“La sociedad juarense debe despertar. Porque esto no es un escándalo pasajero; es una herida profunda que debe marcar un antes y un después”

No hay crimen más atroz que aquel que se comete contra la inocencia, y en Ciudad Juárez, en estas últimas semanas, hemos sido testigos de un horror que sacude hasta los cimientos más íntimos de nuestra sociedad: el abuso sexual infantil dentro de guarderías, espacios que debieran ser santuarios de cuidado y ternura.

El dolor se nos mete en la piel cuando leemos las denuncias, cuando escuchamos los testimonios de padres y madres que confiaron lo más sagrado que tenían a instituciones que prometían protegerlos. Se nos aprieta el pecho cuando imaginamos los silencios, los miedos, las palabras que no alcanzan a pronunciar esos niños que fueron ultrajados, física y emocionalmente, por personas sin escrúpulos, enfermas, que aprovecharon su posición de confianza para destruir vidas.

La pregunta inevitable es: ¿cómo llegamos a esto? ¿Cómo es posible que en espacios diseñados para cuidar haya cabido el abuso, el maltrato, la crueldad? La respuesta no puede ser solo institucional, debe ser también moral y social. Hay una falla en el sistema, sí, pero también una ruptura en los tejidos más básicos de vigilancia comunitaria, de responsabilidad compartida, de prevención y justicia.

El sistema de guarderías, muchas veces subrogadas y operadas sin la supervisión adecuada, ha dejado un vacío que se llenó con impunidad. No basta con tener protocolos en papel. Necesitamos una autoridad que actúe con contundencia, que castigue con severidad y sin concesiones a los responsables directos, pero también a quienes, por omisión o negligencia, permitieron estos abusos. No hay lugar para la tibieza ni para la burocracia cuando lo que está en juego es la integridad de un niño o una niña.

La sociedad juarense debe despertar. Porque esto no es un escándalo pasajero; es una herida profunda que debe marcar un antes y un después. Debemos exigir no solo justicia, sino vigilancia, prevención y transparencia. Los centros de cuidado infantil no pueden seguir siendo espacios opacos. Necesitamos cámaras, controles, evaluaciones psicológicas continuas al personal, y sobre todo, un sistema donde las familias tengan voz, y puedan participar activamente en la vigilancia de quienes cuidan a sus hijos.

Cada uno de estos casos no es una cifra ni una estadística. Es un pequeño que tal vez dejó de dormir tranquilo, que teme cerrar los ojos o volver a jugar. Es una madre o un padre que se culpa sin tener culpa. Es un padre o una madre que no sabe cómo consolar lo inconsolable. Y somos todos nosotros, como comunidad, quienes fallamos.

No hay castigo suficiente para quien rompe la inocencia de un niño. Pero sí hay un deber: el de no permitir nunca más que la confianza sea traicionada de este modo. Si no alzamos la voz, si no exigimos justicia, estaremos condenando a otros pequeños a pasar por el mismo infierno. Porque proteger la infancia no es solo responsabilidad del Estado. Es un mandato ético que nos atañe a todos.