Las luces se apagaron sin ceremonia y sin alfombra roja. En una tarde gris de esta semana, los letreros luminosos del Alamo Drafthouse en El Paso dejaron de brillar, marcando no sólo el cierre de un negocio, sino el final de un ritual compartido por miles de habitantes de la ciudad fronteriza.
Para muchos, la noticia no llegó como un anuncio corporativo, sino como una despedida inesperada de un espacio donde se tejieron recuerdos cotidianos: primeras citas, cumpleaños improvisados, discusiones cinéfilas al salir de la sala y el sonido casi sagrado de las palomitas abriéndose en la oscuridad.
Las dos salas de la cadena en la ciudad –ubicadas en Montecillo y en el East Side sobre Pellicano Drive– cesaron operaciones junto con complejos en Houston y Lubbock. En su sitio web, la empresa agradeció a empleados y asistentes, señalando que los cierres responden al fin de su relación con el socio franquiciado Triple Tap Ventures y a un proceso de reestructuración y posible rebranding.
Los boletos dejaron de estar disponibles más allá del 7 de febrero, y aunque la compañía anunció reembolsos automáticos para entradas y membresías, para muchos clientes ningún crédito electrónico compensa la pérdida de la experiencia compartida.
Porque el Alamo Drafthouse, para sus asistentes, nunca fue sólo un cine.
“Traje aquí a mi hija a ver su primera película en pantalla grande”, recuerda María Sánchez, residente del East Side. “Todavía me pregunta cuándo volvemos. No es sólo ver cine, era nuestra tradición de fin de semana”.
En los pasillos que ahora permanecen vacíos, aún parece flotar la memoria de ese sistema peculiar de ordenar comida con papel y lápiz, una práctica que distinguía a la cadena y que para algunos simbolizaba una resistencia romántica ante la digitalización total del entretenimiento.
La ironía no pasó desapercibida entre los fanáticos cuando, meses atrás, la empresa anunció que migraría los pedidos exclusivamente a teléfonos móviles, rompiendo con una de sus señas de identidad.
Para Carlos Herrera, egresado de la Universidad de Texas en El Paso (UTEP), la pérdida es también social. “Después de clases siempre íbamos. Era donde descubríamos películas juntos, donde nos reíamos y discutíamos al salir. No era sólo la pantalla; era la conversación que seguía”, dijo.
El cierre en El Paso se inserta en un contexto más amplio y complejo: la transformación silenciosa –y a veces abrupta– de la industria cinematográfica tras la pandemia.
Antes de 2020, acudir al cine seguía siendo un hábito cultural profundamente arraigado. Sin embargo, los confinamientos globales obligaron al cierre masivo de salas y empujaron a millones de espectadores a adoptar el streaming como principal vía de consumo audiovisual.
Aunque los cines reabrieron, la asistencia nunca volvió plenamente a sus niveles previos. Las plataformas digitales consolidaron una comodidad difícil de revertir: estrenos inmediatos, catálogos infinitos y la posibilidad de pausar la historia con un botón.
Ese cambio de hábitos ha reducido márgenes, acortado ventanas de estreno exclusivas en salas y obligado a cadenas a reinventarse o desaparecer. Incluso marcas con identidad fuerte, como Alamo Drafthouse –fundada en Austin en 1997 por Tim y Karrie League y adquirida en 2024 por Sony Pictures Entertainment– han enfrentado presiones financieras y ajustes estructurales. Aunque la compañía mantiene decenas de ubicaciones en Estados Unidos, los cierres recientes revelan que la recuperación del cine presencial sigue siendo frágil.
Pero en El Paso, la explicación económica no mitiga la sensación de pérdida íntima.
“Con Netflix puedo ver cualquier cosa en casa,” dice Ana López, residente del área Central. “Pero no es el mismo sentimiento. El cine te obligaba a vivir la película con otros, a reír con desconocidos. Eso no lo reemplaza ninguna plataforma”.
Para Clara Delgado, madre de dos hijas, de 17 y 12 años, el recuerdo es casi doméstico. “Preparábamos nuestra salida como si fuera un picnic. Era nuestro lugar especial. Ahora sólo quedan fotos y esa sensación de que algo muy nuestro se fue”.
El silencio que hoy habita esas salas no es únicamente la ausencia de proyecciones, sino la pausa de una costumbre colectiva. Allí donde antes la oscuridad unía a extraños durante dos horas, ahora queda la luz blanca de un local cerrado y la incertidumbre de si volverá a encenderse. La empresa ha expresado su deseo de regresar algún día a estas comunidades, pero para muchos residentes la despedida ya tiene peso de despedida definitiva.
En una época en la que el entretenimiento cabe en la palma de la mano y los algoritmos recomiendan historias a la medida, el cierre del Alamo Drafthouse en El Paso recuerda que el cine –más que una industria– fue durante décadas un acto comunitario. Un lugar donde la ficción se volvía conversación, y la pantalla grande, un espejo compartido.
Ahora, las historias continúan, pero cada vez más, se ven en soledad. Y para quienes crecieron bajo la tenue luz de esas butacas, la pérdida no es sólo de un edificio, sino de una forma de estar juntos.