En 48 horas, dos disparos federales en ciudades a miles de millas de distancia han trazado líneas invisibles que convergen en El Paso. La frontera que durante décadas ha sido puerta de entrada para millones de personas –unas buscando refugio, otras cumpliendo órdenes– se encuentra ahora en el centro de un doloroso debate nacional sobre el uso de fuerza letal en operaciones migratorias.
El miércoles, en Minneapolis, una madre de 37 años llamada Renée Nicole Good perdió la vida bajo las balas de un agente federal. Un día después, en Portland, dos migrantes venezolanos cayeron heridos por disparos de la Patrulla Fronteriza. Dos incidentes distintos, dos ciudades lejanas, un hilo conductor: El Paso.
El agente que disparó en Minneapolis pasó casi una década patrullando la frontera en El Paso. La mujer herida en Portland cruzó irregularmente a Estados Unidos precisamente por ese mismo sector fronterizo. Son las paradojas de una frontera que moldea vidas en ambos lados –las de quienes vigilan y las de quienes cruzan– sólo para verlas colisionar años después en escenarios que nadie pudo anticipar.
Un agente forjado en la frontera
Jonathan Ross llegó a El Paso en 2007 con 28 años y una misión: proteger uno de los corredores fronterizos más activos del país. Durante casi diez años, el entonces agente de la Patrulla Fronteriza se especializó en inteligencia de campo, analizando los movimientos de cárteles, las rutas del tráfico de drogas y las redes que trasladaban personas a través del desierto de Chihuahua hacia Texas.
Fueron años de formación en un entorno donde la amenaza se percibe constante, donde cada vehículo detenido puede esconder algo peligroso, donde la desconfianza es protocolo. En 2015, Ross dio el salto a ICE como oficial de deportación, llevando consigo la experiencia –y quizás también los reflejos– adquiridos en una de las fronteras más complejas del mundo.
Ahora, a los 43 años, veterano de la guerra de Irak, esposo de una ciudadana estadounidense de origen filipino y padre devoto según su familia, Ross está en el centro de una tormenta nacional. El pasado miércoles, durante una operación de ICE en Minneapolis, disparó su arma y acabó con la vida de Renée Nicole Good, quien según testigos intentaba alejarse en su vehículo del operativo federal.
“Nunca encontrarías a una persona más amable, más bondadosa”, declaró su padre, Ed Ross, al Daily Mail, describiendo a su hijo como “un cristiano conservador comprometido, un padre tremendo, un esposo tremendo”.
Las autoridades federales sostienen que Ross actuó en defensa propia, que Good intentó arrollarlo con su camioneta SUV. Pero testigos presenciales y videos difundidos en redes sociales han sembrado dudas sobre esa versión. ¿Estaba realmente en peligro el agente? ¿O los años de entrenamiento fronterizo condicionaron una respuesta letal donde quizás había otras opciones?
El FBI ha asumido el control de la investigación, marginando a las autoridades estatales de Minnesota, un movimiento que ha intensificado las sospechas sobre la transparencia del proceso.
Mientras tanto, Ross permanece identificado pero no arrestado, protegido bajo el paraguas de “defensa propia” que el presidente Trump y la secretaria de Seguridad Nacional, Kristi Noem, han reforzado públicamente. Noem llegó incluso a calificar a la víctima como “terrorista doméstica”.
Para quienes conocieron a Ross en El Paso, el caso plantea preguntas incómodas: ¿Qué efectos tiene trabajar años en la frontera sobre la percepción del peligro? ¿Se trasladan esos instintos a comunidades del interior donde las dinámicas son completamente diferentes?
No era la primera vez que Ross enfrentaba violencia en su trabajo. En junio pasado, en Bloomington, Minnesota, fue arrastrado más de 100 yardas durante una parada de tráfico cuando un inmigrante indocumentado guatemalteco se resistió al arresto. Ross terminó hospitalizado con lesiones graves en el brazo y la mano que requirieron 33 puntadas. Sobrevivió, se recuperó y continuó en el equipo de respuesta especial de ICE.
Ahora es él quien ha disparado. Y es una ciudadana estadounidense quien no sobrevivió.
La frontera que no se cierra
Apenas 24 horas después del tiroteo en Minneapolis, en Portland, Oregon, la violencia volvió a estallar. Esta vez fueron dos los baleados: Luis David Nico Moncada y Yorlenys Betzabeth Zambrano-Contreras, ambos venezolanos, ambos vinculados por las autoridades federales al grupo criminal ‘Tren de Aragua’.
Según el Departamento de Seguridad Nacional, Zambrano-Contreras cruzó ilegalmente a Estados Unidos en 2023 cerca de El Paso, Texas. Fue una más entre miles que atravesaron esa frontera en años recientes huyendo de la crisis en Venezuela. Fue liberada dentro del país, como era práctica común durante el aumento migratorio. Y según las autoridades, terminó involucrada en una red de prostitución ligada al ‘Tren de Aragua’ y en un tiroteo previo en Portland.
Moncada, por su parte, habría ingresado irregularmente en 2022 y acumula arrestos por conducir ebrio y uso no autorizado de vehículos. Ambos tienen órdenes de deportación.
El jueves por la noche, cerca de un hospital en el Sureste de Portland, un agente de la Patrulla Fronteriza abrió fuego contra el vehículo en que viajaban. Las autoridades federales afirman que el conductor usó el automóvil como arma, intentando atropellar a los agentes. Esa versión, al igual que en Minneapolis, no ha sido verificada de forma independiente.
Ambos sobrevivieron. Pero el incidente ha avivado el escrutinio nacional sobre las tácticas federales y el uso de fuerza letal en operativos migratorios que se multiplican en ciudades del interior del país.
Para El Paso, la conexión es dolorosa y reveladora. Esta ciudad ha sido durante generaciones un lugar de encuentros y despedidas, de familias divididas y reunidas, de esperanzas plantadas en el desierto. Ahora es también el punto de partida de historias que terminan en balas a miles de kilómetros de distancia.
Preguntas sin respuesta
Los dos tiroteos han desatado protestas en múltiples ciudades y exigencias de reformas en las agencias federales de inmigración. Activistas y líderes comunitarios señalan que los casos evidencian una cultura de impunidad y una formación insuficiente en el uso de fuerza.
“¿Cuántas balas más tienen que dispararse antes de que admitamos que algo está profundamente roto en estas agencias?”, preguntó una activista durante una vigilia en Minneapolis por Renée Nicole Good.
En Portland, autoridades estatales y locales han solicitado una investigación independiente del tiroteo, mientras el FBI, una vez más, lidera la indagatoria federal.
El Paso permanece distante geográficamente de estas tragedias, pero está atado a ellas por historias que comenzaron aquí: la de un agente que aprendió su oficio en esta frontera, la de una migrante que la cruzó buscando un futuro que terminó en violencia.
Son las consecuencias imprevistas de una frontera que nunca cierra, que moldea a quienes la cruzan y a quienes la custodian, que convierte vidas en estadísticas y personas en casos.
Mientras las investigaciones avanzan, El Paso observa con dolor cómo su nombre resuena en titulares nacionales, no por lo que ocurrió aquí, sino por lo que comenzó aquí y terminó en disparos a miles de millas de distancia.
Dos ciudades. Dos tiroteos. Una frontera que conecta tragedias que el país aún intenta comprender.