"En Juárez, las banquetas rotas no se reparan; se esquivan. Los baches no se tapan; se memorizan. La corrupción no se erradica; se presupuesta y los parques no se gozan, se ven morir lentamente".
Esta frase, que podría ser el eslogan no oficial de la ciudad, encapsula un fenómeno peligroso: la normalización del fracaso colectivo. Juárez lleva años aceptando como "inevitables" problemas que otras ciudades han resuelto. Calles que parecen campos de batalla, alumbrado público que es pura decoración, trámites que exigen "mordida" para avanzar, seguridad social paupérrima... Todo se asume como parte del paisaje, nunca como emergencias. Pero lo más grave no es la disfuncionalidad: es que ya ni siquiera nos indigna.
Los síntomas del síndrome:
1. Infraestructura: la democracia de los hoyancos: Mientras en El Paso un bache mayor a 10 cm se repara en 72 horas, en Juárez colonias enteras llevan años con calles que parecen pasos de obstáculos. Ya nos acostumbramos a decir que es un problema añejo, de varias décadas.
2. Servicios públicos: el apartheid urbano: En las zonas de mayor plusvalía, la basura se recolecta diario; en las marginadas, hay vecinos que pagan para que no se acumulen los desechos. El mensaje es claro: la dignidad es un privilegio postal. La otra vez leía en redes sociales una conocida que llegó a la ciudad y publicó: ¿Por qué en Juárez están acostumbrados a vivir con tanta basura?
3. Corrupción: el impuesto juarense: Desde el "encarguito" para agilizar una licencia de construcción hasta el "apoyo voluntario" para evitar multas de tránsito, la ciudad ha institucionalizado la ilegalidad. Lo peor: muchos justifican estos actos con un *"es que así funciona aquí".
¿Por qué lo permitimos?
Fatalismo fronterizo: La idea de que "Juárez siempre ha estado así" se hereda como un mal genético.
El mito del individualismo: "Si yo resuelvo mi problema, lo demás no me importa"* (ejemplo: utilizar escuelas privadas en lugar de exigir educación pública digna).
La distracción de la violencia: Cuando el miedo a los balazos acapara la atención, los hoyancos parecen triviales.
Seguridad Social: En un programa donde estaba señalando las deficiencias del Seguro Social y del Seguro del Bienestar, mi contraparte respondió: De eso a nada, pues mejor eso. IMAGINE usted, días después el director del IMSS mencionó la falta de medicamento y 99 clínicas sin funcionar porque ni siquiera tienen quirófanos.
Romper el ciclo con propuestas incómodas.
Auditorías ciudadanas: Crear brigadas que documenten y viralicen fallas (ej.: un "mapa del abandono" con geolocalización de baches, fugas de agua y alumbrado apagado, clínicas sin medicamentos, etc.)
Voto con los pies: Dejar de premiar con impuestos a autoridades ineptas: exigir facturas por todo trámite y denunciar cada mordida (aunque "sea más lento").
El modelo de El Paso: Presionar para adoptar mecanismos de rendición de cuentas que sí funcionan al otro lado del río (ej.: aplicación *311 para reportar fallas con plazo de solución).
Conclusión: Juárez no está roto; está resignado. La grandeza de esta ciudad no está en sus maquiladoras ni en su ubicación geográfica. Está en su gente: ingeniosa, trabajadora y resiliente. Pero la resiliencia no debe ser un pretexto para aguantar lo inaguantable. Normalizar el abandono es cavar nuestra propia tumba urbana.
La pregunta no es ¿Cuándo van a arreglar esto?, sino ¿Hasta cuándo lo vamos a permitir? Mientras otras ciudades exigen estándares, Juárez sigue aplaudiendo migajas. Y así, entre baches y complicidades, seguimos convirtiendo lo anormal en nuestra normalidad.
Esta no es una línea crítica hacía nuestras autoridades de ninguno de los tres niveles de gobierno, no. Es un llamado a la acción a los ciudadanos que vivimos en esta frontera, en este estado y en este país. Es comprometernos por nuestro terruño y lo que le vamos a heredar a las siguientes generaciones, desde lo físico hasta la manera de pensar.