Después del escandaloso concierto del pasado 29 de marzo, cuando el grupo musical Los Alegres del Barranco, realizó un “homenaje” al líder del Cártel de Jalisco Nueva Generación (CJNG), Nemesio Oseguera Cervantes, las autoridades de todos los niveles pararon antenas.
No solo eso… se encendieron los focos rojos por dos razones: mientras el gobierno federal intenta responder con acciones a Donald Trump, en el combate al narcotráfico, la tolerancia a este tipo de espectáculos manda un mensaje totalmente opuesto.
Dos: es evidente que se trata de un reto de los grupos criminales a las autoridades, en el sentido de que además de seguir libres y actuando de manera abierta, también son capaces de controlar hasta los mismos espectáculos que, se supone, debieran ser un entretenimiento, no una apología del delito.
En el estricto sentido lingüístico, apología significa “defensa, justificación o exaltación, por medio de la palabra, de alguien o algo”. Delito, vamos, definición simple: “acto o hecho reprobable; acción voluntaria o imprudente castigada por las leyes penales”.
Si nos remontamos a la historia reciente, desde finales del siglo pasado los narcocorridos ya representaban un forma de “contar” historias o reseñar hechos protagonizados por delincuentes; el problema es que, hoy, a diferencia de hace tres décadas, este tipo de expresiones musicales ya son controladas por los mismos grupos delincuenciales.
Para nadie es un secreto que, voluntaria u obligadamente, autores mexicanos y cantantes famosos han escrito o interpretado corridos que ensalzan la vida y crímenes de peligrosos narcotraficantes. Olvidémonos de letras que alguna vez los célebres “Tigres del Norte” se atrevieron a interpretar.
Hoy estamos frente a una embestida brutal de canciones que son una verdadera y descarada apología de criminales, conocidos o no, pero que mediante esta expresión que debe ser artística cien por ciento, se hacen más famosos, sobre todo cuando la orden de componer corridos viene directamente de las cabezas del crimen organizado. Todavía más: el nivel de ofensa a las mujeres, es gravísimo.
Por eso, cuando el pasado 29 de marzo, en el autoritario Telmex de Guadalajara, el grupo “Los Alegres del Barranco” situaron imágenes en su espectáculo del líder del CJNG, abrieron en definitiva varias líneas de investigación.
El gobierno de Jalisco, a través de su Fiscalía General, advirtió que ya se investiga como posible apología del delito; el mismo grupo musical debió dar la cara, ofrecer disculpas y decir que habían recibido amenazas de muerte. Dijeron que no se trató de una apología al CJNG, “nosotros contamos historias populares”.
Ese concierto debió ser el más caro, tanto para los artistas, como para las mismas autoridades que ahora, sin excusa ni pretextos, deberán abrir una investigación, seria y formal porque no puede aceptarse que se trate de imágenes casuales transmitidas en el concierto. “El Mencho fue homenajeado ahí”, señala una de las líneas de investigación.
Chihuahua es punta de lanza en la prohibición de este tipo de espectáculos y ha impuesto, oficialmente, sanciones a quienes, a pesar de conocer y ser advertidos de ello, lo realicen. Ejemplos sobran, el punto es que se está haciendo porque no es posible seguir tolerando este tipo de actividades que denigran a la mujer y generan una apología a los criminales.
Al igual que Chihuahua, Baja California y Nayarit tienen reglamentos que prohíben y cuentan con infracciones por transmitir, exhibir o reproducir contenidos musicales que hagan apología del delito; incluyen los llamados “corridos tumbados, narcocorridos, corridos progresivos, corridos bélicos o alterados.
Algunos expertos señalan que toda persona tiene derecho a decir qué escuchar, y que la solución puede no ser la prohibición de estas expresiones musicales, sino atacar la raíz de fondo, que es precisamente el narcotráfico. Pero la gran mayoría de quienes apoyan esas prohibiciones, advierten que por algo se empieza y es justo eso: no permitir la expansión de la apología del delito.
Me parece que también, como ciudadanos simples, nos toca una tarea: orientar de manera correcta lo que nuestros niños, adolescentes y jóvenes escuchan, porque la apología del delito es una asignatura pendiente, pero de todos y todas. Al tiempo.