Con mucho afecto y mi admiración dedico esta crónica del Juárez que se nos fue, al Licenciado José Guillermo Dowell Sánchez

Faltaban quince para las cinco cuando salimos de “El Tragadero”, el mejor lugar para comer un buen filete de res, mi papá discutía algún pasaje periodístico con Don Armando Rauda; quizá el debate sea por una fecha o un personaje. No coinciden. Pero, cuando hay amistad, disentir también es una muestra de afecto. Considerando eso, podría decir que son muy buenos amigos.

Caminamos hacia el norte unos pasos y, en la esquina de las calles 16 de septiembre y Constitución, mi mamá dice con alegría “vean” y señala con el índice a lo alto. Ya es el mes de marzo y hay un nuevo espectacular en el techo de una vieja casona. La imagen es de Jesús Macías Delgado, “Chuy”, de 43 años, que es candidato a gobernador. Su carrera fue meteórica, en diez años llegó tan alto que alcanzó “a arañar las nubes” del poder; tras ser líder empresarial se pasó al gobierno y fue recaudador de rentas, el hombre más cercano al gobernador en turno, luego alcalde, “Chuy” es un juarense muy carismático, pocos tienen ese “feeling” con la gente, si a eso le sumamos la fortaleza casi invencible del PRI, el pronóstico es un triunfo seguro.

Seguimos caminando por la “Six-ten”, más adelante está el Hotel San Antonio que ya solo funciona como salón de fiestas, atrás quedó la época dorada en que recibía a viajeros en sus cuartos. Aun así, cada fin de semana hay bodas y quinceañeras en los salones de los últimos pisos. El frío mármol que lo envuelve parece una pista de hielo en el recibidor, un hombre con smoking y zapatos de charol está en la puerta listo para recibir a los celebrantes en aquel palacio popular.

En la calle, se escuchan los últimos estertores de una humeante rutera, el motor truena como si fueran toritos pirotécnicos en una feria patronal, el armatoste pone el “beat” como un sonidero urbano que inevitablemente es fundido con los corridos norteños que se ensanchan con el rechinar del acordeón, mientras los espíritus de Baco deambulan debajo de los arcos en el Mercado Juárez. Los comensales ríen y cantan, grupos de gringos y chicanos se mezclan entre las mesas de lámina con logos de Carta Blanca y los vendedores de artesanías esperan pacientes el momento ideal para vender un colguije.

La tarde está en su mejor momento, pero la cresta de la ola también es el inicio del declive, por ahora, los rayos del sol desfilan por la calle, pero pronto llegará la noche y, con ella, la fantástica vida nocturna.

De esquina en esquina, el Centro de Juárez cuenta cientos de historias. Dos calles más adelante, en la mera esquina, aguarda una dama urbanística, la casa solariega que hemos nombrado: Cine Victoria, que se encuentra la calle Francisco I. Madero, donde nadie la ve, pero de vez en cuando se aparece como un fantasma, la galería encierra risas y llantos de quienes se arellanaban en las butacas de terciopelo color burdeos.

Conté 24 pisadas y pasamos por la ventana de las “Tortas Nico”, donde un pavo inmenso se asoma desde la cocina, mientras los guisadores rebanan preciosas láminas de su pechuga y, con ritmo del “Concierto de Aranjuez”, van armando el platillo como si fueran autos: un pan, mantequilla, una cachetada de frijoles, cebolla y el rey: el jugoso pavo, para finalmente coronar con otro pan, acompañado de chiles, zanahoria y ajos en escabeche. ¡Opíparo!, diría mi papá. Sin duda, el platillo es un acervo cultural hecho torta y, para muchos, una religión.

En la Calle Ramón Corona, el banco Banamex anuncia su nueva cuenta para niños como una forma de enseñar a ahorrar a los pequeños, el paquete incluye una alcancía y un libretón. Enseguida, el Edificio Continental permite en su pasaje acortar la distancia hasta la Lerdo. Caminamos y salimos por donde está el restaurante “El Coyote Inválido”, uno de los desayunaderos de la clase política y los empresarios, afuera, ya sobre la Lerdo, el sitio de taxis “El Viejo Tívoli” tiene una ringlera de autos, el primero, es un Ford Crown Victoria de 1981, 8 cilindros, recién pintado de color amarillo, con placas fronterizas color azul, una joya mecánica del Centro de Juárez.

Nuestro destino era el Edificio Carlos Villarreal, el primero que se construyó de seis pisos en la Ciudad, del cual ahora funcionan solo dos oficinas en el segundo piso, el resto del inmueble está abandonado. El lugar rememora el auge inmobiliario de finales de los años sesenta y principio de los setenta. La primera vez que entré ahí fue en 1988 y nunca funcionó el elevador, ahí, mi papá tenía una oficina con el número 201, en la mera esquina con la Avenida Ramón Corona en la que, desde el balcón, se podía ver cuando el sol se esconde detrás de la Ex Aduana.

Al subir las escaleras, una canción se escapa de un cuarto que usan como bodega y reverbera en las paredes. Es el velador que, al llegar, sigue la misma rutina: se sienta en una vieja silla y enciende la radio. En un instante se pasa la vida y en ese preciso instante tocaron una canción del grupo juarense Chaveña Brass.