Hay un momento de la mañana en nuestra frontera que casi nadie presencia, que casi nadie reflexiona. Cuando la mayoría apenas despertamos, cuando el café comienza a hervir y las calles aún bostezan, ya hay hombres que han iniciado una jornada entre bolsas negras, olores penetrantes y montañas de aquello que nosotros decidimos olvidar. Para muchos, la basura termina cuando cerramos la bolsa y la dejamos sobre la banqueta. Para ellos, apenas comienza. El camión recolector dobla la esquina. Se escucha el golpe metálico de los contenedores, el motor, las voces que se gritan para coordinar el siguiente domicilio. En cuestión de segundos levantan bolsas que pesan más de lo que aparentan. Caminan kilómetros aferrados al estribo del camión, bajo el sol que en verano convierte el pavimento juarense en una plancha ardiente y, en invierno, soportan el viento helado que atraviesa los guantes y la ropa. Muchos de nosotros apenas alcanzamos a decirles "gracias". Otros ni siquiera levantan la mirada. Algunos sacamos quizás algunas monedas que nos sobran, y ellos se quitan sus guantes de trabajo para recibirlas con humilde gesto de agradecimiento.
Sin embargo, son ellos quienes hacen posible que la ciudad despierte limpia cada día.
Más allá del recorrido de los camiones existen otros trabajadores todavía más invisibles: los pepenadores. Hombres y mujeres que buscan entre los residuos aquello que aún puede tener una segunda oportunidad. Cartón, aluminio, plástico, cobre, vidrio, ropa. Lo que para unos representa desperdicio, para ellos puede significar el alimento de esa noche o el dinero para comprar un medicamento. La palabra "pepenador" suele pronunciarse con desdén. Pocas veces con respeto. Pero la pepena ha existido en México desde hace muchas décadas. Nació de la necesidad, de la pobreza y de la capacidad humana para encontrar valor donde otros solo ven desecho. Con el paso del tiempo, estas personas terminaron convirtiéndose, sin proponérselo, en los primeros eslabones del reciclaje. Su trabajo resulta indispensable para recuperar materiales y disminuir el impacto ambiental, aunque continúe siendo una actividad marcada por la informalidad y la falta de reconocimiento.
En Ciudad Juárez, cada día llegan al relleno sanitario, casi dos toneladas de basura, sobre todo durante algunos periodos de alta generación de residuos. Para atender esa enorme cantidad de desechos, aproximadamente ciento cincuenta camiones realizan cientos de descargas diariamente. Las cifras impresionan. Pero detrás de cada tonelada hay manos. Manos que levantan bolsas rotas. Manos que encuentran jeringas contaminadas. Manos que tocan vidrios quebrados, restos de comida en descomposición, pañales, productos químicos, animales muertos y, en ocasiones, residuos hospitalarios que jamás debieron mezclarse con la basura doméstica. Los riesgos sanitarios son enormes. Heridas, infecciones, enfermedades respiratorias, problemas en la piel, exposición constante a bacterias, hongos y sustancias peligrosas forman parte de una rutina que casi nunca aparece en las conversaciones cotidianas. Mientras nosotros procuramos no acercarnos demasiado a un bote de basura con mal olor, ellos permanecen ahí durante horas.
Ninguno de nosotros conocemos la vida que hay detrás, una vez que hemos cerrado la reja de nuestro jardín, la puerta de nuestra casa, el mundo, su mundo, queda muy lejos.
Hay algo profundamente injusto en esa indiferencia. Porque son personas que realizan uno de los trabajos más duros de la ciudad para que los demás no tengamos que hacerlo. También cargan con un estigma. A veces los juzgamos por su aspecto, por el olor que llevan al terminar la jornada o por el simple hecho de trabajar entre desperdicios. Olvidamos que ningún niño sueña con crecer para convertirse en pepenador. La vida, las circunstancias y la necesidad los fueron llevando hasta ahí. Y, aun así, cada mañana vuelven.
La grandeza de una ciudad, la educación de un pueblo, puede medirse por la forma en que trata a quienes realizan los trabajos más complicados.
En una época en la que hablamos tanto de sustentabilidad, reciclaje y cuidado del medio ambiente, resulta paradójico que quienes más contribuyen a recuperar materiales continúen siendo los menos visibles. Tal vez podamos empezar por algo sencillo. Cerrar bien las bolsas para evitar accidentes. No mezclar vidrios sin protegerlos. Separar materiales reciclables. No desechar agujas ni medicamentos de forma irresponsable. Y, sobre todo, ofrecer una palabra amable a quienes pasan frente a nuestra casa llevándose aquello que nosotros ya no queremos. Porque la dignidad también se recoge.
Reconocemos a quienes construyen edificios, abren negocios o inauguran obras. Pero pocas veces a quienes, antes de que amanezca, comienzan a limpiar silenciosamente la ciudad para que todos podamos caminar por calles un poco más habitables. Ellos trabajan donde termina nuestra comodidad. Nos recuerdan, sin decir una sola palabra, que toda sociedad necesita personas dispuestas a hacer aquello que nadie más quiere hacer. Y quizá el verdadero acto de limpieza que aún nos falta no está en las calles. Está en nuestra manera de observar y agradecer a quienes, desde hace años, cargan sobre sus hombros el peso de la basura... y también el peso de nuestra indiferencia.