Durante días, el cuerpo de Juan Oscar Becerra yació en su casa del Este de El Paso mientras el asesino movía sus vehículos por la ciudad. La investigación reveló una historia de celos, violencia y un crimen meticulosamente planeado.
Leopoldo Ortega, de 25 años, enfrenta ahora un cargo por el asesinato del hombre de 36 años.
La preocupación comenzó como un mal presentimiento. Juan Oscar Becerra, de 36 años, no contestaba el teléfono. Su madre llamaba una y otra vez sin respuesta. Para el 2 de octubre, cinco días después de haberlo visto por última vez, supo que algo andaba terriblemente mal.
Cuando los oficiales del Condado de El Paso llegaron a la casa de Becerra en Barstow Avenue, al Este de los límites de la ciudad, encontraron a su hermano esperando afuera, igualmente preocupado.
Les contó que había enviado a su novia a revisar la propiedad primero.
Lo que ella encontró la hizo retroceder: un olor penetrante emanaba de una Land Rover verde estacionada en la entrada. En el guardabarros, manchas oscuras que parecían ser sangre.
El hermano de Becerra, armándose de valor, usó el código del teclado del garaje para entrar. Adentro, en la penumbra de la casa silenciosa, encontró a su hermano. El cuerpo mostraba los signos inconfundibles de haber estado allí durante días: el olor acre de la descomposición, la hinchazón abdominal, la quietud absoluta de la muerte.
Un triángulo peligroso
Mientras los investigadores procesaban la escena, emergió una historia de relaciones rotas y resentimientos acumulados.
Becerra llevaba tres años separado de su esposa. Ella había seguido adelante, comenzando una relación con un hombre al que todos conocían simplemente como “Polo”. Pero Polo y Becerra compartían algo más que una mujer: compartían una hostilidad creciente.
El hermano de la víctima recordaba los incidentes. Primero fue sólo un dedo medio y gritos. Luego, hace año y medio, una roca grande estrelló el parabrisas de uno de los vehículos de Becerra. Semanas después, otra roca impactó su Range Rover. Los daños eran reales, pero nadie llamó a la Policía. Eran, después de todo, sólo piedras.
Hasta que dejaron de serlo.
El rastro fantasma
Los investigadores notaron inmediatamente las ausencias: la Ford F-150 Raptor de Becerra, negra y reluciente, había desaparecido. También su BMW. Y algo más inquietante: el sistema de cámaras de seguridad de Becerra había sido desmantelado. En su habitación, cables cortados colgaban donde debería estar el grabador de video digital. Quien hizo esto sabía exactamente qué buscar.
Afuera, en la tierra seca, yacía un casquillo calibre .45, brillando bajo el sol del desierto.
La esposa separada de Becerra confirmó lo que el hermano sospechaba: “Polo” era Leopoldo Ortega, de 25 años. Luego, flanqueada por su abogado, se negó a decir más.
Videos sin destruir
Ortega había sido cuidadoso, pero no lo suficiente. Cuando los oficiales encontraron la F-150 de Becerra en el Oeste de El Paso, descubrieron algo extraordinario en la caja de la camioneta: dos grabadores de video digital. Ortega había tomado los dispositivos, quizás pensando destruirlos después, pero nunca lo hizo.
Los agentes forenses del FBI procesaron la camioneta. Huellas dactilares en el capó, en la puerta del conductor. Todas coincidían con las de Leopoldo Ortega.
Pero fueron los videos recuperados los que contaron la historia completa de aquella noche del 27 de septiembre.
A las 10:47 p.m., una figura delgada aparece en la grabación, saltando ágilmente sobre la pared trasera de la propiedad de Becerra. El hombre está cubierto casi completamente: sudadera con capucha de manga larga, mochila, cubriendo su rostro excepto por una rendija para los ojos, guantes en las manos. Se mueve con propósito, como alguien que ha planeado cada paso.
Becerra sale al patio trasero, caminando hacia un cobertizo. Las cámaras no capturan el momento exacto, pero sí lo que sigue: una nube de polvo estalla contra la pared trasera de la casa, el inconfundible impacto de una bala disparada a corta distancia.
En el video, Becerra corre. Logra llegar al frente de su casa antes de que sus piernas cedan. Cae. Y se queda inmóvil.
Lo que sucede después es aún más escalofriante. Durante tres horas y media, el cuerpo permanece donde cayó. Entonces, a la 1:15 a.m., la figura regresa. Con movimientos metódicos, arrastra el cuerpo de Becerra. Hurga en sus bolsillos, buscando llaves, buscando acceso a todo lo que Becerra tenía.
Zapatos blancos y mentiras
El BMW apareció días después en el extremo Este de El Paso. Las cámaras de seguridad de las casas vecinas captaron a un hombre delgado entrando y saliendo del vehículo de lujo. Las imágenes no eran perfectamente claras, pero mostraban un detalle distintivo: zapatos Nike blancos de caña alta.
Mientras tanto, Ortega estaba desmoronándose. El 4 de octubre, una semana después del asesinato, llamó él mismo al Departamento del Sheriff. Estaba alucinando, insistía en que había alguien dentro de la casa que compartía con la ex esposa de Becerra. Los oficiales que respondieron encontraron a un hombre paranoico, descompensado. Y en el video de sus cámaras corporales, capturaron algo más: un par de tenis Nike blancos de caña alta junto a la puerta.
Al día siguiente, la mujer le dijo a Ortega que se fuera. “Ya no eres bienvenido”, le dijo. Él se fue sin sus pertenencias, sin sus zapatos, sin nada.
Cuando los investigadores le mostraron las capturas de los videos de vigilancia del BMW, ella reconoció inmediatamente la figura. “Es Leopoldo”, dijo. Y esos zapatos Nike blancos de caña alta en la imagen, confirmó, le pertenecían a él.
Mapa digital de un crimen
Los registros de ubicación del teléfono de Ortega trazaron un mapa perfecto del crimen. El 27 de septiembre por la noche: en la zona de la casa de Becerra. Los días siguientes: cerca de donde apareció la F-150 en el Oeste de El Paso, cerca de donde se encontró el BMW en el Este.
Era como si Ortega hubiera dejado un rastro de migas de pan digital, guiando a los investigadores directamente hacia él.
Final del camino
El 16 de octubre, casi tres semanas después del asesinato, agentes del Sheriff y miembros del Grupo de Trabajo de Fugitivos Lone Star de los U.S. Marshals rodearon una casa en Cimarron Market Avenue. Adentro encontraron a Leopoldo Ortega.
Ahora espera en la Cárcel del Condado de El Paso bajo una fianza de $250,000, enfrentando un cargo de asesinato. Una audiencia está programada para el 4 de noviembre.
En los documentos judiciales, no aparece ningún abogado que lo represente. Los registros tampoco mencionan si Ortega ha ofrecido alguna explicación de por qué saltó aquella pared la noche del 27 de septiembre, por qué llevaba guantes y una máscara, por qué un hombre de 25 años decidió que la única solución a un triángulo amoroso era una bala calibre .45…
Lo que sí queda en el registro es la meticulosa recolección de evidencia: las huellas dactilares en una camioneta robada, los videos que sobrevivieron al intento de destruirlos, unos zapatos Nike blancos, y los datos de ubicación de un teléfono celular que trazaron el mapa exacto de cómo “Polo” se convirtió en asesino.
Y en algún lugar, una madre llora a un hijo que dejó de contestar el teléfono, un hermano recuerda el momento en que abrió aquella puerta del garaje, y una familia entera se pregunta cómo piedras lanzadas contra un carro se convirtieron en algo mucho más oscuro.