Susana, trabajadora de una maquiladora en Ciudad Juárez, se levanta a las 3:00 a.m. todos los días. Entre preparar el desayuno para sus hijos, tomar el transporte hacia su trabajo, cumplir su jornada laboral y regresar para atender las labores del hogar y cuidar de su familia, apenas tiene tiempo de descansar. Las noches son cortas y el sueño se convierte en un lujo, dejándola agotada de manera permanente. Esta situación la viven miles de juarenses, atrapados cada día entre la prisa y el desgaste, relegando el autocuidado a un segundo plano, si no es que lo olvidan por completo.
El ritmo cotidiano en Juárez se mide en horas extras, filas interminables y un tráfico que refleja el pulso acelerado de la vida fronteriza. La prisa, la precariedad laboral y la constante exposición a estrés social y económico han normalizado el cansancio. Pero, ¿qué significa realmente cuidarse en un contexto así?
El autocuidado es un concepto que se refiere a la capacidad de cada persona para reconocer sus necesidades físicas, emocionales y sociales y actuar de manera responsable para satisfacerlas. Según la Organización Mundial de la Salud, incluye “las capacidades individuales, familiares y comunitarias para promover la salud, prevenir enfermedades, mantener el bienestar y enfrentar padecimientos o discapacidad”. Autores como Miller y Foster señalan que el autocuidado comprende siete dimensiones: física, emocional, mental, social, espiritual, profesional y digital, reconociendo la complejidad de mantener un equilibrio integral en la vida contemporánea.
La relevancia del tema ha impulsado numerosos estudios, destacando los trabajos de la enfermera estadounidense Dorothea Orem, pionera en la teoría del autocuidado, quien lo define como todas las acciones que realizamos para mantener la vida, la salud y el bienestar. Esto incluye hábitos diarios como la alimentación, el descanso suficiente, la actividad física, la atención necesaria en cada etapa de la vida y estrategias para enfrentar enfermedades o malestares.
Investigaciones recientes muestran que quienes mantienen actividades de autocuidado presentan un 40% menos riesgo de desarrollar padecimientos físicos y mentales. Sin embargo, estos hábitos son menos frecuentes la población que habita en regiones con altos índices de violencia o precariedad laboral, evidenciando que el autocuidado es también un reflejo de las condiciones sociales.
En 2024, la Universidad de Texas en El Paso publicó un informe sobre autocuidado en contextos fronterizos, destacando que la vida en frontera incrementa el desgaste mental debido a la incertidumbre económica, la inseguridad y la fragmentación comunitaria. Este mismo estudio también señala que las prácticas de apoyo mutuo, la organización vecinal y los espacios comunitarios de bienestar, funcionan como redes de autocuidado colectivo.
Sin embargo, no basta con la buena voluntad individual. Es esencial que el Estado cumpla con su obligación de garantizar los derechos de las personas, especialmente el derecho a la vida, a la salud, a un trabajo digno, a salarios suficientes y a la seguridad en todas sus dimensiones, creando condiciones que permitan ejercer el autocuidado de manera efectiva. Su responsabilidad va más allá de ofrecer servicios de salud: implica proporcionar entornos seguros, promover la equidad y asegurar que los derechos humanos se traduzcan en bienestar tangible.
El autocuidado también depende de condiciones estructurales: acceso a la alimentación, espacios verdes, servicios de salud y educación, transporte seguro, jornadas laborales razonables y salarios que eviten la necesidad de trabajar horas extras. Sin estas garantías, el autocuidado deja de ser un derecho y se convierte en un privilegio. Como señala Joan Tronto, el cuidado es una responsabilidad ética y política que involucra a individuos, comunidades e instituciones, donde el Estado es el actor central. Cuando se generan condiciones que facilitan el autocuidado, se reducen en la población riesgos de padecer ansiedad, depresión, y enfermedades crónicas; fortaleciendo la resiliencia colectiva.
En Juárez, muchas personas enfrentan dobles jornadas, entornos inseguros y presión constante para cumplir objetivos productivos, dificultando su bienestar. Por ello, hablar de autocuidado es también hablar de justicia social, donde el derecho a vivir, descansar, alimentarse adecuadamente y proteger la salud física y mental, etc., requieren de la garantía y la protección efectiva del Estado.
La vida juarense está hecha de carácter, trabajo, lucha y esperanza, pero ese ritmo puede desgastarnos si no aprendemos a pausar. Debemos transformar la narrativa que glorifica el sacrificio permanente y confunde “aguantar” con fortaleza, comprendiendo que el autocuidado no es egoísmo, sino una herramienta indispensable para sostener la vida, la familia y la comunidad.