En la actualidad, las familias se ven en la necesidad de romper esquemas en los que el padre y la madre se han vuelto un sustento para sus hogares. Atrás quedaron los días en los que los roles y estereotipos de género establecían posiciones muy marcadas, en las que el padre era el único encargado de proveer y la madre permanecía al cuidado de los hijos. Los tiempos cambian, y la posibilidad de introducirse en la vida profesional se ha abierto en sus múltiples posibilidades tanto a mujeres como a hombres. Sin embargo, este equilibrio que poco a poco se ha forjado supone también el reto de llevar una vida familiar lo más equilibrada posible, lo que genera en muchas familias la necesidad de confiar en familiares, amigos o instituciones especializadas para el cuidado de sus hijos.

Esta situación es de lo más delicada. La integridad de los menores es un tema que no se puede tomar a la ligera y mucho menos tratar con soltura y poca responsabilidad. Recientemente, esa confianza fue rota para un grupo de madres y padres de familia que, pensando que sus hijas e hijos se encontraban en un mundo de colores, pusieron a sus hijos al cuidado de personas que resultaron presuntamente ser el calvario para más de un veintenar de infantes. Lo sucedido en la guardería “Mi Mundo de Colores” en Ciudad Juárez ha sacudido la conciencia colectiva y nos recuerda una de las realidades más dolorosas de nuestra sociedad: la vulnerabilidad de los niños y la impunidad que muchas veces prevalece ante los delitos cometidos en su contra.

Los padres y madres de familia tienen el deber de permanecer atentos a cualquier señal que indique un cambio de comportamiento en sus hijos. La infancia no miente, pero su lenguaje no siempre es explícito; es en los silencios, en las miradas esquivas, en las pesadillas recurrentes y en los cambios de humor donde se encuentran las primeras pistas de que algo no está bien. La negación nunca ha sido ni será una opción. Guardar silencio ante una sospecha, restarle importancia a una inquietud o temer al qué dirán solo abona al camino de la impunidad.

Asimismo, las autoridades deben asumir su responsabilidad con seriedad y compromiso. No basta con declaraciones condenatorias y promesas de justicia que se disuelven con el paso del tiempo; es imprescindible que se garantice la protección de las víctimas y que se castigue con todo el peso de la ley a quienes resulten responsables. La sociedad en su conjunto no puede permanecer indiferente. El silencio cómplice es el mejor aliado de los agresores. Se requiere un esfuerzo conjunto en el que cada persona, desde su trinchera, actúe con responsabilidad y denuncie cualquier hecho que atente contra la dignidad y seguridad de la niñez.

Es momento de que la impunidad deje de ser el desenlace predecible de estos casos. La justicia no puede depender de la presión mediática ni de la magnitud del escándalo. Si realmente aspiramos a un país donde la infancia crezca libre de temor, es imperativo que la denuncia se convierta en un acto natural y no en un evento extraordinario. La protección de nuestros niños y niñas no puede ser solo una aspiración, sino una obligación ineludible de todos. Solo así lograremos construir una sociedad donde la confianza no sea un privilegio, sino una certeza.

Como padre, me resulta aterrador saber que mis hijos puedan ser víctimas. Es por ello que mi apoyo está con esas madres y padres de familia que hoy luchan y reclaman justicia. Sin duda, su sentir no puede ser comparado ni podemos saber qué pasa por sus mentes. Sin embargo, su lucha será la lucha de muchos que, al igual que ustedes, buscamos lo mejor para nuestras hijas e hijos. ¡Fuerza!