Ciudad de México.- Todos contra todos, unos contra otros, los mismos contra los de enfrente, los de casa contra los suyos… son escenas que se han hecho tan frecuentes, que se está perdiendo la capacidad de asombro.
Vamos: no se necesita ser un experto en estrategias políticas, para darse cuenta que, en los últimos meses en México, esto de la civilidad es un tema sepultado a varios metros bajo tierra.
Dejemos a un lado los enfrentamientos entre actores de distintos partidos políticos: dentro de casa, los mismos, es contra los mismos y van con todo, sin medir alcances, menos consecuencias.
Hay algunos analistas aseguran -me lo juran- que se trata de estrategias muy bien marcadas para posicionar la marca. “Aunque hablen mal de ti, pero que hablen”, dicen los que manejan el marketing político.
No estoy tan seguro que eso sea efectivo. Por el contrario: el descrédito, la difamación y la calumnia, son elementos que en el terreno de la mercadotecnia política generan la desconfianza de quienes portan en sus camisetas la marca del partido que representan.
Alguna vez tuve la fortuna de entrevistar a uno de los más famosos boxeadores mexicanos -hace varias décadas-, cuando tenía en su poder esos récords que se presumen en las paredes y en los salones de la fama.
Me dijo: “hasta para madrear a alguien, se necesita estilo, elegancia, pero sobre todo, respeto. Cuando te subes al cuadrilátero, sabes muy bien que vas por el triunfo, pero una cosa es pelear y otra, muy distinta, humillar a tu oponente”.
Pero necesitas de todo para ganar- le aseguré, a manera de pregunta. “Sí, así es, pero no es lo mismo golpear a tu adversario que derribarlo y burlarte de él cuando está en la lona”, me contestó.
Te preparas para cada pelea, sabes muy bien cómo es tu adversario, ya lo estudiaste, ya sabes de cuáles de sus golpes debes cuidarte- le insistí.
Exacto. Y también él me conoce, me ha analizado, está preparado para defensa y ataque. Ambos sabemos a qué vamos, pero una cosa es cierta: si arriba, en el cuadrilátero, perdemos el respeto, el (público) respetable, aunque ganes, te lo va a cobrar…
Esta entrevista la publiqué el mismo día de su pelea. Cuando ganó, que fueron por decenas sus triunfos, lo volví a ver en su camerino. Me concedió ese honor. “¿Viste cómo se levantó a saludarme? De eso te hablo: respetar al enemigo, tratarlo con respeto y dignidad, para que no sienta los madrazos, sino que le gané a ley, sin necesidad de ofenderlo. No necesité denigrarlo antes de la pelea, ni hablar mal de él. Mis guantes contra los suyos, eso es lo único que debe existir”. Me despedí sutilmente, y me abrazó con aprecio.
Aquella entrevista y mi crónica de su pelea, vienen a mi mente a propósito de lo que últimamente estoy observando en el cuadrilátero político. Hay actores que respetan a su adversario, pero hay otros que se tiran a matar, con ofensas, con ataques innecesarios, con formas que no se habían visto en décadas.
¿Formas? Sí: formas. Denigrar al adversario en un vocabulario que raya en lo corriente, ridículo y hasta cantinero, es la forma de hablar de uno mismo. Personajes que lanzan ataques sin medir sus propias palabras, es la peor carta de presentación.
Difama, que algo queda, proviene de la mano derecha de Adolfo Hitler, Joseph Goebbels que sostenía: “Miente, miente, miente que algo quedará, cuanto más grande sea una mentira más gente la creerá”. Lo dijo cuando era el Ministro para la Ilustración Pública y la Propaganda durante el III Reich.
Hoy lo vemos sin escrúpulos, sin medida, sin miramientos. Y lo estamos observando de unos contra otros, de otros contra algunos, de los mismos contra sus supuestos aliados y entonces la pregunta es evidente: ¿qué esperamos en un par de años, cuando vengan las campañas?
Porque si en un cuadrilátero, hay reglas no escritas de respeto, dignidad y estilo, en un ring político… ¿habrá respeto? No lo creo, porque si no se respetan entre “amigos”, qué esperan los enemigos. Al tiempo.