Durante varias semanas, una pregunta sencilla recorrió las calles, las redes sociales, las oficinas y las reuniones familiares: «¿Y si sí?». No hacía falta explicar demasiado. Todos entendíamos que detrás de esas tres palabras estaba la posibilidad, remota pero emocionante, de que la selección mexicana hiciera algo histórico en el Mundial.
La ilusión terminó este domingo. México perdió 3-2 frente a Inglaterra en los octavos de final. La derrota dolió porque, por momentos, sentimos que la historia podía cambiar. Vimos a un equipo competir, resistir y luchar hasta el final. Sin embargo, más allá del resultado, creo que este Mundial nos dejó algo que no deberíamos permitir que desaparezca con el silbatazo final: la capacidad de los mexicanos para creer juntos.
Durante los partidos se suspendieron, al menos por unas horas, muchas de nuestras diferencias. Personas de distintas edades, regiones, condiciones económicas, ideas políticas y formas de vida compartieron una misma emoción. Nos abrazamos con desconocidos, celebramos los goles como si fueran propios y recuperamos esa sensación de pertenecer a algo más grande que nosotros mismos. Entonces me pregunto: ¿qué pasaría si lleváramos ese entusiasmo más allá del futbol?
¿Y si sí pudiéramos construir un mejor sistema de salud? ¿Y si sí lográramos vivir en ciudades más seguras? ¿Y si sí tuviéramos escuelas que ofrecieran oportunidades reales para todos? ¿Y si sí alcanzáramos condiciones laborales más justas? ¿Y si sí dejáramos de pensar que los problemas de México siempre deben resolverlos otros?
Es evidente que estas preguntas no se responden con entusiasmo momentáneo ni con buenos deseos. Los problemas en nuestra Ciudad Juárez, en nuestro México, requieren instituciones eficaces, autoridades responsables, políticas públicas adecuadas y una ciudadanía exigente. Pero también requieren algo que pocas veces reconocemos: disposición para colaborar, confianza en los demás y voluntad de asumir responsabilidades.
Con frecuencia reclamamos honestidad a nuestros gobernantes, pero justificamos nuestras pequeñas trampas cotidianas. Exigimos respeto a la ley, aunque buscamos la manera de evadirla cuando nos incomoda. Pedimos solidaridad, pero permanecemos indiferentes ante las dificultades de quienes viven cerca de nosotros. Queremos un país distinto, aunque muchas veces esperamos que el cambio comience siempre en otra persona. Por eso pienso que el verdadero «¿Y si sí?» debe empezar en nosotros mismos.
¿Y si sí somos más honestos, incluso cuando nadie nos observa? ¿Y si sí actuamos con mayor empatía frente a quien piensa diferente? ¿Y si sí asumimos con responsabilidad nuestro trabajo, nuestra familia y nuestra comunidad? ¿Y si sí practicamos una solidaridad que no se limite a los discursos ni a las fechas especiales? ¿Y si sí entendemos que la fraternidad también consiste en cuidar al desconocido, respetar las reglas y participar en los asuntos públicos?
No se trata de romantizar la unidad juarense o mexicana, ni de pensar que todos debemos opinar igual. Una sociedad democrática necesita diferencias, debate y crítica. La unión no significa uniformidad; significa reconocer que, pese a nuestras diferencias, compartimos problemas y también un destino común.
La selección mexicana quedó eliminada, pero la esperanza que despertó no tendría por qué quedar fuera del torneo. Tal vez no ganamos el Mundial, pero durante algunos días recordamos que todavía somos capaces de ilusionarnos juntos. Ahora el reto es más importante: convertir esa emoción en compromiso cotidiano.
Porque Juárez y México no cambiará con un solo partido, una sola elección o una sola persona. Cambiará cuando suficientes mexicanos decidamos hacer bien la parte que nos corresponde.
¿Y si sí?