Con la eliminación de México en su propio mundial, el 3-2 ante Inglaterra no solo sepultó las aspiraciones deportivas de la selección de levantar la copa, sino que apagó las ilusiones de miles de mexicanos que, ya sea por moda o por un auténtico espíritu futbolístico, mantuvieron la fe porque ¿y si sí? Pero, como en toda historia trágica, la realidad se hace presente y muestra los claroscuros que pueden desencadenarse aun en los momentos más felices de los protagonistas. Ahora que el foco de atención se apaga para los mexicanos, la realidad del país se proyecta lentamente para revelar las cosas a las que en verdad se debería poner atención.
Para el gobierno federal la consigna fue clara: proyectar alegría, pulcritud y estabilidad ante los visitantes extranjeros, algo que choca de frente con las decadencias que se advierten con solo poner atención a las calles del país, y de manera particular a las de una frontera, donde la fiesta mundialista se vivió a la distancia, entre la nostalgia por los partidos que no llegaron a la ciudad y el peso de una realidad que no se detiene por ningún torneo.
Mientras aficionados y familias se entretenían viendo las justas deportivas, otras historias fueron sistemáticamente minimizadas o relegadas a lo más profundo de la agenda pública. Colectivos de madres buscadoras marcharon desde antes del silbatazo inicial para recordar que en el país continúan sin localizarse más de ciento treinta mil personas, cifra que no dejó de crecer ni un solo día del torneo. En Chihuahua, organizaciones que acompañan a las familias han documentado más de cuatro mil ochocientas carpetas de investigación abiertas por desaparición, de las cuales una parte considerable corresponde solo a mujeres desaparecidas en Ciudad Juárez, además de más de una decena de víctimas de homicidio doloso registradas en lo que va del año en la ciudad. Esas cifras no salieron en los estadios ni acompañaron las transmisiones oficiales, pero conviven, calle de por medio, con el ambiente festivo que se buscó proyectar al mundo.
El mundial operó como el salvavidas político perfecto. Resulta grotesco observar cómo las fiscalías y las dependencias gubernamentales, usualmente lentas y en ocasiones incompetentes frente a la delincuencia diaria, operaron durante el torneo con una eficiencia que, aunque no perfecta, alcanzó los mínimos necesarios solo para satisfacer las exigencias de un organismo internacional del futbol y de los millones de turistas extranjeros que llegaron al país. Y es que ha quedado claro que cuando existe patrocinio multimillonario de por medio, la seguridad y la paz resultan ser posibles, aunque sea de manera temporal y selectiva.
Las madres buscadoras lo dijeron de la manera más directa posible durante sus protestas: todo el dinero, la seguridad y el despliegue humano destinado a embellecer las sedes del torneo debería destinarse también a la localización de sus hijas e hijos. No pidieron nada distinto a lo que cualquier familia esperaría del Estado en circunstancias normales.
Algo que no deja de ser predecible y vergonzoso es, sin duda, la necesidad de colgarse de cualquier rastro de identidad nacional. Se trata, sobre todo, de la representación política, particularmente de quienes buscan empatizar con el ciudadano de a pie y proyectan una imagen de apoyo incondicional y pesar por la eliminación del equipo. Sin duda, el método más burdo del nacionalismo, uno que rara vez se traduce en políticas concretas.
Y es que, aunque triste para muchos la salida de México del mundial, la tregua artificialmente construida alrededor del torneo está próxima a terminar. Los balones dejarán de rodar, los millones de turistas regresarán a sus países y los mexicanos, los mexicanos nos quedaremos nuevamente con la tragedia de nuestro día a día: una realidad de violencia, desapariciones, asaltos en carretera y conflictos que ni los goles ni las copas habrían podido resolver. En Ciudad Juárez, como en tantas otras ciudades del país, esa realidad nunca dejó y parece que no dejará de estar ahí, hubiera mundial o no. Parte de nuestra triste, pero a fin de cuentas realidad.