Ciudad de México.- Conocí una parte de Venezuela hace algunos años. Solo tengo agradecimiento por su trato digno y francamente delicado. Su gente es, en su inmensa mayoría, generosa y humilde. Ese dar sin esperar algo a cambio, privilegia la comunicación que se complementa con un ademán y un gesto convertido en sonrisa.
Ellos (los venezolanos) saben que forman un país inmensamente rico en la producción de hidrocarburos, porque la principal actividad económica de Venezuela es la explotación y refinación del petróleo para la exportación.
A pesar de ser uno de los países con mayor riqueza por la explotación de petróleo, este año un cincuenta por ciento de la población está situada en el nivel de pobreza extrema, de acuerdo a diversas fuentes de organismos internacionales de derechos humanos (Venezuela tiene aproximadamente 30 millones de habitantes).
Estamos hablando de que, al menos, 15 millones de venezolanos viven en el rango de pobreza extrema, es decir, sin los cinco elementos básicos de sobreviviencia: alimentación adecuada, educación, ingresos salariales, vivienda y salud.
Será por eso (no es pregunta, es afirmación) que al menos seis millones de venezolanos han abandonado su país en los últimos cinco años, pues de acuerdo a la Organización Internacional para las Migraciones (OIM) de la Agencia de la ONU para los Refugiados, es Venezuela la nación de poblaciones desplazadas más grandes del mundo.
Las cifras de organizaciones internacionales son preocupantes: de 2018 a 2024, unos 7.7 millones de venezolanos han huido de su país hacia otras naciones, principalmente México, que se ha convertido en el paso obligado de esta ola de migración que busca llegar a los Estados Unidos, tratando de alcanzar una mejor calidad de vida.
Por eso, desde este espacio que solamente busca una reflexión sin la más mínima intención de opinar sobre el proceso electoral que recién ocurrió en Venezuela, intento un mensaje que quizás no llegue a ninguno de sus habitantes, pero por la amistad que con algunos de ellos me une, me atrevo a escribirlos.
Deseo fielmente que sus heridas, las que nadie tiene en carne propia, sanen pronto y que ese sufrimiento que soportan en silencio, con miedos y temores por las noches de incertidumbre por no saber cómo amanecerá mañana, desaparezca lo más pronto posible.
Me gustaría que las decepciones tan profundas y que lastiman a hombres, mujeres y niños, pudieran quedar en el pasado inmediato para que les acompañe una cicatriz de las emociones que no han cerrado.
Que todo aquello que les ha golpeado hasta la indecible forma de caminar miles de kilómetros para alcanzar un sueño, que a veces se traduce en muerte, quede en un simple mal recuerdo que ustedes nunca pidieron y que jamás anhelaron.
Quisiera entender cómo se van quedando sus esfuerzos en excusas que otros entendieron como “justicia”, para transformarse en un aprecio que no han tenido en años, aunque te lo hayan ofrecido como engaño y ahora sean mentiras y desencantos.
Cómo me gustaría ayudarte a que sea menos doloroso eso de curar tus dolores, los que tragaste en total indefensión; me gustaría entender que soñaste con recibir lo que te ofrecieron y nunca llegó. Deseo que cures por dentro, lo que por fuera no puedes gritar, por miedo o por desesperación.
Deseo que te deje de doler la llaga que no cierra. Que la pretensión de estar mejor, cuando la realidad es terrible, cambie de buscar el alimento entre las sobras del poder, a la enmienda de libertad para encontrar lo que a tu familia le pertenece.
Ya no quiero que te tragues el llanto, tu llanto y el de tus hijos y que lo grites en lo más alto de una colina, libre, sin ataduras ni brazaletes de un luto que no te pertenece porque nunca fue tuyo. Ese enojo, la tristeza, la sonrisa escondida y hasta la frustrada diversión empobrecida, tienen que salir de tus venas.
Esa soledad que taladra el alma y engendra demonios que se anidan en tu corazón y en tu piel, son los mismos que se rinden ante una noche que parece eterna, pero que debe llegar a un punto final.
En este intento reflexivo por lo que sufres, por lo que te duele, quisiera acompañarte con una frase que no llegará más allá de eso, de un acompañamiento moral: espero que cures tus heridas y sea una pesadilla de la que mañana te rías. Porque no me gustaría una carta tuya, a mí, por lo mismo. Al tiempo. (Con profundo respeto a todos los venezolanos y, en especial, a mis seis amigos de esa increíblemente bella nación).