentes en Estados Unidos por Morena).

Insisto, en nuestros países nos hacen creer que el modelo democrático se agota cuando uno está votando cada tres años. La democracia es algo más que eso. La democracia implica votar, pero también implica informarse, criticar, señalar, y proponer. El sufragio no es un cheque en blanco que se le da al gobernante en turno. Es simplemente un mandato, pero los mandantes deben seguir vigilando al mandatario. A veces pensamos que un caudillo vendrá a traer todas las soluciones mágicas que un país necesita. Y cuando hay un candidato serio que no promete lo que no puede cumplir, para el electorado resulta insuficiente. Entonces, ese electorado vuelve a ser víctima del caudillo que esté tocando el tema que está de moda en ese momento. Y el ciclo de deterioro institucional sigue su curso. Parece que estamos atrapados en un mismo ciclo.