Al recorrer las calles de Ciudad Juárez, he notado algo que se repite con frecuencia: perros y gatos deambulando sin rumbo, buscando refugio entre los escombros o hurgando en la basura buscando algo que comer. Algunos parecen haber nacido en la calle, pero la mayoría no. Se les nota en el pelaje, en la manera en que buscan la mirada humana, en ese gesto esperanzado que todavía conserva la memoria del cariño. Son animales que alguna vez tuvieron un hogar, un plato con agua, un nombre. Alguien los quiso, o al menos dijo quererlos, antes de abandonarlos.

No deja de sorprenderme cómo, en esta ciudad tan dada a la violencia y al descuido, también hemos naturalizado el abandono animal. Lo vemos todos los días, y ya casi nadie se detiene. La indiferencia se volvió una forma de defensa colectiva: “no puedo hacer nada”, “no tengo espacio”, “seguro alguien más lo ayudará”. Pero ese “alguien más” rara vez aparece. Así, mientras los perros y gatos multiplican su miseria, nosotros también nos acostumbramos a mirar hacia otro lado.

Hay un patrón dolorosamente humano en todo esto. Muchas personas presumen a sus mascotas cuando aún son pequeñas: las suben a las redes sociales, les compran ropa, las pasean orgullosos. Son parte del espectáculo de la ternura que tanto nos gusta mostrar. Pero una vez que pasa la novedad, cuando el cachorro crece, muerde los zapatos o deja de ser presumible, el cariño se desvanece. Entonces llegan las excusas: “ya no tengo tiempo”, “ensucia mucho”, “no lo puedo controlar”. Y el final es casi siempre el mismo: una puerta que se abre, un auto que se aleja, una vida que queda atrás.

Han circulado en redes varios videos de personas que bajan a sus perros del vehículo para abandonarlos. Los empujan, arrancan el coche, y el animal corre desesperado, sin comprender que la persona que amaba lo está dejando atrás. Es una de las imágenes más tristes que puede registrar la cámara: la lealtad persiguiendo a la traición. Cada vez que veo uno de esos videos pienso en lo que dice de nosotros como sociedad.

Afortunadamente, todavía hay gente que actúa desde la compasión. Personas que rescatan animales heridos, que los alimentan, que abren las puertas de su casa o colaboran con los albergues. Ellos representan lo mejor de nosotros, esa parte que se resiste a dejar que la indiferencia gane. Pero su labor no es sencilla. Los refugios operan con recursos limitados, dependen de donaciones y de la voluntad de la ciudadanía, una voluntad que suele agotarse rápido. Necesitan alimento, vacunas, esterilizaciones, medicinas, y sobre todo, necesitan empatía.

La responsabilidad no recae solo en los rescatistas o las asociaciones civiles. El Estado tiene un papel que no puede seguir eludiendo. En Juárez, hace falta una política pública seria de protección animal: campañas permanentes de esterilización, sanciones efectivas contra el abandono y educación ciudadana desde las escuelas. No se trata de un capricho sentimental, sino de un asunto ético y de salud pública. Los animales callejeros no son “problemas” que aparecieron de la nada; son las consecuencias de una irresponsabilidad colectiva.

Cuando uno observa a un perro temblando bajo un puente o a un gato buscando restos de comida entre los desperdicios, no está viendo solo a un animal en desgracia. Está viendo un espejo. Porque la forma en que tratamos a los seres más vulnerables dice más de nosotros que cualquier discurso o monumento. Una sociedad que permite el abandono, que se acostumbra a él, termina por abandonarse a sí misma. Tal vez no podamos cambiar el mundo, pero sí podemos cambiar el pedazo de mundo que nos toca. Adoptar, esterilizar, alimentar, denunciar el maltrato. Son gestos pequeños, pero significan mucho.

En memoria de “África”, DEP.